( Cartas, cuadros y leyendas de las Cortes, etapa 4 )
 

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Número 4 - 050


Tercera  de   S.M.A.S. Yorelia de Boda
a  Millenia de Gotolight


Ay! Millenia,

No se por donde empezar, pero quiero contarle esto a una muchacha como tu, que empieza, para que no le pase, pues es casi un hundimiento social si no se es experta como yo y se sabe salir del paso con buen aire.

Como no se por donde empezar, empezaré por el principio, que algunas veces es lo habitual. Fui a La Boda. Si, con mayúscula, porque no hace falta explicar que Boda fue.

No se si te llegarían informaciones, pero resulta que el día amaneció encapotado y a Yorelia nadie le avisó. Y, por supuesto, con la semana tan agradable que tuvimos, quien iba a pensar que todo se trastocaría de tal forma.

Yorelia, en su afán por no desmerecer en elegancia y discreción, había ideado para asistir a La Boda un atuendo ligero compuesto por: botines de piel vuelta en verde primaveral y tacón de 16 centímetros (el color de la estación del año), miriñaque de terciopelo rojo pasión con cola de metro y medio (el color del amor que se profesaba la pareja), corpiño con escote “palabra de honor” en color plata (el color del Principado de Asturias), pamela de dos metros de diámetro en color amarillo canario (el color de la Corona Española) y un bolso en color negro brillante (en el que cabían unos zapatos más cómodos para después) por el luto que se debía guardar por los últimos acontecimientos vividos en Magerit. Como verás, todo muy simbólico y muy discreto, y sobre todo, ligero. Para rematar elegantemente este traje, Yorelia se hizo peinar con moño italiano en el que encajaba perfectamente el ala de la pamela.

Como no había previsto lo de la lluvia, salió de palacio sin ningún tipo de protección contra ella, con lo que lo primero que acusó su presencia fue el magnífico moño que le habían estado peinando desde antes del amanecer. Así que al llegar al patio por el que se debía hacer la entrada en la catedral, el moño iba ya cubriendo el ala de la pamela en todo su perímetro, haciendo con ello un efecto un tanto moderno, por lo que no le dio demasiada importancia.

Pero no había previsto Yorelia que habían colocado una hermosa y MULLIDA alfombra roja para acceder al templo con una capacidad de absorción del agua que para sí la quisieran algunos jorobados animales del desierto, con lo cual, en el paseo de doscientos y cincuenta metros, los maravillosos botines de piel absorbieron todo el agua que pudieron hasta acumular dentro, o sea, alrededor de los pies de Yorelia, la suficiente cantidad como para que al entrar en la nave central de la iglesia, y por ser la última en llegar con todo el mundo sentado y ya en silencio, sonara un sinfónico “chof chof” por toda la estancia. Una vez se hubo callado el cura con motivo de la discreta entrada de Doña Yorelia, ésta se dirigió a su asiento justo al lado contrario y más lejano de la puerta por la que entró, por lo que fue admirada por toda la plantilla allí presente. Y siguió la ceremonia.

Todo muy bonito, los chicos, enamoradísimos y muy guapos. Mucha emoción contenida; por los demás, claro, porque la susodicha, en un arranque de sentimiento, se sonó varias veces para enjugar sus lágrimas. Debió de ser muy emotivo, pues todos los asistentes miraban con los ojos rasgados por la envidia al haber tenido tal gesto para con nuestros regentes.

Ya terminada la ceremonia, y mientras los contrayentes se fueron a hacer los retratos de rigor, los invitados volvimos a recorrer la MULLIDA alfombra en sentido inverso para acceder al patio de alabarderos y ocupar nuestras mesas en el convite. En éste recorrido, la lluvia arreciaba con más ahínco si cabe, por lo que el fastuoso miriñaque de terciopelo también tuvo la deferencia de acumular una cantidad ingente de agua que lo hacía aún mas pesado, por lo que la propietaria tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para arrastrarlo en todo su recorrido. Esfuerzo que supuso la pérdida de uno de los tacones de los preciosos botines verdes y la entrada en el patio-comedor cojeando y tirando del vestido que se había convertido en una cárcel ceñida.

