MISIVAS DE LA CORTE (20)

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5ª a  S.A.D. María Manuela de Montespán  
 de S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo

Mi muy querida duquesa:

Amanece el día , el ardiente Febo extiende sus dedos de oro entre las fragosidades de la madre Tierra. y me dispongo a coger recado de escribir, en tanto que ordeno a un indolente lacayo que dormita en un rincón que apague los candelabros, abra los ventanales, y se retire lo más discretamente posible de la alcoba, pues mi dulce Ganímedes duerme; 

mi dulce niño, reposa en los brazos de Morfeo, y quiero pensar en los estremecimientos del hipnótico dios al tener en su sí , abandonado, a ese efebo que, después de arrasar el Atlas con el fuego de sus ojos, ha esclavizado mi pétreo corazón, y de muerte lo ha herido, con las flechas mortales de sus miradas, lanzadas, certeramente, por el arco infalible de sus cejas.

“Quant’è bella giovinezza. che  si fugge tuttavia! Chi vuol esser lieto , sia! ... Del doman non c’è certeza...!


E
xcusad, señora, estos transportes líricos a los que me conduce la visión de tanta belleza. Sin duda alguna vos lo comprendéis perfectamente, ya que retenéis a vuestro lado al no menos bello hermano de mi joven copero ¡ Por algo será!

 

Dejemos, pues,  el canto inane y vayamos a la fría misiva . Muchos son los avatares que me acaecieron ayer, último día del ventoso marzo, que en su inconstancia y frivolidad ya anuncia una primavera que llega, presumo, no sólo cargada de perfumes, sino de presagios ominosos.

 

Como ya sabéis mi salud ha ido mejorando sensiblemente gracias a los cuidados de mi abnegado Ganímedes y a los maravillosos efectos de los polvillos de los Andes que tuvisteis la gentileza de enviarme; así pues, ayer, con el corazón exultante, sentíme con fuerzas para salir a cabalgar más allá de mis dominios, allende del Monte Carmelo, hacia los antiguos predios de la extinta Casa de Barcelona, sí, amiga mía, hacia los territorios de nuestro primo, nuestro añorado Conde de Barcelona y rey de Aragón: lo habéis adivinado, Ganímedes y yo dirigimos nuestras cabalgaduras hacia la sagrada montaña de Montjuïc.  Sabed amiga mía que desde que la Casa de Barcelona pasó a manos extrañas, los maravillosos jardines que conformaron la montaña toda, faltos de cuidados y atención se han convertido en una selva de difícil acceso donde moran, ladrones, trasgos, espíritus, cueva de malhechores, corte de los milagros, hospital de desahuciados y toda esa caterva  de indeseables que vos no tratáis debido sin duda a vuestra exquisita educación. El teatro griego sólo contempla bacanales de dudoso gusto y en los aledaños del Palacete Albéniz, en estado de digna ruina, se ven escenas que harían sonrojar a nuestro otro primo, el Divino Marqués.

 

Habiendo  salido , pues, del Pabellón con las estrellas, la del alba sería cuando arribamos a la montaña, y nos dispusimos a darnos solaz y reposo bajo la sombra de un frondoso plátano (bien se sabe que nunca hubo mejor sombra que la de un plátano amado), cuando hete aquí que oímos unas lastimeras voces que salían de una añosa acacia espinosa, voces que gimoteaban entre lloriqueos entrecortados, de esta manera: “ Quienquiera que seas, mortal o espíritu de la montaña, muévate tu piedad a socorrer a este afligido, lacerado servidor de Cristo, que por circunstancias que no vienen al caso se halla en las puertas de la muerte, porque sin duda moriré si alguien no me ayuda en este trance...”.  Levantando la vista, vi a un individuo que estaba atado a la acacia y colegí por sus frases, ser hombre instruido y por sus formas orondas, ya que no llevaba encima más vestiduras que las que su madre le dio en el momento de su nacimiento, colegí también que debía de ser un frailuco de esos vagantes que pululan por los palacios de la gente principal, arrimando su sardina al ascua que más convenga. ”Hermano,  - le dije sin moverme e intentando aguantar las risotadas que pugnaban por salir de mi pecho – bien se ve que debéis vuestro lastimoso estado a algún lance amoroso, o ¿Quizá sea debido a una penitencia que os habéis impuesto para castigar a vuestro hermoso cuerpo por los pecados de la gula, que , evidentemente, es vuestra principal pasión?” ”¡Ay! - me respondió – Caritativo Nemrod, que a estas breñas habéis llegado, guiado sin duda por la mano del Altísimo, liberadme de estas ataduras, que yo os daré cumplida cuenta de todo cuanto me ha acontecido en esta malhadada noche que nunca debió ver el siglo y si, de paso, lleváis en vuestras alforjas algo que llevarme a la boca, Nuestro Señor Jesucristo os lo retornará multiplicado mil por ciento, que mi cuerpo desfallece y he creído mil veces no poder llegar a ver la luz del día” Así habló el frailuco. 

