MISIVAS DE LA CORTE

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A la S.A. la Baronesa de Ibiza, de su S.A.D. la Duquesa de Montespan

Estimada María Antonia, 

Ilusionadísima me hallo en ciernes de mi próxima arribada a las costas de vuestro feudo por mor de continuar el periplo que me he fijado de visitar todas las ilustres Cortes del Mare Nostrum. Con ello podré reponerme del disgusto y el hastío que me han provocado determinadas intrigas palaciegas que en la Cibercorte se han llevado a cabo, desde que nuestra Abdicadora Soberana depositó el cetro en las custodiadoras manos de María Eugenia.

Si bien la Archiduquesa Regente vigila de cerca, cierto es que no se han tomado especiales medidas para poner fin a tanto desatino. Pero paso a relataros: 

Os supongo enterada del súbito fallecimiento de María de las Mercedes de Montpensier, Condesa de Vergeles, aquella Señora de la murciana Corte que siempre metía el abanico doquier podía y que tuvo grandes diferencias con la Soberana, por un quítame allá un cenador y una rosaleda. En la Corte corrieron varias versiones del hecho y sus causas, incluso se barajó la posibilidad del nefando pecado de suicidio, pero por lo que he podido averiguar a través de mis amistades en esas tierras, la más fidedigna es la que relata que la encontraron una madrugada muerta en el lecho, rodeada de tarros vacíos de mermelada de rosas, en número de cincuenta y tres como mínimo, que habrían sido engullidos por la Condesa en un berrinche de los que le aquejaban, pues recordareis que era muy temperamental y tenía mal perder, además de tendencia a la bulimia. Total, yo lo tengo claro: la noble señora muriose de un coma hiperglucémico. 

Mi anónimo informante me explicó que, junto al cadáver, encontraron un pergamino, manchado de huellas de dedos manchados de confitura, en el que la pobre, llevando hasta las últimas su desvarío, daba instrucciones a su secretario con letra un tanto convulsa –el penoso estado producido por el empacho sería la causa o, quizá el temblor de la rabia acumulada- para que de inmediato se ocuparan de que su hijo...su hijo Antonia, su hijo...y digo yo, Antonia, ¿De dónde sale ese hijo?: madre debe tenerla, porque Mercedes así lo reconoce en esa misiva, pero ¿Quién es su padre? Mercedes no llegó a matrimoniar, como es sabido, hasta edad tardía. Perdonad, Antonia, que se me ha ido el hilo de la narración con esas dudas sobre el hijo; continúo y luego retomaré ese asunto, pues creo que tengo algo que añadir sobre el mismo. 

Decía de la misiva al secretario de la Condesa que ésta había garrapateado con prisas antes del infausto suceso: por lo visto en ella se daban instrucciones concretas sobre declaración de herencia y reconocimiento de títulos y, si bien, no se ha tenido acceso a la misma, ha aparecido un libelo presentado por el hijo de Mercedes, supuestamente redactado por ella, en el que le proclama príncipe de nosequé principado de Éden, tal cual que una ínsula Barataria de tres al cuarto y en la que asimismo, agárrate el miriñaque Antonia, instituye como segunda en la línea de sucesión a la Marquesa del Jínjol i el Taronger, María Bernarda, aquella loca valenciana con las que me las vi en la ópera a abanicazo limpio por las impertinencias de que me hizo objeto en una ocasión. 

Cierto es que Mercedes en los últimos días que frecuentó la Cibercorte le dio por manifestar delirios dignos de hacerla acreedora de ingreso en el Hospicio de las Hermanas de Nª Sª del Cerro de las Locas, las que se dedican a cuidar Damas alteradas. Consistían esos dislates en exigirnos a todos los cortesanos que la trataramos de Serenisima Princhippessa, con lo cual, aparte de la befa y mofa lógicas, provocó que en los corrillos se la llamara “la Cardenala Michirona”, puesto que, dada la catetez de la finada, no se había enterado que el tratamiento ese se da, por conmiseración, a la descendencia espúrea de los cardenales en el Vaticano. Lo malo de ello fue que, enfurecida por las chanzas retirose de la Corte a sus propiedades, no sin haber convencido a la demente Marquesa del Jinjol i el Taronger de la bondad de sus serenísimos y principescos dislates. 

Así pues, Antonia, resulta que ahora tenemos  un principado de Éden consistente en una finca de veinte fanegas, una cochiquera y un palacio con capilla adosada, cuya principal riqueza es el cultivo del esparto para estropajos. Narices no le faltan al Princhipón Serenissimo, no. Volviendo a la cuestión de sus orígenes, hace años, en uno de los chocolates a los que asistí en el palacio del Duquesito de Montecarmelo me hicieron sabedora de cierta afición que se le había desarrollado a la difunta Mercedes en aquellos tiempos por supervisar personalmente la cría porcina de su cochiquera –ya sabéis que esta señora, además de glotona, era rara- y con tal denuedo lo hacía que se la veía dirigirse a la porqueriza a altas horas de la noche, para comprobar el estado de los marranos, aunque maliciosamente, Antonia, se decía que sí, que de marrano se trataba, pero no de los que se matan por San Martín. Recordad que hubo una temporada en que Mercedes frecuentó poco la Cibercorte y siempre llevaba  amplios ropones que disimulaban su figura; lo atribuimos en ese momento a un exceso de peso por su incontinencia, estomacal en ese caso. 


Pero atando cabos...He dado instrucciones a Victor, mi secretario, para que haga las averiguaciones pertinentes sobre eso que estamos pensando y que no quiero nombrar, pues una Duquesa no puede permitirse la ordinariez de insinuar alegremente que a Mercedes la preñó un porquero, pues la memoria de los muertos debe respetarse. 

En resumidas cuentas, Antonia, que estamos inmersos de nuevo en el dislate y la banalidad, además de tener que soportar a ese parvenú que, barba enhiesta, frecuenta los salones con tales ínfulas y voces. A este paso, y dado que, por lo visto se ha puesto de moda, decidiré autonombrarme Obispa de Creta o Reina de los Mares para mejor participar en la locura que nos invade. 

Vuestra amantísima y Ducal Prima  


María Manuela

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