Recuperada la calma y la dignidad como fue posible, Doña Yorelia se sentó en la mesa que tenía asignada, custodiada, digo, perdón, franqueada por el Príncipe de Mónaco a un lado y por un trovador muy allegado a la familia celebrante, un tal Miquele Boisé, vamos, todo muy acorde.

El menú estaba compuesto, tras los aperitivos, por unas exquisitas tartaletas de frutos del mar sobre cama de verduras. Como frutos del mar que eran, eran pescados y mariscos, pero mira por donde, a Yorelia le fue a tocar el único que se habían olvidado de quitar las espinas, con lo que, confiada, se introdujo de una sola vez el canapé en la boca y, al masticarlo, la espina fue a parar justamente a la campanilla, ensartando ésta como una vulgar brocheta de carne. Ni que decir tengo que el acceso de tos y atragantamiento del que fue objeto Doña Yorelia tuvo en jaque a toda la comitiva, pero las sonrisas que fue capaz de ver a través de las abundantes lágrimas que la asfixia le provocaba le tranquilizaron para estar segura que de ésta, salía. El lagrimeo hizo que el maquillaje se extendiera por toda la cara, haciendo parecer a Yorelia un mapache (animal novedoso traído por Colón de sus viajes a las Indias).

Para pasar el mal trago de la espina, los compañeros de mesa aconsejaron a la señorita beber abundantemente, pero se olvidaron de aconsejarle que fuera agua, con lo que Yorelia cató todos los caldos que pasaban por la mesa, por sus copas y por las copas de sus vecinos de mesa, provocando un estado de euforia que los contrayentes interpretaron como alegría por el enlace. Sobre todo por el “Asturias patria querida” que les cantó delante de la mesa presidencial.
Así de animada pasó el resto del ágape.

Por cierto, Milly, no te aconsejo el escote “palabra de honor”, pues se trata de un escote sin tirantes, que se sujeta, presumiblemente, solo, pero que éste no hizo honor a su nombre, pues me dijo el modisto que se debe a que “palabra de honor que no me caigo”, pero ni por esas. Así que cuando la novia tiró el ramo al aire para que las solteras tuviésemos la suerte de cazarlo, Yorelia, que siempre presumió de flexibilidad y destreza, en un discreto impulso usando como plataforma de lanzamiento el apoyo del príncipe de Mónaco (que se sentaba al lado) y la silla en la que se sentaba la susodicha, se lanzó al aire a la caza de las flores y no cumplió su palabra el escote y la fuerza de la gravedad campó a sus anchas, dejando al descubierto los encantos de Yorelia. Pero como señorita con muchas tablas que es, una vez en el suelo y sin el preciado tesoro, se levantó como si no hubiese pasado nada, ayudada por una de las asistentes usando su falda como punto de agarre rasgando la cintura y dejando a la señora en paños menores. Hija, yo no se quien les cose los vestidos, pero se descosió como si estuviese simplemente hilvanado.


El caso es que se ve que con el lanzamiento del ramo la fiesta llegaba a su fin, pues vinieron unos señores vestidos de soldados para acompañar a Doña Yorelia hasta su carruaje amablemente cortejándola con los sables que habían servido de arco nupcial a la salida del templo a la pareja contrayente. Fíjate que detalle más bonito.

Así que de esta guisa volví a palacio, contenta por haber sabido salir airosa de la incomodidad de la lluvia y, eso si, con los tobillos como chistorras, pues los tacones me estaban matando.

En fin, que espero verte el fin de semana que viene, pues parece que Don Joseph de Bateles se acerca a verme, y Doña Trullina del Raposal tiene intenciones, y hasta Fulgencia de la Lobera quiere vida social…

Un beso matrimoniado

Yorelia de Winter
Marquesa del Fèrreo Camino
Mandergay
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