MISIVAS DE LA CORTE

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 3ª de S.A.D. María Manuela de Montespán
           
a S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo
(traducido del catalán)

Estimado Joam, Duquesito


Ha ido todo tan de prisa que mi pobre cabeza da vueltas cuando piensa en ello. Qué escándalo, Joam, qué escándalo. La cara de satisfacción incontenida de Victor1 a la vuelta de vuestra morada, después de estar varios días en ella, me hizo presagiar que había dado con lo que buscaba, más nunca podía suponer que la cosa fuera de tal calibre y el disparate de tal altura.

He esperado a responder a vuestra sorprendente misiva unos días por mor de que Charito, que os devuelvo con la presente, pues con Antino me basta para que me sostengan el costurero, regresara de murcianas tierras, a donde la envié siguiendo vuestro consejo, para que llevara a cabo cuantas averiguaciones pudiera de todo este sainete, síntoma de la era de decadencia que nos ha tocado vivir.  

 

Por tanto, Duquesito, me permitiréis exponeros en ésta la síntesis de cuanto me explicó la joven Charito, junto con lo recabado por Victor1, que está escribiendo a mi dictado. Podría excusarme por anticipado y decir que mi pobre entendimiento intentará hacer que sea inteligible, mas  no me excusaré, porque no es problema de mi entendimiento, que de  pobre nada:  es que esto es una carnavalada, y ninguna persona con sentido común podría entender la magnitud del presente dislate.  

Charito fue a Murcia a casa de Fulgencia, la Marquesa del Yermo y de la Vega, con una carta mía de recomendación, aunque sé de buena tinta que Fulgencia la reconoció nada más verla, pues buena  es ella para saber de todas las familias nobles de su reino, sean legítimas o bastardas. En la mentada carta encarecía a Fulgencia a que prestase colaboración a Charito en su cometido, propósito que la Marquesa acogió de buen grado pues así de paso ella se enteraba, y no hay cosa que le agrade más a tan religiosa Señora que enterarse de todo.  

Fueron de palacio en palacio, de villa en villa, de figón en figón (en esas ocasiones, Fulgencia convenientemente enmascarada, pues no es cosa de Dama que la vean a una en trascurrios con el miriñaque de seda, y más el de Fulgencia, que ocupa mucho) y esto es lo que averiguaron, Duquesito:  

La “Marquesa de Salar” no es otra sino “La Saler”. Os haré memoria: La Saler era una alcahueta  nigromante de origen levantino que la madre de Mercedes tenía a su servicio, como La Voisin fue en su tiempo en la corte de Luis XIV el Grande allá en Versalles, es decir, una envenenadora y una lianta. El nombre os debería sonar, puesto que Víctor ha encontrado en vuestros archivos unos apuntes sobre determinadas  drogas que le disteis a la mujeruca como recadera de su señora, la madre de Mercedes. Ahora recordareis, supongo, sobre todo si dejáis de mirar a Ganímedes.  

Según dichos apuntes, la Condesa Madre, quien tuvo esa relación con Vos que sin duda habéis olvidado por la cuenta que os trae, pero que entiendo debió ser ardiente, a juzgar por el cuadro que victor1 ha traído a palacio y que pienso poner en la despensa, por ver si la monja glotona esa de Madretere se siente incómoda y desiste de acabar con la provisión de conservas y embutidos allí existente so excusa de sus ejercicios espirituales, la Condesa Madre, decía, tenía en gran estima a la Saler como curandera y hechicera. Y siendo dicha señora asaz procaz y amante de la vida ligera –yo era muy niña entonces y no podía tener conocimiento de estas peculiaridades de la mentada Dama- eran necesarias las intervenciones de la Saler para poner fin a los trastornos de una maternidad  no deseada, ya me entendéis, de la dicha Condesa. Parece  ser que falló con Charito, quien al conocer ahora estos hechos vínome en estado de miserere a su regreso, razón por la cual os la devuelvo, que para penas ya está una sobrada, razón la cual explica ese odio que Mercedes mostraba  por la cenicienta bastarda. Si, Mercedes debía tenerle aborrecimiento tanto en cuanto Charito simbolizaba  para ella la suma de los deslices de su santa madre, santa que no casta, y es que, Duquesito, en ese feudo se ve que las artes del alambre son costumbre local. Ese cuadro es demostrativo en grado sumo. Y por cierto, son clavadas madre e hija ... ¿Es por ello que decidisteis repetir en la hija lo consumado con la madre? Tenéis, debéis aclarar estos misterios.

