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( Cartas, cuadros y leyendas de las Cortes, etapa 4 )
 

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Número 4 - 065


4065  Primera   de   Doña Albertina de Enq, Marquesa de Lagartera
a  María Máxima Deloplus Mercuchova, Gran Duquesa del Salar

Amadísima Maria Máxima,

Te sorprenderá recibir misiva mía, no lo dudo. He estado mucho tiempo, como sé que murmuran algunas damas de dudosa reputación, desaparecida.
Por lo que, ante tanto rumor que a una servidora le llegan a los oídos, me veo obligada a hacer uso de mi sirviente Armando, que ya sabes que mis blancas y delicadas manos no me las dio Dios para menesteres tan mundanos.

Ahora mismo me encuentro en el palacio de verano de Lagartera, acuérdate de ese palacete con laberinto que disponemos en las afueras de la ciudad, cerca de nuestra antigua residencia. Aquí la brisa de la montaña fortalece mis delicadas, y ahora anchas, caderas, y empiezo a notarme con fuerzas para volver a mis quehaceres diarios.

Te cuento pues que hace unos meses me empecé a encontrar indispuesta y el Marqués, en su infinita bondad y amor, dispuso que dejara mis labores (ya sabes lo duro que resulta ser Marquesa habiendo tantos mozos harapientos que llaman a tu puerta en busca de amor y caridad) para poder así recuperarme del extraño mal que me aquejaba. Los médicos creyeron que tratábase de un mal que achaca a las que frecuentamos habitualmente grandes banquetes. No puedes imaginarte la indignación que sentí al verme llamada 'gorda' (ruego disculpes tal vulgaridad, pero esa fue la injuria que salió de sus blasfemas bocas). Es cierto que ya no podía ponerme los corsés que la distinguida Condesa de Put-i-Feri me legó por no poder abrochárselos, pero de eso a llamarme gorda... Tal disgusto me dejó postrada en la cama largo tiempo.

El Marqués dispuso que, en los ratos que él no estuviera en palacio por 'affaires d'Etat', tuviera a un fiel efebo a mis servicios. Así fue como Armando, mi asistente de cámara, me daba consuelo y ayuda en esos momentos de dolor... Fue un acierto disponer de él pues a partir de ese momento empecé a sufrir unos constantes y repentinos sofocos que él presto apaciguaba.

Seré breve. Resultó que los médicos no supieron advertir que esperaba un hijo del Marqués. Cual seria mi sorpresa cuando repentinamente mi divina y oriunda figura dio a luz un maravilloso niño, oscuro como los ojos del Marqués y fuerte como su padre (el Marqués, indudablemente). Dispusimos que se llamara Santiago Juan de Todos los Santos. Santiago por su tatarabuelo, Juan por su bisabuelo y de Todos los Santos porque hoy en día si no tienes este nombre no eres nadie.

 

Ya informada de esto, te comento por otro lado que me indignó mucho que en el triste entierro de La Duquesa -queDioslatengaensugloria- osaste no dirigirme un saludo. No dudo que los tristes acontecimientos te afectaran tu saber hacer, pero querida, fue muy impropio de una Dama de tu clase y educación. Solo espero que la presencia de Dom Joam no fuera la causa de tal enajenación, pues no te creo débil a los pecados de la carne. Además, Máxima, que tener que enterarme de los pormenores de lo sucedido por segundas bocas, me afectó el orgullo en lo más hondo.

Acuérdate que las puertas de Lagartera siempre están abiertas para un tet-a-tet y que te podré agasajar con unos dulces de chocolate que me he hecho traer expresamente de las Indias sólo para ti.

Recuerdos al Abad y un beso muy dulce

Albertina du Enq
Marquesa de Lagartera

 

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