MISIVAS DE LA CORTE (26)

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1ª a  Monsieur de le Mercoûch
 de S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo

Apreciado caballero:

Os ruego en primer lugar que perdonéis la libertad que me tomo al dirigiros estas líneas, pero esta carta es producto de la desazón y la confusión en que me encuentro a causa de los últimos acontecimientos que se están produciendo en la corte catalana, y considero, pues, que vos, que sois profundo conocedor de todo cuanto sucede en esta corte, podréis iluminar mi entendimiento

Sin más , pues, me dispongo a entrar en materia. Acabo de recibir una misiva de mi prima, la Condesa del Put i Ferí, asaz misteriosa. Y digo asaz misteriosa puesto que tan insigne dama me relata en ella parte (y digo parte) de lo que sucedió en los fastos de la celebración del natalicio de mi buena amiga la Duquesa de Montespan. Caballero, vos sabéis perfectamente que yo estaba presente en dichos fastos. Que incluso llevé conmigo a un experto dibujante para que, rápidamente, bosquejase cuatro o cinco semblanzas de la nobleza allí presente.  Mi querida prima parece no haberlo advertido: error tanto más grave, cuanto que tuve el placer de invitarla a aspirar de los maravillosos Polvillos de los Andes que tanto han contribuido a la curación del morbo que no ha mucho me aquejaba. ¿Se os ocurre cuál puede ser la causa de ese desliz? ¿Debo atribuirlo a las tiernas miradas que recibía mi prima de aquella damisela de la nobleza rural gallega que había venido a nuestra ciudad? ¿Habrá caído la temperamental mallorquina en las redes de Lesbos? ¡Ay! Señor, no sé qué pensar.

Por otra parte he observado también que la Condesa del Put i Ferí, no hace ninguna alusión a las dos enanas que había alquilado la duquesa para que nos deleitasen con sus habilidades acrobáticas (creo, dicen, que una de ellas tenía otras habilidades mucho más apreciadas por mi querida duquesa), y, tampoco habla, por sólo citar un caso más de aquella cómica de la legua, ataviada de colorines, que cantaba y hablaba y hablaba y hablaba, y que se había anunciado con el pomposo nombre de Singerina de la Terra Baixa. Todo ello, caballero, me ha sumido en un estado de perplejidad del que no acierto a salir. Espero que podáis iluminarme con vuestras acertadas observaciones.

Sin embargo, también debo decir que mi deliciosa prima ha estado muy acertada en la percepción que tuvo del talante que mostraba la Duquesa de Montespan.

 

Señor de Mercoûche, como ya debéis saber han aparecido colgados por todos los muros de la ciudad imágenes provocativas de la duquesa y pasquines alusivos a la poca continencia de que hace gala tan alta dama. Se dice que Madretere, ha sido despedida de palacio a cajas destempladas por haber revelado cosas que allí sucedían y que harían enrojecer a espíritus mas avezados que el mío. Según una versión, la duquesa habría salido a los balcones de palacio y habría empezado a tirar bultos de ropa y enseres piadosos pertenecientes a la monja mientras gritaba “Así te pudras en la leprosería, monja maldita, cotilla del infierno, lengua sucia” o bien, “Putaaaaa, deslenguadaaaaaaaaaaaa, juro por mis miriñaques que te tengo que ver cogiendo berberechos en las rias baxas, so pelandruscaaaaaaaaaaaaa....”. Naturalmente no puedo dar crédito a estas habladurías, pero lo que si es cierto es que la duquesa está llevando su viudez de una manera harto peculiar. 

He intentado diversas veces que me hiciese confidente de sus cuitas y sus desazones. Como hombre de mundo que soy, y de ello hago gala humildemente, la hubiese podido aconsejar, pero tan ilustre dama se ha cerrado en banda y pretende que sólo se ocupa de sus cocinas y de sus obras piadosas.

Señor, excusad mi atrevimiento, pero sé que sois asiduo a los salones de la duquesa. Os conmino, sí conmino, he escrito, a que me deis noticia de todos cuantos hechos puedan iluminar tan escabrosa historia.

Esta misiva os llegará de manos de una protegida mía y de la Duquesa, la señorita María del Rosario de Montpensier. Con ella os incluyo también un retrato que he hecho hacer de la dicha señorita . 

Un último ruego os pido, apreciado caballero, mirad atentamente las facciones de la mensajera y los rasgos que han quedado inmortalizados en el lienzo, y decidme qué os sugiere.

 

Quedad con Dios, Señor, afectuosamente

Joam de Monte Carmelo

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