( Cartas, cuadros y leyendas de las Cortes, etapa 4 )
 

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Número 4 - 047


Primera parte de la   Primera   de   La Reverenda Madre Madretere
a   la Srta. Millenia del Gotolight


Muy Excelentisima Señorita,

Le contesto con el corazón en un puño, a vuelta de su carta, que no me había imaginado yo que una Excelentísima Señorita tan Principal me escribiera y me diera sus noticias y esas cosas que se suelen hacer entre las damas, total, siendo yo una pobre monja huérfana de Orden y de Señora que la acoja, indigna de esas atenciones.

Pero me viene muy bien su misiva, porque, le confesaré Excelentisima Señorita, que esos extraños fenómenos queme cuenta, no sólo se producen en casa de Vuecencia, sino también en otras. Yo le cuento todo lo que ha pasado, pues no está en mi credo el mentir o el ocultar, que la Religión me lo prohibe, y menos después de su generoso acto, que me hecho ver de otro modo la opinión de que Vos me había formado erróneamente, con  mi cortas entendederas, pobre de mí. Vamos, que quién  os ha visto y quién  os ve. Si os tuve por alocada y ligera de cascos, compruebo que erré en mi juicio. Pero, vayamos a lo que interesa. Sentaos, si no lo estais ya, que comienzo mi relato.

El caso es que ha sido  todo muy trágico. Y muy raro. Tuvimos a la Duquesa, bueno, su cuerpo presente, durante varios días, porque a Victor le dio una depresión, como se dice modernamente, y no salía de su cámara ni a tiros. Como  además, el Duquesito no dio señales de vida para ocuparse del sepelio, y eso que le mandé recado por mediación del fraile que tiene  en el pabellón, la Duquesa se pudría por momentos en la capilla de palacio. Bueno, mucho  no, porque  al no hacer calor, su cuerpo ha aguantado mas de lo previsible. La falta de calor, y supongo que el conservante que tomó toda su vida, los cordiales al por mayor, obraron el milagro. Estaba que solo le faltaba  respirar: por eso  nos  daba  miedo a todos  y no queriamos  entrar. Solo le creció un poco de moho en la peluca, que arreglamos rápido con unas aspersiones de lejía.

 

Así pasaron tres días, hasta que al cuarto, llamaron al portón de Palacio. Eran las doce de la noche. A esas horas, nadie había que pudiera abrir, bueno, antes tampoco:  la servidumbre se había marchado por falta de pago hacía tiempo, así que fui yo a ocuparme, por si acaso traían  recado del Duque de Montecarmelo y se llevaban a la muerta de una vez.

 

No había abierto apenas  la hoja de la puerta cuando una  dama… no, …quiero decir “Dama”, sin mediar palabra dio un empujon al batiente y entró como si fuera su casa de toda la vida. Me perdonareis el usar la letra capital para definirla, pero es que no era una dama simple. Para empezar me alarmó el color que lucía en la capa cubierta que llevaba, malva, que me traía pensamientos sobre la difunta. Al retirarse la capucha, se me reveló una señora mayor y canosa cuyos rasgos me recordaban algo o a alguien.

-¿Aún no la habeis enterrado? –me interpeló la doña, sin decir ni hola-

-Señora, una es una humilde monja, no enterradora, y si os referís a la Duquesa, sí, continúa de cuerpo presente en la capilla.

-Normal; Manuela jamás supo contratar servidumbre capaz.

-Ilustrisísima, con  todo el respeto, pero lo de enterrar a una noble como la Montespan no se hace como con los restos del conejo del arroz: requiere su ceremonia y estamos a la espera de instrucciones del Pabellón de Montecarmelo. Y yo  no soy servidumbre,  soy  monja despensera.

-¡Ja! …El Juanito … para eso  tendría primero que abrir las ventanas  y respirar aire en lugar de otras cosas… En cualquier caso, da igual:  ya he llegado. Me ocupo yo.

 

En ese momento ya estaba yo muerta de la curiosidad,  y además la señora esa me había puesto un poco de mala leche, porque eso de avasallar así por las buenas en casa ajena no me parece de recibo, por muy malva que se vista uno.

-Bien, Excelentísima, ya habeis llegado y os ocupais, perfecto… pero una es muy poco  mundana y a fuer de pecar de ignorante, que lo soy, os pediría que me dijerais quien sois, para haceros los honores que mi pobre entendimiento pueda ofreceros.

-¿Cómo?  Quieres decirme que Manuela jamás te ha hablado de mi??

-Señora, lo que tengo por seguro es que no sois una representante de Avon-llama-a-tu-Palacio, mas que nada  porque no suelen vestir ese bonito malva, sino rojo pasión.

 

El caso es que la mirada que me echó me era familiar, porque sentí unas ganas tremendas de esconderme detrás de una cortina, cosa que no me pasaba desde hacía días, en concreto desde que se murió la Duquesa:

-Ajá … bien… : soy su… hum…prima… la prima Sofía

-¿¿Otra??

-¿Otra Sofía??

-No: ¿¿ Otra prima??

-¿Es que tiene más?

-Pues como  unas cuantas, pero visto lo visto …

-Siempre fue muy amante de la familia Manuela…le gustaba  verla crecer. Pero no: yo soy la única prima carnal, al menos compartimos sangre, junto con la loca de Ibiza.

 

Llegados a ese punto no entendía  nada:  a la Duquesa le salían primas  como a otros les salen forúnculos, y es que ya decía  yo que esa mujer contaba poco de su vida.

-Oh…

-¿”oh” qué?

-Nada, cosas  mías: disculpad a esta monja ignorante –dije haciendole la reverencia al uso- Y decís que venís de…

-De mi casa

-Si, ya, pero es que una no sabe bien como preguntaros .. es la impresión de conocer otra prima…

-Provengo del antiguo Ducado de Neopatria. ¿De verdad que Manuela  jamas os dijo de mí?

-No, nunca mencionó que tuviera familia griega

-No soy griega:  bueno, si, pero la cosa proviene de cuando Roger se dio una vuelta por allí

-¿Qué Roger??

-De Lluria, ¿Quien  va a ser?

-¿¿Os llevó  con el?? Pues os conservais admirablemente

-No, mentecata: hubo un segundón de la Casa de Barcelona que  fue con el en la expedición y se dedicó a preñar a duquesas bizantinas. De ahí proviene  mi rama, que es la de Manuela

-¿De duquesas bizantinas la Montespan? No lo puedo creer…Eso explica lo rara que era la pobre…

-¡No! ¡Del segundón de la Casa de Barcelona!

 

En esas me percaté que al tiempo que la señora, había entrado con ella un gato negro, que miraba todo con  mucha atención, como si estuviera tomando  notas. Y es que a mi los gatos no me gustan demasiado, porque cuando estuve cautiva de los piratas en la India, y me hacían  limpiar  letrinas, los gatos que había se negaban a espantarme las ratas que me atacaban, porque les daban miedo de lo grandes que eran, por ello tuve que inventar la escobilla para darles a los bichos con ella en la cabeza y defenderme de sus ataques feroces.

-¿Miau?  -interrogó el felino-

-Si, Sathi:  ahora después; dejame terminar con esta monja

 

Ahí comenzó todo lo espantoso de esta  historia, señorita: juro por los chorizos que me he de comer que el “miau” de la gata, porque era gata, sonó en mis oidos como “¿Essssss preciso aguantarrrrrrr essssste dialogo de cretinassssss?... Espabila, que se nos va a pudrir aún másssss…”

 

CONTINUARÁ….

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