MISIVAS DE LA CORTE (40)

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 5ª De S.A.D. María Manuela de Montespan 
a S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo

Estimado Duquesito, 

Recibí unos días ha vuestra nota de disculpa respecto al lamentable incidente de mi supuesta preñez, que motivó una declaración oficial negando tal circunstancia. Bien: Vuestras excusas son aceptadas, pues entiendo que fue vuestro sentido del honor y el ánimo de protegerme lo que dio pie a tamaño equívoco, y no esa insana pasión por la carnavalada que guía vuestros actos en ocasiones o el simple deseo de crearme más complicaciones que las actuales, como después os narraré.

En cualquier caso, y dado que ya corre por la Corte un nuevo rumor sobre mi misterioso viaje y el destino del mismo, como cabe esperar de cortesanos de poca entendedera y excesivo ocio, encuentro procedente el revelaros su verdadera causa, con lo cual podréis comprobar que nada tuvo que ver con preñe alguno. Además, son asuntos que os conciernen. 

Hablando de preñeces, he recibido una misiva de Charito, que se halla en Madrid reponiéndose de un vahído –no tratáis como debierais a esa chica-, en la que me da cuenta de unos sucesos asaz curiosos que rogaría en su momento me confirmaseis. Lo primero es que parece decir que –sabéis que tiene una caligrafía infernal que no es de amable lectura- ha tenido algo que ver con ¿¿jamsters?? ¿¿Qué son jamsters?? No conozco esa palabra; Espero vuestra aclaración, ya que asististeis al extraño suceso, así como esa referencia a la curiosa “vara larga” que se arruga y portáis ¿en los muslos? ¿es un nuevo modelo de bastón? Qué curioso lugar para llevarlo… ¿Lo habéis adquirido en esas casas que frecuentáis en las que abunda el comercio de todo tipo?.  Hállome confusa, pues no consigo colegir el significado profundo de lo que la moza escribe, dado que se expresa en una clave que me es imposible entender. Lo único que entiendo es que debió parir –recordad que os avisé que debía estar preñada- pero no se dice nada del nacido, solo esa oscura referencia a los jamsteres esos, que no sé que son. ¿Habrá intervenido aquí la Saler? Su mano es muy larga. Me quedo muy preocupada, Joam, espero noticias vuestras. 

Y ahora el objeto de mi misiva. Sabed, Duquesito, que con gran secreto y discreción me trasladé a la Corte de la Archiduquesa, pues necesitaba ver con mis ojos  los sucesos que allá estaban sucediendo, y de victor1 no me puedo fiar porque está perdiendo facultades, como Vos. Para ello me disfracé de buhonera y arribé a Castrelos en una carreta cargada de legumbres y granos, que por cierto vendí a buen precio sacando unos reales que ayudaron a subvenir el viaje. Para poder entrar en la Corte Archiducal sin levantar sospechas, cambié mi disfraz por uno de lagarterana, pues entereme que con motivo de unas fiestas celebradas por María Eugenia esos días, iba a actuar un grupo de danzas típicas de Lagartera y como casualmente las monjas que me educaron me enseñaron algunos de esos bailes, vi en ello una oportunidad de lograr mi propósito. Hice una demostración de mi arte danzarín al director de la compañía de bailarines y le convencí de lo bien que iría mi participación con ellos. Claro que para ello tuve que encargarme de hacer desaparecer previa y discretamente a una de las componentes del citado grupo –excuso el decir cómo-  y cubriendo su repentina e inexplicable ausencia, me admitieron. De esa guisa me introduje en el Pazo de Castrelos, dispuesta a averiguar todo lo averiguable.  

Observé los preparativos de unos fastos sin igual, que bien podrían rivalizar con los que acostumbro a ofrecer en palacio, si no fuera por la pequeña diferencia de que estos pecaban del peor de los gustos posibles, como corresponde a una Señora cuya fortuna proviene del tráfico de esclavos con las Indias Occidentales. No abundaré en los orígenes de María Eugenia, pues son conocidos de todos. Estando mirando las cocinas, pues sabéis de mi atracción por ellas, uno de las cocineras me preguntó, habiendo supuesto por mi atuendo que yo era de la Maragatería, por la receta del cocido maragato, que le di con todo lujo de detalles; aprovechando la circunstancia, le interrogué sobre las razones de tanto fasto y tanta fiesta a lo que contestóme que la Archiduquesa iniciaba las celebraciones de su próxima entronización.   Entronización, Joam... Mª Eugenia se entroniza, como la Michirona.   Duquesito, esto ha de ser motivo de convocatoria de los Estados Generales con asistencia de todos los estamentos, pues ha tomado ya proporciones de epidemia. Joam: me niego a vivir en una Corte de orates, de negreras megalómanas y de bulímicas adictas a la mermelada de rosa. Hay que tomar cartas en el asunto de una vez. Os visitaré durante esta semana para comentar el enfoque de este asunto, pues no podemos dejar nada al descuido.  