Ordené a Ganímedes que lo desatase y que cubriese su desnudez con una capa, ya que mis ojos no podían soportar la visión de sus blancas y temblorosas carnes. Agradeciolo el fraile, y después de haber vaciado nuestras alforjas de todo cuanto era susceptible de ser deglutido  (¡no sabéis cuanto me recordó a la pobre Merceditas!), y habiendo lanzado un par de sonoros eructos, acompañados de otros tantos y no menos sonoros y olorosos cuescos, me miró inquisitivamente, dirigiendo sus ojos a la hebilla de acero y rubíes de mi cinturón exclamando: “¡El blasón de Monte Carmelo!””¡Señor, mi Señor, Las mejores cocinas del reino , después de las de la Señora Duquesa, claro!” Tuve que pararle los pies cuando se lanzó a besarme las manos llenándomelas de babas.
“Tente mastuerzo, que yo no soy el postre adecuado. Pero dime “¿Acaso conoces a la Duquesa de Montespan? “No la conozco en persona, mi Señor, -me respondió- pero ella es la causa indirecta de que me halle en la triste situación en la cual estoy”. Naturalmente, estas palabras espolearon mi curiosidad. “Ten, amigo – le dije alcanzándole una botella de Borgoña que había apartado antes, con previsión- ten, buen fraile, refresca tu gaznate y procede a contarme qué te ha sucedido, y qué tiene que ver la Señora Duquesa en todo esto” Así me expresé; y el fraile, después de haber echado un buen trago del delicioso néctar y chasqueando la lengua apreciativamente habló de esta manera:

 

“Mi Señor Duque, fraile soy, de la orden de San Golafre de Morrofí, que no es mala cofradía, y vieron mis ojos la luz del día en la famosa villa de Gràcia, de donde no me he movido durante toda mi azarosa vida, y en los límites de la cual tiene su palacio la egregia dama, vuestra amiga la Duquesa de Montespan. No os cuento cuan desgraciada ha sido mi vida pues intuyo que lo que os interesa realmente son los acontecimientos que últimamente han dado con mis pecadoras carnes en este desierto que Satanás confunda. Digo pues que, ayer, y en correspondencia a los muchos favores que debo a una antigua hermana de mi misma orden, Madretere del Santolacón y Grelos, que vive en provechoso y espiritual retiro, acogida a la caridad de la Señora Duguesa, digo pues, que ayer, víme obligado a llevar una carta que encomendóme la santa monjita al puerto de la ciudad a fin de que partiese rápidamente en el primer barco que zarpase hacia Ibiza y con destino a la Baronesa de esa isla, prima carnal de la duquesa. Cuál no sería mi sorpresa, cuando, a punto de salir del palacio, por el patio de las cocinas, el enigmático y siniestro Victor1, el secretario de la duquesa, me abordó y, con embelecos diversos, y con la promesa de darme como pago un jamón de pata negra , un queso de cabrales, y media docena de botellas de la bodega, me encargó que llevase otra carta también al puerto, y también con destino a la Baronesa de Ibiza. Pensé para mí que dos pagos por el mismo servicio, no era mal pago y a ello me avine. Pero quiso mi suerte que, camino del puerto, me topase con dos gañanes que empezaron a hablar conmigo, a dirigirme dulces palabras haciendo alusión a mis poderosas carnes, a mi cuerpo de manteca, a mi mirada de cervatillo y viendo yo que los dichos mozalbetes necesitaban de una reflexión para no seguir en esa vida de crápula, y, movido únicamente por mi espíritu religioso y pastoral, convine en seguirlos hasta este yermo con el único fin de aleccionarlos cristianamente, en plena naturaleza para que la belleza que Dios ha creado penetrase en sus burdas almas y los indujese a abandonar su camino de perdición. El resto os lo podéis imaginar. No se pueden dar perlas a los cerdos. No sólo cerraron sus oídos a toda cristiana reflexión, sino que al ver que poco tenía que pudiesen robarme, me humillaron lo indecible, y después de hacer con mi cuerpo todo lo que les vino en gana (cosa de la cual no me quejo, porque también sufrió por nosotros Nuestro Señor en el madero), me abandonaron desnudo y atada (perdón, Señor, quise decir atadO) a esta acacia en la cual me habéis hallado. Y no es eso lo peor, mi Señor Duque, lo peor es que, además, durante toda la noche, ante mi indefensión,  los espíritus malignos que en este bosque habitan han estado gozando de mi hermoso cuerpo en formas que no podéis siquiera imaginar.”
 
