MISIVAS DE LA CORTE (16)

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4ª a  S.A.D. María Manuela de Montespán  
 de S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo

Mi muy querida duquesa:

Acabo de leer la misiva que me habéis enviado por medio la Charito (yo me esperaba la faz sonriente del dulce Antinoo)  y aun me tiemblan las manos a causa del terror que su contenido me ha causado.Acabo de leer la misiva que me habéis enviado por medio la Charito (yo me esperaba la faz sonriente del dulce Antinoo)  y aun me tiemblan las manos a causa del terror que su contenido me ha causado.

Señora, si la vieja Saler ha entrado en liza, si su voluntad ha sido captada, comprada o como quiera que sea, atraída, al baile de componendas que La Michirona ha urdido, estamos todos perdidos. Ya no se trata, entonces, de que la pobre Mercedes esté loca y se haya travestido de Princhipón y haya creado con más imaginación que seso ese ilusorio Principado en sus posesiones de Levante; se trata de algo muchísimo peor, porque , querida amiga, la vieja Saler no tiene nada de demente, al contrario, y si aun vive (yo la hacía desaparecida en un auto de fe que tuvo lugar en Manzanares y que acabó con todas la cofradía de brujas que antaño asolaban el reino) presumo que no habrá perdido un ápice de su inteligencia demoníaca y que la está usando para extorsionar a la pobre Mercedes que no sabe ya que sistema utilizar para apuntalar esa ficción en la que se ha perdido.  

Creo que debo explicaros lo que sucedió en un tiempo en que vos aun no habíais nacido y yo estaba en lo más florido de una ardiente juventud que, ¡ay!, ya se me ha escapado de las manos como el agua que brevemente las alivia.  

Conocí a la madre de la pobre Mercedes, a la condesa de los Vergeles, en un figón de Sevilla durante una partida de dados en la que ella no intervenía pero a la que asistía con una mal disimulada atención, no a las jugadas, sino a los prominentes bultos de la entrepierna  de toda la canalla que allí nos encontrábamos. Sí, señora, digo encontrábamos, puesto que yo también podía calificarme de chusma en aquella ocasión. 

Fueme adversa la fortuna, perdí toda la bolsa, y más hubiese perdido, de no ser porque mi principal acreedor, un atlético mozo de la villa de Dos Hermanas, accedió a hacerme gracia de la deuda si yo me avenía a pagar por él otra deuda, según decía, de honor (qué honor podía invocar semejante patán,  me preguntaba yo) y a la que se hallaba ligado sin saber como salir. Se trataba de un asunto galante.  La dama allí presente lo requería de amores y él, no sintiéndose capaz de pechar con semejante virago, me pasaba a mi tal trabajo y todos contentos.  

Asentí, pues, aliviado, ya que vos sabéis que si bien soy, he sido, y seré un amante de la belleza , nunca he puesto peros a retozar con lo que fuese. Pero , amiga mía, cuando la dama se despojó de sus velos, y exhibió su sonrisa caballuna en una mueca que quería ser excitante, creí que no podría cumplir con mi obligación. Era de una fealdad legendaria, de una fealdad olímpica, de una fealdad sin precedentes, de una fealdad arcaica. 

Pero ella, acercando su boca a mis labios, murmuró “No te asustes , tierno corderito, no te asustes mi príncipe, no te asustes luz de mis ojos, que lo que tienes delante no es lo que ves, sino Venus que ha bajado del Olimpo, para que descanses en su seno de tus tribulaciones” Y sacándose de sus pechos un frasquito que parecía de alabastro, vertió en mis labios su contenido. “bebe, cierra los ojos y vuélvelos a abrir” , me dijo. Y en haciéndolo, apoderóse de mi tal delirio que en efecto, creí hallarme entre los brazos de la rosada Diosa.  Y se encendió tal pasión en mi pecho que duró todo lo que ella quiso. Sí, señora, sí, amiga mía, la condesa había usado de un filtro amoroso que convertía sus lorzas en apetitosos jamones, su pechos temblones en rosas de nácar, sus dientes equinos en perlas del Océano, sus ojos deslavazados en estrellas de la mañana, la melopea fatigosa de su insulsa conversación, en arpas celestiales. 

Y me enamoré, señora, sí, me enamoré.

Emprendimos juntos un viaje de pasión que nos llevó a mis posesiones de la Ciudad Condal, ella acompañada siempre de una vieja criada en la que yo no paré mientes en ningún momento y a la que solía llamar Saler. Os hago gracia , señora, de todo lo que aconteció después. Baste sólo que os diga que la tal criada , era la hechicera que nos ocupa, tal como ya habréis adivinado.  

Muchos favores le debió en su tiempo la condesa madre a La Saler. La Saler educó a todos los bastardos de la casa de los Montpensier. Mas bien digamos que se hizo cargo de los que no pudo enviar al otro mundo con sus malas artes. La pobre Mercedes sabía de su existencia sin duda, pero siendo hija legítima de la condesa, creía, supongo verse libre de las asechanzas de esa celestina. Pero, claro, al decidir Mercedes  convertirse en Princhipon, cayó en manos de la bruja levantina, y, por lo que veo, se lo está haciendo pagar.  

¡Pobre Mercedes! Me han informado de que incluso en una de sus últimas visitas a la corte, disfrazada de Princhipón, exigió que se la tratase en masculino, y,  naturalmente, las risotadas parece ser que se oyeron en Samarcanda. He llegado a saber también, vos me lo confirmaréis, que ha cambiado sus antiguos miriñaques por otro tipo de ropajes que llama “heteronosequé”, si bien en la intimidad acaricia con nostalgia sus refajos.  

Mas cosas veremos, duquesa, veremos cartas, decretos, pragmáticas y qué se yo qué más documentos demenciales. Pero, considero que, por caridad cristiana, tendríamos que hacer algo al respecto y procurar que la locura de la Michirona sea aliviada a la mayor brevedad posible.  

No os canso más, y no os hablo de mi precaria salud, pero parece que el mal remite. Los cuidados de Ganímedes no son ajenos a ello.  

A vuestros pies, como siempre, con mi habitual devoción.

Joam de Monte Carmelo

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