MISIVAS DE LA(s) CORTE(s)  (03)

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1ª del Serenísimo Príncipe al Señor de Sven

Mi muy leal señor de Sven

Sabed que en vuestra ausencia, mi querido amigo, nos visitó la Duquesa de Montespán, acompañada por Doña Yorelia de Manzanares y por Fulgencia de la Lobera, las tres principales damas de la Corte de la Archiduquesa Regenta Jacinta Eugenia.

Puesto que era la primera visita nunca recibida en los antes dominios de la Condesa de los Vergeles y ahora Principado de Éden y sabiendo que mi Serenísima Madre apreciaba a la Montespán en grado sumo, mas no igual a la estima que a vos os pudiera tener, mi querido Monsieur, la
acogí en el Palacio de Summa Felicitas, en la capital de mi reino, con el tratamiento que tal Dama y tal Cortejo, a mi parecer, merecía.

No quería yo que la hospitalidad que sobre todo la Duquesa de Montespán había brindado a mi madre en la Corte Condal se viera desmerecida por la que yo, en nombre de mi Difunta Madre, le brindara a ella.

Todo le plació en grado sumo y todo le pareció bien, incluso nos divertimos con una conversación intrascendente, banal, vacua y superflua de la que sabéis que la Duquesa de Montespán es experta. Su educación, ciertamente, no es de este siglo y ella misma bordea casi el linde del anterior a este con el que le antecede, pero tan encantador anacronismo es que sus salones son considerados por aquellos que aún le placen de melindres y diretes del estilo del siglo pasado. Ciertamente su peluca empolvada era un desfase, pero le tiene un cariño desmesurado, tanto que, mi buen Monsieur, creo que debiera tenerle menor consideración y limpiarla mas. La peluca se movía como si tuviera vida propia. Eso lo vio, y lo anotó en los Cronicones, mi buen secretario Odiseo.

Se por los archivos de mi madre que era ella la que aspiraba a sucederla en el Principado de Éden y que alegaría una corta edad de mi persona. Mis leales súbditos prefirieron de siempre la sangre de María Mercedes I a cualquier otra dinastía, y así lo dejaron bien claro a los heraldos de la desaparecida soberana, Qerelia I Reginna Cannalis y a aquellos que pretendieron reintegrar, mas tarde, el Principado de Éden en la Regencia de Jacinta Eugenia. Todo intento fue fútil. Y creo que en correspondencia a la lealtad de mis súbditos no pude sino renunciar, a pesar de vuestros consejos y de otros que recibí, del título que ostentó mi Serenísima Madre, el de Conde de los Vergeles. Aún a pesar de los intentos espúreos de arrebatarme el trono que legítimamente me pertenece, consideré que era mas sabio y mas humano el darle el tratamiento que merecía, mas por la hospitalidad que le dio a mi Madre en vida, que por su cuna y su nobleza, que según tengo entendido no es de muy allá y dado por las gracietas que dice, por los pucherillos que cocina y los tejemanejes de ese personaje siniestro que es su secretario, Víctor, que pretende hacerla descender casi de Adán en línea de primogenitura, sin que nadie lo crea. Ella, como es de natural intrascendente, le ríe la gracia, pero aquí tal personajillo no hizo gracia ninguna, aunque se le soportó de buen grado hasta que pretendió poner sus manguitos de escribano sobre los archivos del Principado. No traspasó la puerta del archivo, como bien podéis suponer. La guardia de Húsares, cuyo capitán es el mismo Sven del que vos sois Señor, guarda con celo casi fanático la memoria de la Serenísima Princesa, aparte de que yo les había avisado de ese perro de lanas gris que se dedica a escribir cuchufletas sin que nadie le ponga coto.
 

La visita transcurrió sin muchas mas incidencias. Incluso visitamos a las señoritas de Bang, emparentada de lejos con el Señor de Olufsen, esposo de la Archiduquesa, y de Blue Clear, encantadora inglesita, ya de nuevo en el reino regente de la Archiduquesa. Estuvimos viendo equipos de alta fidelidad, y ya sabéis lo cara que esta la fidelidad en este mundo, alta o baja, A todo esto, la Duquesa de Montespan, que se cree lista como una Mata-Hari pero ya os digo que es simple como una Gracita Morales, estuvo preguntándole a mis súbditos sobre quien era mi padre. Todo el mundo sabe en el Reino que mi Madre era poco dada a esas zarandajas de matrimonios, que cuando se enamoró una vez, fue intensamente y ese amor tuvo un fin desgraciado. Ella, que ya desde pequeño me vio con cara taciturna, siempre pensó que yo era el verdadero fruto de ese amor, un fruto triste de un amor que debió ser y no fue. Ya veis, señor, que paradojas. La Duquesa, a pesar de la hospitalidad brindada, va diciendo que mi Madre me tuvo con un porquerizo. En fin, señor, cosas veredes que habrán de sorprender al mundo. Mi natural tranquilo me hace reflexionar que de las neuronas simples de la Duquesa, que juegan al cinquillo con esa peluca semoviente que lleva encima de la cabeza, no dan para tan elaborada historia. Debí decirle a vuestro querido Sven que vigilara mas de cerca las correrías por Summa Felicitas del secretario de la Duquesa. 

Doña Yorelia de Manzanares me preguntó que sería ahora del título de Condesa de los Vergeles, título que se queda sin las posesiones, por supuesto. Le contesté que, según las normas de la Corte de la Archiduquesa debiera pasar al familiar mas cercano, después de mi expresa renuncia, de la difunta Princesa Serenísima, última Condesa de los Vergeles. Hay dos candidatas al puesto, pero una se que por su modestia no accederá a llevar ese título. La otra es una muchacha de vida alegre que se les da de moderna y es conocida entre los estibadores del puerto de Alicante como "La Niña Bonita". EuGeen de Montijo, famosa en los carnavales de la ciudad levantina por llevar enormes mantos de armiño falso que se va pisando constantemente y por no mantener la palabra dada. En fin, que sea quien sea, a ese título no le tengo yo ningún apego, y me importa un ardite. La rama menor de los Montijo nunca fue del agrado de mi madre, ni de la mía tampoco así que veréis que la niña EuGeen es la mas ideal para ocupar el título de II Condesa de los Vergeles. 
Ya sabéis, por otra parte, lo novelera que es esta señora. En ella, sin duda, se esconde una Shelley en toda regla. 

Recibid un saludo de vuestro seguro amigo, Monsieur. 
Sven simplemente os manda besos 

Su Alteza Serenísima, Odysseus I, Príncipe de Éden 
Palacio de Summa Felicitas

Ithaca, Principado de Éden

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