MISIVAS DE LA CORTE - (41)

Al menú de la Corte

1 ª Al Seigneur de le Mercôuche
de la Reverenda Madre Madretere  

Altísimo y Católico Seigneur:

C
on mi mas profunda humildad, yo, mísera monja errante, que no mendicante, porque nada tengo que ver con las pelanduscas franciscanas  esas, y errante porque ando errando desde meses ha por esos mundos de nuestro Señor, Elnostengaensugloriaporsiempre yloadoseasunombre, me dirijo a Vos, en demanda de auxilio para mi pobre persona, a sabiendas de que vuestro natural generoso y caritativo os moverá a la piedad para con esta hermanita de la extinta Orden de Sant Golafre del Morrofí, huérfana de superiores, de protectores y que sólo ansía volver a gozar de la paz y el recogimiento que disfrutaba en Barcelona, do mora mi querida Duquesa de Montespan –laVirgensantísimalaampare- antes de los infaustos hechos que me han llevado hasta esta ciudad de Nimes, en vuestro país natal, desde la que os escribo.

Os relataré muy brevemente que he hecho un largo viaje desde las Indias Orientales hasta aquí, por circunstancias que no vienen al caso mencionar en especial, pero que vienen dadas por un repentino favor que me hizo la Duquesa mandándome a una leprosería en Calcuta y de la que, considerada  acabada mi labor santificadora allí, marcheme para caer en las garras de unos piratas sarracenos despiadados –elDiablolosconfunda- de los que pude huir a la vista de las costas de Egipto en el Rojo Mar, tras ser sometida a todo tipo de vejaciones dignas de figurar en cualquier martirologio. Arribé a Sicilia, desde donde pedí auxilio a la Baronesa de Ibiza, Doña María Antonia de Fortino, obteniendo por toda respuesta una bolsa donde había diez maravedíes y una sobrasada, hecho por el cual no pude por menos que alabar al Altísimo por la generosidad de la Señora -searecompensadaenlamismamedidaqueprodigasusdonesporSantaEngracia- aunque la pena era que los diez maravedíes no me llegaban para pagarme el pasaje a Ibiza, a donde pensaba ir para acogerme a la gracia de la eximia Baronesa, que de seguro que la pobre no cayó en la cuenta que aquí en Italia todo es más caro y sin duda confundiose, aunque yo se lo agradezco igual que si las diez moneditas hubieran sido los doscientos maravedíes que eran necesarios, pues es tan buena Doña María Antonia que no hay Gloria suficiente para acogerla en su seno cuando la Hora le llegue. 

En esa tesitura, y hallándome hambrienta, me comí sin pan la sobrasada a bocados, que desafortunadamente se había enranciado durante el viaje de envío a Sicilia, que sé yo que la Señora Baronesa da sus dádivas en buen estado, con lo que conseguí una acidez de vientre que durome dos días, prueba más a la que me sometía el Señor para la santificación en vida que es objetivo de todo religioso. Mientras masticaba aquel sebo cavilé sobre qué había de hacer con mi persona y cómo llegar a Barcelona, donde la Duquesa sin duda estaría preocupada por mi ausencia tanto tiempo prolongada y en esas estaba cuando me vino a la cabeza que me encontraba en Italia, do mora Su Santidad, el Padre de todos y que el sin duda habría de darme la solución y consolar al afligido, en este caso servidora, de sus cuitas. Y con esas me levanté, después de haber finalizado la colación, y me encaminé al puerto para saber el precio del pasaje para llegar al continente desde la isla, que resultó ser, curiosamente, el de diez maravedíes. Si bien disponía yo de esa cantidad,  no podía permitir gastarla toda, pues una cosa es confiar en la Divina Providencia y otra muy distinta el ayudarla a que una confíe en ella. Con esa idea propuse al capitán del barco que sin duda sus pasajeros precisarían de auxilio espiritual y de las dulces palabras consoladoras de una monjita, que les haría más llevadero el viaje y que con ese servicio bien podía costearme  el pasaje. Miróme aquel energúmeno, pues se trataba de un moro convertido, un hotentote de dos metros de altura con cara de necesitar a a gritos una nueva conversión y, escupiendo sobre la cubierta un trozo de algo inidentificable de color verde que andaba  mascando, me señaló con un ademán una fregona y unos  estropajos putrefactos que nadaban en un cubo lleno de agua oscura y maloliente y con  otro gesto indicó una puerta que, por la mirada del capitán, debía ser el pasillo por el que se accedía a las letrinas. Encogime de hombros, puse mi mas monjil sonrisa, perdonando a aquella bestia por el pecado que cometía y dirigime enarbolando los bártulos a las profundidades del buque, rogando a Dios que la travesía fuera breve y que hubiera mar calmada, por mor de que el pasaje no se marease.