Eso dijo y calló bajando la mirada.

 

“Pero, ¿Y las cartas? – le pregunté.

 

“OH, las cartas están ahí, al pie del árbol, dado que las llevaba en mi seno, no sufrieron ningún daño y , al arrancarme el hábito, ahí se cayeron y ahí continúan”

 

Me dirigí a la acacia y vi que , efectivamente, allí estaban las cartas. Las cogí cuidadosamente y me las guardé en el chaleco. Luego, le dije al fraile: “Os diré qué voy a hacer , amigo mío. Seguramente estas cartas no tienen ningún valor para la Señora baronesa, pero dado que a ella van dirigidas, me voy a ocupar personalmente de que lleguen a sus manos. Quedáis, así, libre de vuestro compromiso, Así que id con Dios, y conservad la capa. Y no os preocupéis de las cartas”  Seguidamente nos despedimos del atribulado fraile y volvimos al galope tendido al Pabellón de Monte Carmelo. Las cartas me quemaban en el pecho y no veía el momento de llegar y ponerme a leerlas con tranquilidad.

 

Y en ello estoy: Amiga mía, mi querida duquesa, la primera carta, la de la monja, no tiene ningún valor. Salvo que os aconsejo que pongáis más campanillas y otros adminículos sonoros al hábito de vuestra monjita, so pena de que os avengáis a tener una eterna correveidile en vuestra casa. Por lo demás,  esas averiguaciones sobre la paternidad de  la pobre y demente Merceditas, no están documentadas en absoluto. Victor1 debería ser mas cuidadoso y no hacer caso a los rumores que corren. Por otra parte, esa carta ha sido aireada, por no sé qué vías (la monjita ha debido de enviar copias), y ya no hay remedio.

 

Pero la segunda carta que aun obra en mi poder.....Esa segunda carta...

 

Leed , Señora, algunos de los fragmentos que Victor1 escribe a vuestra prima:

 

“...estoy muy asustado, baronesa, vuestra prima está sumergida en una vorágine lujuriosa a la que no le veo salida...”

 

“...despreciando todo decoro, los hombres entran y salen de Palacio abrochándose los pantalones...”

 

“...incluso durante las cenas, la señora se abandona libremente al galán de turno que ha seducido o que la ha seducido sin ningún tipo de pudor...”

 

“....la duquesa se hace traer sementales de todos los rincones del reino “( y no se refiere a caballos)

 

“...las modistas están muy preocupadas por los nuevos caprichos de la duquesa...se hace confeccionar saltos de cama de corte francés, y pone lacitos de color fucsia en todos los escotes, incluso en el rinconcito del amor. Además, aprovechando que posee una abundante cabellera, ha eliminado las pelucas y se exhibe , con sus guedejas al viento, y azota con ellas, coquetamente, la cara de sus posibles amantes delante de toda la corte.

 

Y muchas, muchas mas frases de las que os hago gracia. ¿Qué hay de cierto en todo ello , querida amiga?

 

Esperando una pronta explicación a esos curiosos asuntos, beso vuestras manos devotamente.


Joam de Monte Carmelo

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