MISIVAS DE LA(s) CORTE(s)

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1ª de la Duquesa del Salar a
Su Alteza Serenísima Odysseus I de Éden

En esta tierra de Dios, a mediados de marzo del 2001,  

Espero que al recibo de la presente disfrutes de buena salud, en compañía de amigos y familiares.  


Ya se que no os gusta este preámbulo pero qué queréis, así me educaron, y no es cuestión de discutir lo poco que me dieron.

Me alegró mucho recibir noticias de mi zascandil preferido (dejo eso de príncipe para el resto de vuestros súbditos, no porque os quiera menos que ellos, sino porque, de verdad, no me sale ese trato con quien crié como mi hijo).  Me hacía falta, en los tiempos duros que manda el Señor, un aliento de cariño como el vuestro.  

Al día estoy de vuestras cuitas, cómo iba yo a dejar de preocuparme por esa luz de mis ojos, y por la sonrisa que a todos cautiva, siendo como sois, si no sangre de mi sangre, si fruto de mis cuidados y desvelos.  


De esas cuitas, me entero por nuestra amiga común, su
Alteza Serenísima la Princesa de la Rosa, y Duquesa de la Estrella, que tan amable como siempre, me cuenta día a día las discusiones que en la corte acontecen, y la verdad es que son momentos que disfrutamos las dos con risas y sollozos a iguales partes, pues no deja de ser gracioso ver y oír cómo os discuten títulos, nobleza y cuna quienes de la plebe salieron solo por la fortuna de los tiempos (y alguna que otra mala arte). De igual manera entristece que para sus discusiones usen y retuerzan la verdad hasta hacerla irreconocible, cosa que les perdonamos por su naturaleza baja, incultivada y no pocas veces soez, que no disimulan armiños, miriñaques, abanicos ni pamelas.  


Me place vuestra postura en estos trances, ya que lejos de poneros a su escasa altura, mantenéis firme ademán y constante prudencia, por mucho que, a veces, supongo os saquen de vuestro ser y quisierais exterminarlos como plaga dañina que solo come, mata y ensucia sin más beneficio que el de el mal y la discordia. 


Estos momentos me causan especial desasosiego al veros enfrentado, entre otros y otras, al Duquesito de Montcarmelo, quien mas devoción debía guardaros, por ser de lejos quien más próximo a vuestra familia estuvo. 


Luego os comentaré lo que nos pesa de otras Damas y Caballeros de la corte, pero en primer lugar, por lo especial del caso, paso a contaros cosas y casos del Sr. De Montcarmelo.  


Como bien sabéis, mas de una vez anduvieron revueltos los sentimientos del Duquesito en nuestras tierras, por intereses no solo civiles, pues aún cuando poco constancia haya de ello en los libros de campaña, lo cierto es que sirvió al Rey en ellas. Ya entonces tomó conocimiento de varios ilustres nobles de quienes, sin duda, guardó aprendizaje, algo de ciencia y pocos de dineros, y donde alguna huella dejó su impronta y su valor (para qué negar lo evidente).  


Sin embargo, es en ocasión de las visitas de vuestra madre, que Dios tenga en su gloria, a la corte catalana, cuando vuestra familia quedó unida con la del Duquesito de manera muy importante aunque informal, ya que no hay papeles de los hechos por expresa voluntad de ambas partes, lo cual no ha sido obstáculo para su general conocimiento, ya que se han divulgado sin decoro detalles, lugares y fechas de los acontecimientos.  


Aquellas visitas, tuvieron consecuencias en varios planos de las, ya entonces azarosas, vidas del Duqesito y de la Sra. Marquesa, pero a todos convino disimular, incluso negar, y siempre desvirtuar la realidad de lo acontecido, por lo que a oídos de todos llegó y sigue llegando una versión paupérrima de los hechos, que apenas sugieren la importancia y trascendencia de lo acontecido. Pero no insisto en esto que sé que conocéis y no siempre os gusta recordar.  


No obstante, estos orígenes, esos hechos, y esas verdades son lo que convierten la actitud del Duquesito en poco menos que imperdonable, digo poco menos, por dejaros el privilegio del perdón o del olvido.  


Sabemos que el resto de la corte solo conoce la versión vulgar y empobrecida, por ello resulta más perdonable su insolencia, que piensan justificada.  Aún así, no deja de sorprendernos a la princesa y a mí, que damas y caballeros de nombres sin par, lancen aquellos exabruptos blandiendo abanicos, sonrisas impúdicas y hasta títulos, como si la infalibilidad Papal les asistiera.  


Pobres tiempos estos en que la nobleza es corta de miras, y una modesta aya deba censurar ‘nobles’ acciones.   


No os escribo más ahora ya que el modesto y cálido hogar que me cobija requiere también de mis atenciones, so pena de convertirse en gruta de osos o jaula de leones.  


Recibid un millón de besos de esta vuestra segunda madre, que como la primera os quiere.  

Duquesa del Salar Aya (¡esos títulos!)


P.S. No seáis zascandil, pero disfrutad de los tiempos actuales que no serán repetidos ni para bien ni para mal.

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