No fueron escuchados mis ruegos, pues se levanto a la media milla del puerto de Catania una marejada que dio al traste con  mis esperanzas de tener un viaje tranquilo. Los pasajeros tomaron al asalto las letrinas, y  encima, como yo andaba del vientre revuelta con aquella sobrasada ibicenca me uní a la horda de mareados y no pude hacer nada por ir limpiando, pues mi pobre cuerpo no aguantaba. De resultas de ello, al llegar a Reggio di Calabria el capitán me obligó a permanecer en el buque hasta que todo estuviera limpio de vómitos, lo que me llevo, laVirgenmeayude, dos días. Pero hasta en eso mostró el Señor su sabiduría, pues la peste de lo que limpiaba me quitó el apetito durante tres días, con lo que no hice gasto, y el ayuno contribuyó a que mi cuerpo terminara de digerir el presente de la Baronesa de Ibiza.

Terminada mi piadosa labor, arranqué por esos caminos en dirección Roma, o eso creía yo, pues como todos los caminos llevan a Roma tome el primero que se me acudió y, como demuestra la experiencia, la sabiduría popular no es sabia: es solo popular y ello evidencia que sin la labor de los religiosos el pueblo anda perdido; y digo esto porque el camino que tomé no solo no llevaba a Roma, sino que me hizo aparecer en Brindisi, en la costa del Adriático, al otro lado de la península, donde aún conservaban muy mal recuerdo de los aragoneses de cuando esas tierras eran parte de la Corona de Aragón, pues en el momento en que delaté mi origen a unos lugareños –pobresinocentesdejadosdelamanodeDios- a los que pedía caridad enfurecieronse estos y me persiguieron a pedradas hasta los límites de la villa al grito de “amazzate i putti catalani” y otras voces que atentaban contra mi dignidad –el malignoleslleveasuinfierno-, aunque, eso si, me hicieron casi obrar el milagro de correr como si tuviera veinte años menos, pese a la indignidad que suponía el haberme tenido que arrecoger el hábito para no tropezar en la carrera, aunque, Mi Señor, por el martirio esta humilde servidora está dispuesta a todo, hasta a enseñar las piernas, que no era lascivia sino el asegurarme que tendría futuros apostolados lo que dio alas a mis pies y aire a mis rodillas.

Quiso el Designio Divino que la espantada diera como resultado que hallase el Camino Real que cruza la península de Sur a Norte, que allí denominan “Via” y que está muy bien construido con empedrado sólido que permite el discurrir de caballerías y carromatos con holgura. Y en lontananza, divisé una caravana de cíngaros que hacia el norte se dirigían; conservaba yo en mi hatillo las ropas de ese pueblo que hube de usar para salir de tierra de infieles, pues sabed que yo nunca tiro nada, que no se sabe las pruebas a las que nos ha de someter nuestro cometido, y con las mismas me las puse, en sabiendo que el pueblo gitano no es amante de religiosos y menos de meterles entre ellos, pues sus oficios encuentran estorbo en el quehacer apostólico y no es cuestión de estar recordándoles todo el día que atentan contra el Séptimo. Por ello, y para asegurarme el acojo vestíme de nuevo de cíngara y me acerqué a la tribu Romaní. 

Por señas, pues ni yo hablaba caló ni ellos romance que pudiera entender, les expliqué que era una pobre gitana errante que se dedicaba a echar la buenaventura y que la tribu a la que pertenecía había sido exterminada en un progrom en Kurdistan, pues de allí dije que era natural no fuera que se repitiera la escena de “i catalani” habida en Brindisi. Encogiéndose de hombros me dijeron que podía seguirles, aunque eso si, a pie, pues tenían los carromatos llenos de calderos, herraduras, panderetas y ancianas, si bien compartirían conmigo su fuego y yo con ellos mis ganancias como quiromante. Esto último no me gustó nada, pues son artes del innombrable todas aquellas adivinatorias, pero rápidamente me convencí que en siendo yo religiosa, por mi boca hablaría el Espíritu, con lo cual el que mentiría sería El y no yo, quedando libre de toda culpa. Cierto es que, como actividad, la adivinación está bien remunerada, sobre todo si se combina con la venta de claveles y ajos que sirve de disimulo ante los guardias de la Santísima Inquisición que controlaban estas cosas en los mercados: días hubo que no sabía si había ganado más leyendo la mano o vendiendo ristras de ajos. 

