MISIVAS DE LA CORTE (06)

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1ª a  S.A.D. María Manuela de Montespán
 de S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo

Mi muy querida duquesa:

Postrado en el lecho del dolor donde mis pecados me han conducido, recibo con alegría infinita vuestra misiva. Alegría causada no tanto por el contenido de la carta, como por la dulce mano que me la  ha entregado. Este vuestro criado, Ganímedes, ese perfumado nardo de suaves mejillas, señora, va a entrar ipso facto a mi servicio
.

Me conocéis de sobras, amiga mía, y se que habéis elegido al mensajero con toda la intención de aliviar estos tristes días en los que periclita mi libertina vida. Así pues no os extrañará en absoluto que lo retenga a mi lado abusando de vuestra reconocida generosidad. Buscaos una doncella, señora, diestra en finas labores de hilo, limpia y hacendosa, a la par que discreta y dispuesta. Una tal criada , con semejantes dotes, conviene más a una dama que como vos hace tanto tiempo que ha huido de la ostentación  y el fasto que otrora cultivasteis con tan espléndidos resultados. También he de agradeceros el hecho de que me hayáis enviado esa triaca maravillosa, esos polvillos de los Andes, ese rapé celestial, esa ambrosía de las Indias que , aspirada por la nariz, han conformado mi espíritu y mis cansados miembros, en una nueva dimensión de goce y fuerza de la que no disfrutaba desde que este morboso estado de melancolía aguda tomó posesión de mi agotado cuerpo. Gracias otra vez. 

Y bien, ¿Qué puedo deciros? Intuyo más que leo que ese zumbar de moscas que os preocupa es solo zumbar de moscas: ¿Quién es ese Princhipón? ¿Qué es ese fantástico Principado de Edén?¿A qué viene tanto barullo? Debo reconocer que el reinado de nuestra atribulada Querelia ha propiciado ciertos desórdenes en la cibercorte y en el reino todo. Pero os aseguro que mi condición de noble de rancio abolengo, mi edad, y mis principios me obligan a un vínculo de fidelidad a nuestra Señora natural Querellia I, que si bien, siendo “primum Inter. pares”,  es decir igual a nosotros y entre nosotros primera, no tuvo la suficiente habilidad, para solucionar los desvaríos y la megalomanía de la finada María de las Mercedes de Montpensier, de nuestra recordada Mari Merche La Michirona. Y de ahí, no lo dudéis, de ahí ha partido todo. Recuerdo varias conversaciones que sostuvimos la reina y yo, en mi palacete de la ciudad condal, antes de retirarme definitivamente al Pabellón de caza de Monte Carmelo. En dichas conversaciones se barajó la posibilidad  de internar en una institución para desequilibrados mentales a la extinta condesa. Y la reina, llevada sin duda de su bondad de corazón, y aun admitiendo que la demencia de la Michirona rozaba ya entonces peligrosos límites, se limitó a quitarle hierro al asunto. Se equivocó. Porque, como ya hemos comprobado, los trastornos del alma de la difunta, unidos a sus trastornos sexuales (su incontinencia sexual, bien lo sabéis, dejaba en mantillas a una orangutana en celo) la llevaron a disponer una especie de testamento extraño y a todas luces ilegal que dejaba sus vastísimas posesiones y sus cuantiosos haberes en manos de no se sabe exactamente quien.

Después del suicidio de la Michirona, rodeada de tarros de confitura de rosas, muerte terrible donde las haya, apareció el tal Princhipón.  Y a partir de aquí ya no puedo informaros de gran cosa más. No conozco a ese personajillo. Por su estrafalaria e inconexa sintaxis, por la manera de usar los vocablos de nuestra hermosa lengua, de los que parece desconocer el sentido, por su execrable ortografía que revela a todas luces una educación deficiente , así como por los rasgos de su cara, belfo caído, robusta dentadura, formas corporales sin firmeza, a pesar de su juventud, no dudo de que efectivamente es hijo de la condesa. Pero, amiga mía, ¿Quien de nosotros puede asegurar que no tiene hijos perdidos por esos mundos de Dios? Y dado que los cuartos traseros de La Michirona han servido de refugio a legión de hambrientos varones, poca ayuda podemos tener para descubrir el verdadero progenitor. He llegado incluso a pensar que el tal Princhipón, aprovechándose de la demencia de su madre, dispusiese su muerte para apoderarse de esa herencia que, sin lugar a dudas, es una de las más cuantiosas del reino. 

Por otra parte, todos esos archivos secretos de ese ilusorio principado, todos esos documentos que ahora están “saliendo” a la luz ¿No os suena como una operación de maquillaje sobre la legalidad de la herencia? La Michirona tenía una enorme fortuna que nunca gastó, ya sabéis lo avariciosa y tacaña que era.  

Creo recordar también, que, el verano pasado, me tropecé en Barcelona con un cierto sodomita travestido, que apareció por los salones de la ciudad condal, sin mas haberes que un estrecho miriñaque, “pareo” le llamaba, y que invocaba el nombre de la Michirona como algo suyo. ¿era el famoso Princhipon? ¿Era la misma Michirona? Teniendo en cuenta que no llevaba ni un maravedí en su bolsa podía ser cualquiera de los dos.  

Amiga mía, estoy confuso. Os conmino a que no os preocupéis lo más mínimo. No puedo por menos que culparos por haber caído en ese vértigo de dimes y diretes. Dejad que las cosas sigan su curso natural. Mientras, sabed que podéis contar con mi exigua ayuda para cualquier asunto concerniente a este enojoso sanedrín de corrala.

A vuestros pies, Señora.


Joam de Monte Carmelo,

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