( Cartas, cuadros y leyendas de las Cortes, etapa 4 )
 

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Número 4 - 049


Quinta  de   S.A.S.I.  María de las Mercedes, Princesa Madre de Éden
a   María Máxima Deloplus Mercuchova, Gran Duquesa del Salar.


Su Alteza Serenísima María de las Mercedes de Éden

Querida Maxi

Te escribo azoradísima. No por mis habituales ejercicios, de esos que tanto te ríes tan socarronamente. Como bien sabes, puesto que te lo he contado, los Montpensier estamos en las tierras de Ithaca, antes condado de los Vergeles, desde tiempo inmemorial. Pero es que no te lo he contado todo.

Resulta que nuestro origen se remonta mucho más allá del siglo I después de Cristo, aunque esa fecha también es importante en la genealogía de la familia.

Nos tenemos que ir mucho más atrás en la historia, que casi se mezcla con la leyenda. Tú cierra los ojos e imagínate. Troya, siglo VI antes de Cristo. El primero de los Montpensier, que en realidad no se llama Montpensier, sino Merze y era sacerdote de Atenea en la ciudadela de Priamo. Tenía una hija bellísima que se llamaba Merzedeidas, muy amiga de Cassandra, la hija de Priamo. Como habrás de saber por tus conocimientos de Historia Antigua, que cuando tú la estudiaste era Relativamente Moderna, las damas de Troya asistían expectantes y acongojadas en las altas torres de la ciudadela frigia a los combates que sus esposos, novios y hermanos protagonizaban con los aguerridos aqueos. El corazón de Merzedeidas palpitaba por un joven troyano, y ella seguía sus evoluciones gracias a que el joven portaba un casco con una cimera de profundo color azul. Un día aciago, el joven, cuyo nombre no ha trascendido, cayó bajo los dardos de Ulises, a la vera de las murallas de Troya. Y tal fue el grito de espanto que profirió Merzedeidas que silencio el campo de batalla. Y tal era su belleza aún en su dolor que, no estando en ese momento Helena en las murallas, ella era la más bella de todas. El aqueo Ulises, el de los mil ardides, quedó prendado de ella. Y la suerte de Merzedeidas quedó echada.

Pues cuando los aqueos saquearon Illión, Merzedeidas formó parte del botín del rey de Ithaca, que, con ardides, la había conseguido para si. No mucho después, la voluntad de Merzedeidas de no sucumbir a los engaños de su captor vaciló. Vamos, que se enamoró como una tonta. Pero, ay, pobre Merzedeidas, porque cuando Ulises se encamó con Circe, comprendió la pobre troyana que había sido un simple capricho del de la barba roja. Sin embargo, era demasiado tarde, porque Merzedeidas llevaba en su seno el fruto de la pasión voluble del aqueo. Así que Merzedeidas se encomendó a Atenea Uerticas y pidó su protección. Atenea, bajo al advocación de doncella labradora, se la apareció en sueños y dijo. “Circe, bruja de la Cólquide, tiene en su poder unos libros que me pertenecen. Cógelos de la cámara que tiene dedicada a Hécate y huye que yo te ayudaré”.

Así fue como llegaron a mi familia los Carmina Sacra. Y siempre han estado allí avisándonos de que las sucesivas reencarnaciones de Circe, o Lasirse, habitan en este mundo. El libro avisa desprendiendo un extraño fulgor malva. Yo se que, como mi antepasada Merzedeidas, debo protegerme de Lasirse y proteger a toda mi familia, porque nos la tiene jurada.

¿Qué hago, Maria Máxima?. Es que no me veo de Supermerceditas.

Un beso atribulado

María de las Mercedes

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