MISIVAS DE LA CORTE - (28)

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A la S.A. la Baronesa de Ibiza,
de
Victor1, secretario 

Altísima Señora,  

Sabed que me encuentro de vuelta de las galaicas tierras, a donde fui conminado por vuestra prima Doña Manuela para llevar una importante misión de averiguación sobre la certeza de determinada plaga de ratas que asolaban el Archiducado de Castrelos. Al menos esa fue la razón que me dio la Duquesa para hacer que me arrastrasen a una calesa que, tras arduo y penoso viaje, me dejó en aquellos pagos.

Todavía recuerdo con escalofrío toda esa lluvia y esas galernas. Aunque realmente mi más penosa vivencia fue la dieta forzosa de grelos cocidos con cachelos a que me vi sometido, por mor de la carencia de medios para mejor atender mi naturaleza, dado que mi Señora determinó que mi estancia duraría solo unos días a los que alcanzaría sobradamente ocho reales de cobre. 

Esta misiva os habrá llegado por mediación de un mensajero oriental que a mi disposición puso el Embajador Honorario de la China, Dom Marc de Polo, gentil caballero que goza últimamente del favor de mi Señora y que, en frecuentando palacio desde ha poco tiempo, ha tenido a bien ponerme a disposición para evitar externas interferencias. Famosa es la reserva oriental y su eficacia. En ella confío para que llegue a buen puerto la presente.

En regresando de mi exilio, fui a presentar los debidos respetos a mi Señora, quien a guisa de saludo me dirigió una de sus miradas –si, de esas, Baronesa-  al tiempo que, mientras se daba aire con su abanico malva me comentó con voz queda y ademán indiferente:  “Victor: no admitiré más tonterías de jesuita intrigante; estáis advertido”. Tras ello me dirigí a la despensa provisto de un recio bastón para saludar a la Monja Madretere, en el convencimiento que la encontraría allí en uno de sus éxtasis nutricionales, y agradecerle su amable y  oportuna intervención en el affaire de las cartas dirigidas a Vos sobre el estado de la Duquesa y los devenires de Montcarmelo.

Cual fue mi sorpresa cuando, en vista de su inesperada ausencia fui informado por uno de los marmitones de las cocinas que la monja había marchado a Calcuta a una leprosería, para continuar su santa misión en este mundo. Alegreme por ella y desee que tan piadoso cometido le resultase confortador por todo el tiempo que durase, que supongo será el suficiente para que alcance mi jubilación.

El estado de la Secretaría de Palacio es lamentable, pues aquí no ha habido quien se ocupase de llevar al día los asuntos, dado que mi Señora se haya alterada por los últimos acontecimientos que, al parecer, le afectan en su persona, pues diríase que aquí hay una conjura contra la Duquesa. Os informaré de ello a su debido  momento. Y si me disculpáis, interrumpiré en este momento la redacción de la presente, pues el recuerdo físico de cierto incidente entre los sirvientes de la Duquesa y yo, en la que hubo intervención de un látigo, horas antes de mi partida súbita a Galicia, me aqueja en este momento de ciertos dolores en la espalda que recomiendan la continuación para más tarde de esta misiva.
...
Ya es día siguiente, Señora Baronesa, y disculpareis la tardanza en la prosecución de esta carta, pero es que hubo una súbita conmoción en palacio al llegar la noticia de una repentina indisposición del Duquesito de Montcarmelo, quien al parecer fue encontrado en un estado de absoluta insania mental, provocado sin duda por los fármacos que toma para sus dolencias, en una casa de reputación cuestionada de la ciudad condal. Se halló al Duquesito en compañía de unos efebos con ligero atuendo que le daban aire con el propósito de reanimarle del súbito estupor en que se hallaba sumido, que le impedía reconocer a los presentes. Personéme allí por indicación del criado Ganímedes, quien mandó recado a palacio sabedor de que la Duquesa haría lo pertinente para remediar la locura del caballero de un modo discreto. Al llegar encontré a Dom Joam en un lastimoso estado: resultado del delirio el pobre habíase vestido con un miriñaque de batalla, de esos con repujados de cuero, y unos altísimos zapatos de tacón, con un corsé que le oprimía los otrora poderosos pectorales, hasta el punto que cualquiera hubiera imaginado que le sería imposible el respirar  si no fuera por el detalle de que con ronca voz vociferaba, que no cantaba, el aria de le Nozze de Fígaro conocida como “Non piú andrai farfallone amoroso..”  lo que provocaba airadas protestas de los otros ocupantes de la citada casa que tildaban al Duque de maricón liceísta y otras villanías que prefiero olvidar. 

Con ayuda de Ganímedes cubrimos al Duquesito con mi capa negra y lo sacamos por la puerta trasera donde  nos esperaba la calesa personal de la Duquesa, que se encontraba  en ella pues, según manifestó, su caridad natural la impelía a estar presente en el lugar de los hechos por mor de ofrecer su inestimable ayuda en lo que fuera menester. Dom Joam fue llevado a su Pabellón de Montcarmelo, donde Doña Manuela, mientras depositaban al enfermo en su cámara aprovechó para dar una vuelta por el palacio y sus archivos, por aquello de comprobar que todo estaba  en correcto estado  y dar las órdenes precisas al servicio. Ordenóme que permaneciera allí en tanto se restablecía el Duquesito y, tras una caricia de consuelo a Ganímedes como agradecimiento por su devoción a su señor, marchó acompañada de un criado que portaba unas voluminosas carpetas cuyo contenido ignoro.

Y eso fue lo que me impidió la prosecución de la presente, cuya motivación era daros cuenta del estado de la Corte de Castrelos, pues cuando terminé mi crónica sobre ello Doña Manuela dio orden de que le aprestasen equipaje y carroza para partir de inmediato.  Al inquirirle sobre su destino me respondió, literalmente, “no es de tu incumbencia, cotilla impenitente” y me dio orden de redactaros esta carta contándooslo todo con la advertencia de que en breve, de su propia mano, recibiríais aclaración de tan súbita partida y de sus motivaciones.

Así pues, obedeciendo a mi Señora os diré que de ratas en Castrelos, nada de nada. Lo que si pude observar es un estado de crispación de la Archiduquesa, que se negó a recibirme alegando que estaba aburrida de todos, aunque pude observar que el palacio estaba sumido en la penumbra y reinaba el silencio, como si sus ocupantes temiesen disturbar el retiro de su Señora. Mala cosa es, Altísima  Baronesa, que la melancolía embargue una corte y que nada se haga por remediarla. 

Esperemos que el tiempo, que todo lo cura, haga cambiar las tornas.

Siempre a vuestro servicio,

Victor1

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