Fueron días tranquilos, pero ay, nada hay que cien años dure, y a la vista de Nápoles uno de los chiquillos que se puso a registrar mis pertenencias encontró mi hábito de monja lo que motivó que aquellos desalmados me expulsaran del campamento como muestra de su desconfianza y negándose a admitir ninguna de mis explicaciones. Les hubiera dado mi bendición, pues me trataron dignamente, si no hubiera sido por el diluvio de piedras con que acompañaron sus adioses, pues cualquiera volvía la cabeza para echarles un benedico te. Tan imprevisto fue el episodio que ni tiempo me dieron a recoger mis cosas y mis ahorros hecho que –Diosmeperdone- motivó que pecara. Me avergüenza recordarlo, mi Señor, pero la parte humana puede a veces más que la espiritual y los religiosos no estamos libres de la tentación y el pecado. La perspectiva de llegar hasta Roma sin un maravedí y presentarme ante Su Santidad vestida de cíngara me enfureció, tanto como la idea de no poderme santificar como suelo ante viandas y manjares. Y necesitaba mucho el santificarme, pues andaba escasa de santidad. 

Por ello pequé, sí, pequé: llegada la noche de ese día esperé, apostada tras una loma bajo cuyo amparo habían acampado los gitanos a que se fueran a dormir. Con sigilo espiritual –las chanclas de Cipango las había vendido en un mercado a cambio de unas alpargatas usadas y una gallina- acerqueme al centinela, y agarrándole por el cuello con el cilicio, que nunca me quitaba hasta el punto que ya ni pinchaba  ni nada, le estrangulé con todas mis fuerzas hasta que perdió el sentido, pero sin dejarle muerto –Diosmeperdoneensuinfinitamisericordia- y pude adentrarme en el campamento. A rastras, como una sabandija, llegué hasta el carromato donde había dejado mis cosas en el que no dormía nadie, pues tan atestado de chismes estaba que no cabía ni un alfiler. La intercesión divina hizo que hallara mi hatillo de inmediato, del que habían saqueado todo lo de valor, aunque mi hábito lo habían respetado, sin duda imbuidos por el temor reverencial que destilaba, aunque quizá también influiría el hecho que desde que salí de Barcelona no había sido lavado. Cogí mis cosas y consideré que tenía que recuperar mi dinero como fuera. Llena como estaba de santa indignación me dirigí sin pensarlo dos veces a la carreta donde dormía el patriarca, que era el depositario de los fondos de la tribu. Incluidos los míos. Entré con sigilo –sabía que dormía solo pues había enviudado hacía unos meses- y sin darme tiempo a más me arrojé sobre él agarrándole fuertemente de –diosmeperdone- sus partes pudendas al tiempo que le susurraba ferozmente en el oído “Soy la enviada del espíritu de venganza del Señor: hágase según su palabra”. No se si por la invocación, aunque yo sospecho que más fue el susto, el patriarca perdió el sentido, el color y dejó de respirar. Yo muy tranquila no me quedé, pero como pensé después, tampoco hice nada como para que se muriera, llegando a la conclusión que es que ese era el momento que había de llegarle el divino designio a aquel hombre. Vamos, que hubiera muerto igual esa misma  noche. Sin pérdida de tiempo registré al muerto y a sus pertenencias, encontrando dos míseros reales y nada más. Recordé que esa mañana, antes de regresar al campamento, el patriarca habíase encaminado a un establecimiento de una casa de lotto, un invento moderno del rey en estos parajes, que no es sino una timba, y salió contando unos cartoncitos. Con lo cual inferí que el muy bellaco habíase gastado los fondos de la tribu en una rifa. Visto que no había nada que rascar, a modo de compensación me llevé su faca, muy bonita, con mango de marfil y plata con el ánimo de venderla y procurarme el dinero que me había sido negado. Salí del campamento como había entrado y, adentrándome en la tiniebla, enfilé el camino de Nápoles, a donde llegaría unas horas más tarde. 

Y mi Señor, interrumpo aquí la narración, prometiendo continuarla más tarde, pues me hallo alojada en un convento de clarisas de Nimes donde me han acogido caritativamente y es mi turno de limpiar las letrinas. 

(CONTINUARÁ)

arriba        Al menú de Las Cortes

Alojamiento Web