MISIVAS DE LA(s) CORTE(s)  (13)

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3ª de Su Alteza Serenísima Odysseus I de Éden
al Señor de Sve
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Mi leal señor: 

Sabed que, en cierta manera, envidio vuestra posición, aunque sea sólo por un momento. El recibir, en primicia, las veleidades de los periclitados nobles de la Cybercorte debe proporcionar momentos de solaz a vuestro socarrón carácter. Pues solo de veleidades se pueden calificar los dislates que los queridos, para mi madre, Mount Karmel y la Montespán. Sic transit gloria mundi. En fin.

Mis informes de tal corte, puesto que -aparte los amables comentarios que intercambio con vos- también me informo, me hablan de que, ciertamente, ninguno de los dos esta contento con la regencia de la Archiduquesa. Los salones de la duquesa, aún con las veleidades, son un constante trasiego de conspiradores de salón, de pelucas empolvadas, de cocinillas, de dimes y diretes. 

Lo dicho, de chismes sin fundamento de damas bobas que no tienen otra cosa en las que ocupar el tiempo que fruslerías, y lo único que hacen es gastar saliva y dejar el cerebro seco. Si al menos se dedicaran, como hace la del Férreo Camino, a recoger el folklore popular y a ponerlo ordenado -tal y como hizo con ese viejo cuento del Principado de Éden que habéis publicado, el misterio de Lorqville, que es una antigua leyenda de familia que yo mismo le conté.- al menos contribuirían al saber y al enriquecimiento del espíritu.   

De la Montespán sólo se puede esperar que su peluca aprenda dialéctica, al menos sería el asombro de ferias varias, un aditamento capilar aparte de semoviente, parlante por un milagro semejante al del Pentecostés. Por supuesto, ya que la llama del Espíritu Santo bajaba, que iluminara la pobre cabeza de la Duquesa de Montespán.  

Se que os agrada visitar sus salones con frecuencia y no os incluyo en ese puñado -de dos, básicamente- , pero conociendo vuestro buen humor me consta que no participáis en ese tipo de entretenimientos vacuos.  

Mi buena aya, como sabéis, que me educó en los distintos saberes, primando sobre ellos la prudencia, la sinceridad y la discreción, me enseñó desde bien pequeño a reservarme aquellos comentarios que pudieran parecer precipitados, que tratara de juzgar la mejor parte de las personas.   

Parece, a primera vista, que me enseñó un saber inútil, pero no lo creo así. Estoy muy cómodo con mis opiniones de los personajes de la Corte de la Archiduquesa. Trato de ver lo mejor de ellos aunque algunas veces parezca que hay poco que ver.   


En fin, mi madre, hija única en este mundo, para quien le interese, descansa en paz en el mausoleo de la capilla de Summa Felicitas. Supongo que si viera los comentarios que se vierten sobre su hijo se levantaría de su tumba, tan airosa que era ella

Odysseus - I
 
Príncipe de Éden.
 

Palacio de Summa Felicitas, Ithaca

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