MISIVAS DE LA CORTE

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2ª a  S.A.D. María Manuela de Montespán  
 de S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo

Mi muy querida duquesa:

El morbo avanza inconteniblemente por todos los rincones de mi castigado cuerpo. Sabed que sólo encuentro alivio en los maravillosos polvillos de los Andes que tuvisteis la gentileza de enviarme y en la abnegación y belleza del joven Ganímedes, regalo también vuestro.

Me pregunto ¿Acaso no podríais prescindir también de los servicios de ese hermano gemelo de Ganímedes, este tal Antinoo? Sólo con poseer la mitad de las prendas que adornan  mi bello agareno, y con un ápice de su dedicación a mi persona,  tengo la seguridad de que mi enfermedad curaría prontamente. 

Sed generosa una vez más, amiga mí, y enviadme al jovencito ataviado con ese turbante en oro y azul que lucía su hermano cuando llegó, y ese par de bellezas, regalo de los dioses, se ocuparán de mi pronto restablecimiento.

Y sí, tenéis razón en lo que se refiere  la criada andrajosa que os entregó mi carta. Pero debéis saber que se trata, la pobre muchacha, de una bastarda repudiada de la casa de los Montpensier, una hermana, en fin, de la Michirona, que entró a mi servicio cuando Maria de las Mercedes estuvo visitando el Pabellón de Monte Carmelo. Apiadado de su rostro famélico y triste (la Michirona la sometía a todas las vejaciones posibles, y le daba de comer nada más que pimientos y repitajos de la despensa) insistí para que la dejase en mis manos. Actualmente como habéis podido ver, la bastarda ha engordado y ha tomado el aspecto redondeado que caracteriza a la familia, pero sigue teniendo el mismo gusto infame en cuanto a sus vestidos y su higiene personal, amén de acosar a mi Ganímedes en cuantas ocasiones puede. ¿Seríais tan gentil de hacerle un rincón en vuestra cocina?

Vamos pues al asunto que nos ocupa: Señora, las sospechas de Victor1 están, más que justificadas. Yo mismo empecé a hacer cábalas sobre ciertos hechos incontestables. Recordad que incluso apunté que la Michirona hubiese podido ser asesinada. Y es que, amiga mía, el velo de la traición se cierne sobre la misteriosa desaparición de María de las Mercedes. En primer lugar no sabemos de ningún notable de corte que fuese invitado a sus exequias.

Ni siquiera el querido caballero de Mercoûche fue invitado  pesar de la profunda amistad que le unía a la finada. Tampoco sabemos de ningún médico de prestigio que certificase el óbito y se desconoce el lugar preciso de su tumba. Nadie, absolutamente nadie, de probada equidad vio su cuerpo sin vida. Si a ello unimos que la demencia de la Michirona, su delirio que en los últimos tiempos había llegado a rayar en la locura furiosa, la había impulsado a cometer los desaguisados que toda la corte conoce, ¿qué nos impide pensar que no fuese ella misma quien preparase una muerte ficticia a fin de hacerse con otra personalidad? 

No, duquesa, no estoy delirando. Yo se cual fue la desazón que os asaltó al mirar al rostro del Princhipón. Señora, sin duda alguna, lo que vos teníais delante era a la misma, a la mismísima Michirona, travestida de Princhipón. Hay indicios, los hay: Insisto en que repaséis la redacción “peculiar” de cualquier escrito salido de la Cancillería de ese Princhipón; la misma incoherencia, la misma prosa alambicada e incomprensible, la misma deficiente ortografía , diríase salido de las manos de la Michirona, idénticas, en fin, megalomanía y aires de grandeza. Por no hablar, claro está, de la conformación física de ambos personajes.

Mucho debían de repugnar a  la Michirona sus orígenes y sus títulos cuando con tal desprecio los cedió a una de las personas que más odiaba, y, Señora, eso sí que es incalificable, y sólo me lo explico por el estado de extravío en que estaba su pobre espíritu. No lo dudéis , Señora, María de las Mercedes de Montpensier, condesa de los Vergeles y Señora de Atapuerca (no se por qué razón siempre evitaba usar ese título), nuestra Mari Merche La Michirona está viva y bien viva!!!! Disfrazada de Princhipón.

En un principio había pensado en enviar a Ganímedes a los baños turcos de Murcia a hacer indagaciones. La Michirona era ampliamente conocida entre los garridos mozos de la huerta que frecuentan esos lugares. Pero, dado que no me siento capaz de prescindir de él, sugiero que enviéis vos a la bastarda de los Montpensier, a esa criadilla,  “la Charito’’ la llaman, que, siendo de natural metomentodo y correveidile, nos traerá cumplida información de todo lo que acaezca. Por mi parte, yo le daré a vuestro Victor1 todas las facilidades para que investigue en mis archivos todo lo que desee, aunque no creo que pueda encontrar gran cosa, ya que los hechos a los que nos referimos tuvieron lugar cuando la Michirona y yo habíamos dejado de tratarnos.

Como siempre, Señora, a vuestros pies. 


 
Joam de Monte Carmelo,

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