Prosiguiendo con  mi relato, quedé absolutamente epatada por la declaración de la cocinera y, cuando pude reaccionar y recuperar mis sentidos encontré ante mi a un villano que gesticulaba airadamente, en el que reconocí al director del grupo de danzas y coros, que me andaba buscando por todas partes, pues ya comenzaba  la actuación. Mi primer impulso fue la huida, pues de ser reconocida allí correría peligro, dado el carácter visceral e irascible de Mª Eugenia que, sin duda, sospecharía que las razones que me habían hecho disfrazarme de danzarina populachera para entrar en su casa no eran buenas para ella ni para sus planes. No obstante vime impelida bajo los empujones de aquel bruto a bailar la jota maragata y otros aires, hecho que me puso de muy mal humor y que consiguió que perdiera mi compostura, lo reconozco, pues terminada  la actuación, al acercárseme el director del grupo a ofrecerme un contrato para toda la temporada saqué mi abanico malva del delantal espejeado que llevaba en mi atuendo –lo había escondido allí, por si las moscas y además estaba  muy harta por todos esos brincos- y le sacudí con el en toda la testa mientras le recriminaba  su insolencia por tratar así a una Duquesa. Mis voces fueron oídas y ello atrajo la atención de los presentes, que al distinguir mi abanico malva comenzaron a sospechar que yo no era maragata  del todo, acercándoseme para distinguirme  mejor. Limpiándome como pude con uno de los encajes del traje la sangre que me había manchado al reventarle yo las narices del abanicazo a aquel gañán me dirigí a las cocinas buscando escape donde, por casualidad, di con los lavaderos del palacio. Allí me proveí de una pañoleta, unos  zuecos, una falda de paño y una blusa, todo ello de color negro que en unos estantes había y, agarrando un cesto con gallinas que había observado en las cocinas antes de entrar en los lavaderos, quedé perfectamente  caracterizada como moziña de aldea, imagen que procuré aderezar dando a mi habla un cierto acento lugareño, que no se si del lugar sería, pero que de catalán no tenía nada.  So excusa de que esas eran las gallinas para el cura párroco de mi aldea que la Archiduquesa había tenido a bien ofrendar al Santo local, y dado que aquello era un aquelarre de orates por el caos de la  celebración –os prometo que oía desde las cocinas los berridos de Mª Eugenia mientras bailaba en el salón  furiosamente una giga tocada con gaitas y pandeiros- conseguí que me llevasen a la salida y pude salir con bien de esa.

El resto es breve: hubo un último percance consistente en que hube de convencer, de nuevo con mi abanico, al posadero de la fonda en que me había alojado de que yo era la Duquesa de Montespan y no una pueblerina para que me dejara acceder a mis aposentos, donde me esperaba mi camarera, con la botella de cordial dispuesta desde hacía días –de hecho llevé una caja y en ese momento solo quedaba media, lo que me hace recordar que al término de esta carta he de nombrarla nueva encargada de las letrinas de palacio- para recuperarme de las fatigas que mi azarosa misión me produjo. Volvimos en carreta hasta Burgo de Osma, donde yo había dejado mi calesa y mis miriñaques, llevada  por la precaución, y con las mismas regresamos  a Barcelona, total para encontrarme en palacio con la estúpida cantinela de que iba a ser madre de trillizos y un montón de patucos y mañanitas enviadas por la loca de Yorelia de Winter. 

Os conmino, Duquesito, a que esta información sea usada como convenga, pues nos esperan tiempos difíciles en la Corte. Dada la cercanía de nuestro encuentro, considero oportuno no extenderme mas.

Siempre vuestra,
María Manuela de Montespán, Duquesa  

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