La cariñosa y atenta aya de nasciturus malogrados representaba  para Mercedes una amenaza a la memoria de su madre, que fue quien hizo construir la malhadada  rosaleda y el cenador que tan a maltraer nos llevó a toda la Cibercorte: ¿Le inspirasteis Vos dicha idea con la visión de vuestros rosales crecidos al amparo de la tramontana? Quizá fuese así, en cualquier caso solo Vos, Duquesito, conocéis la respuesta. Ya me estoy yendo del hilo de mi narración y es que una, sin modestia, reconoce que la realidad la desborda; volvamos al discurrir de la misma.  

La amenaza de la Saler fue neutralizada por Mercedes de un modo simple y eficaz: ennoblecerla; y ahí nació la Marquesa de Salar, antes oscura plebeya, ahora luciente señora que la travestida invoca con el cariño mismo que se demostraría a una gata arañona, una tía abuela inconveniente y sabedora o a un Belcebú bailador de seguidillas murcianas. Lo que Mercedes se olvida es que la concesión de nobleza solo la da la realeza, y ella de real tiene poco, especialmente desde su enmascaramiento.   

Por cierto es que quedeme sorprendida cuando Victor1 hizo exhibición de un billete escrito por el entonces Maestro de Música de vuestra capilla cortesana, Mossen Corxea, en que se os quejaba  vivamente por la usurpación que suponía el hecho que durante vuestros devaneos con la Michirona Hija hubiera una rondalla murciana  al completo, por petición de ella, al pie del tálamo, interpretando dichas danzas regionales ad libitum y senza interruzzione con las bandurrias mientras perpetrabais actos que no oso mencionar. No oso, pero sí os conmino a que me contéis con detalle tales hechos en el chocolate que os pienso ofrecer  en vuestra morada; recién traído del Atlas es tan noble  ingrediente, a la cual me desplazaré para la ocasión para aliviar vuestra enfermedad. Lo llevaré yo misma pues Antino ha de quedarse al cuidado de mi hacienda y mi constantemente asaltada despensa por monja incontinente.  

Otra vez, otra vez, Duquesito, perdí el hilo de mis pensamientos. Son los inconvenientes que una Dama ha de sufrir en su madurez y que la falta de alegría desde el súbito fallecimiento de mi consorte cántabro ha acentuado, sin duda. La pena de una viuda que trasuda la tinta de su cálamo. Perdonad. La ausencia de afecto me hace vagar por los senderos de la melancolía. Y perdonad mi abrupta e inesperada sinceridad, pero nadie como Vos me entenderéis.  

He sabido también de otro de los secretos de esa familia de orates, resultado de las pesquisas de Doña Fulgencia: recordareis a la Princesita de Montijo, Eugeen, Señora de Mazarrón y del aborrecimiento que Mercedes siempre mostró por ella, ninguneandola y afrentándola delante de toda la Corte constantemente. Pues bien, la razón de ello es que ambas, cuando niñas estuvieron en el mismo convento formándose, el de las RR.MM. Adoratrices del Paquete y allí dicen, la Michirona tuvo un extravío hacia su prima –cosas de adolescentes, vos sabéis- que no fue correspondido por ésta, lo que generó ese odio visceral que le profesa.  

Y me disculpareis, pero debo dejar aquí mi relato, tanto en cuanto están al llegar mis invitados al chocolate de las seis y sabéis que no me gusta descuidar mis obligaciones sociales.  


Cuidaos Señor, me sois un bien precioso.
María Manuela de Montespán, Duquesa

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