MISIVAS DE LA CORTE (25)

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 1ª de Doña Trullina del Raposal,y Montespán, Condesa de Put i Ferí
a Dom Joam de Montecarmelo, Duquesito de Montecarmelo

Mi muy estimado primo Ducal:

De vuelta a mi palacete de Ses Illes, donde sabéis resido en apostólico exilio desde la abdicación de nuestra Reina Querelia I, me veo en la necesidad urgente de enviarte esta pequeña misiva, que te entregará personalmente mi muy querido y necesario secretario chino, Trull-in,  del cual podrás disponer  cuanto quieras mientras permanezca a tu lado, tras mi regreso a la Corte Condal para las fastuosas fiestas que mi hermana putativa, la Duquesa de Montespan,  organizó a saber con qué fines, pues aún dudo si fueron para celebrar su natalicio, o eran para presentación de nuevas cortesanas, o fueron quizás para la ya inminente escisión del Reino.

Ah! mi apreciado Duquesito; y yo que esperaba encontrarme con mi buena amiga la monja Madretere para disfrutar de la espiritual calma que emana de esa mujer, eso si, sin ningún afán de  gula ni de palabras discordantes de sobre el buen hacer de mi querida hermana y las muchas visitas que recibe últimamente en la Corte. 
Pero cual fue mi sorpresa, cuando no supe dar con su paradero en palacio y sin que se me diera explicación alguna; ni siquiera encontré el cirio pascual del que tanta fama la hacía. Más tarde y después de las presentaciones de las nuevas y jovencísimas cortesanas y cortesanos me enteré por boca de una de ellos, no sin antes acceder a ciertos favores que por mi rango puedo ofrecer, que en los pasillos de palacio rondaban ciertos rumores. 

Tras la finalización de los fastos de mi hermana, regresé a la isla, ciertamente intranquila.  Ay!, mi Duquesito, creo que tendré que hacer los baúles y zarpar de nuevo rumbo a la península, pues si son verdad la mitad de esos chismes debo volver sin tardanza a la Corte:  ¡“el Reino Dividido”, las baronías y condados enfrentados, la Archiduquesa de Castrelos encerrada en su palacio y sin dar muestras de cordura!. 

Os cuento el suceso, para que juzgues tu mismo. A mi ida, nada más desembarcar de tan agitada travesía, pues el joven capitán del buque Insignia tuvo la delicadeza de alojarme en su camarote debido al mal tiempo de la mar y así hacerme más liviano el trayecto, un carruaje que mi hermana tuvo a bien disponer para mi uso, sin tan siquiera poder refrescarme, me condujo a todo galopar a una de sus muchas posesiones donde suele hacer gala de su buena cocina después de una fatigada cacería. 

Fue grata mis sorpresa, pues en la puerta me esperaba nuestra queridísima Marquesa del Férreo Camino, Doña Yorelia de Winter, con un magnífico miriñaque campestre para la ocasión, acompañada de otra dama que me fue presentada como Rosalía de Saeris, Marquesita dos Grelos Verdes, venida de las galaicas tierras. Hicimos migas desde el primer momento la Marquesita y yo y me hizo sabedora Doña Rosalía de Saeris que, muy a pesar suyo, había dejado a su querido esposo cuidando la hacienda que ostentan en Finisterre. 

Tras la opulenta comida tuvimos una larga y fructífera charla para conocernos más a fondo, la cual no viene a cuento comentar ahora, ya que, para variar, se hospedaba en el palacio de mi magnánima hermana. 

Por cierto que la misma, en un aparte,  me hizo un comentario que aún no alcanzo a entender sobre la dicha Marquesita dos Grelos Verdes, referente a no se qué de una loca que se le había metido en palacio huyendo de no se sabe quién...no pude preguntarle más sobre tan curioso hecho porque se giró bruscamente al ver que se acercaba un noble caballero de tierras de Castellón, cuyo nombre no recuerdo, que la arrastró, pese a las corteses protestas de Manuela, al salón de baile donde se danzaba el minué, que, recordareis, la Duquesa odia.  

Mas, mi querido primo,  aquí no acabó la cosa, pues dos jóvenes mancebos acompañaban a las mentadas damas. Uno, venido de tierras gaditanas, justo en la frontera con los infieles, de ojos negros y piel bronceada,  se me presentó como “Capitán de la Armada, Señor de Arcos de la Frontera” Don Hachán de Cahí, que acompañaba y daba soporte a nuestra muy complaciente –y complacida diría yo-  prima Yorelia, en el evento de la Montespan

El otro, mancebo de sonrisa febril pero de finas formas, era de origen catalán y proveniente de las Comarcas del Maresme quien,  luciendo un cierto aire oriental, se me presentó como un ilustre erudito, Cónsul Honorífico de la lejana China atendiendo por Don Marc de Polo , y que como me comentó una vez ya sentados ante la caza preparada en exquisitos platos de divina composición y plumaje regados con delicados caldos del Penedés, los motivos  de tan grata visita no eran  otros que conocer a la familia y mostrar sus respetos;  ay, primo, a mi me sonaban, no sé por qué, campanas de boda y mi sofoco iba en aumento. 


Y ello porque yo ya no sabía si era los efectos de la travesía, de las bodegas de mi hermana o del dichoso corsé, pero sabed que en un momento determinado mi rapé ya no daba más de sí en sus efectos analgésicos ante la sonrisa casi estúpida que se dibujaba cada dos por tres en la cara de mi muy querida hermana putativa, con lo que deduje que ya no estaba menstruando. 

Ahora que el buen tiempo se deja ver y que una vez más estaré en la Corte, creo querido primo, que será necesario que tengamos un breve encuentro, pues como tú muy bien sabes todos los rumores tienen algo de cierto y si es cierto que mi hermana está hormonando, la cosa es más grave de lo que parece, pues ya sabéis de lo que es capaz la Montespán cuando le sube la primavera. Tengo que confesarte que estoy realmente preocupada, pues la viudez le va a durar lo que se dice, nada.  

Y respecto a eso de las escisiones, de las divisiones y de los encierros archiducales, mi muy estimado primo, tú que eres hombre versado en temas de la corte, tú que medio mundo has recorrido, de ti que conoces los Usos de la Corte, necesitaría tu sabio consejo, pues a estas horas ya no se discernir si allá en las borrascosas cumbres del norte, donde siempre había predominado las buenas formas y el buen hacer, resulta que los bárbaros los han vuelto a invadir y han perdido la poca  facultad de raciocinio que tenían, o quizás es que prefieren dejar hacer a quienes con manos más cálidas sepan llevar todo este delicado asunto a buen puerto. 

¡Ah!, como echaré de menos los salinos aires de mi tan estimada tierra, pero no me cabe duda alguna que mi hermana me necesita a su lado en tales difíciles tiempos. 


Tu muy apreciada prima consanguínea por parte paterna directa se despide pues tengo que ayudar a mis damas de compañía con las sales para mi pronta recuperación de las corredurías de palacio.

Trullina de Raposal y Montespán, Condesa  
 

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