MISIVAS DE LA CORTE (44)

Al menú de la Corte

7ª a  S.A.D. María Manuela de Montespán  
 de S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo

Querida Señora

Os ruego ante todo que perdonéis mi tardanza en dar señales de vida, pero me ha sido del todo imposible, en estas últimas semanas, gozar del silencio y del retiro que mi espíritu  requiere para coger el cálamo.

El Pabellón de Monte Carmelo se ha visto agitado por una serie de acontecimientos que han turbado su tranquilo devenir. Que incongruencia, señora, yo, que me había retirado a estos dulces bosques en busca de nemorosa calma, de epicúrea mediocridad, he sido el principal culpable de las mundanas miserias que han invadido mi desierto solaz. No obstante , he puesto eficaz remedio despidiendo in continenti a la gemela de Merceditas, a La Charito, que en mala hora pisó mi casa. Paso a continuación a daros breve noticia  de cómo y porqué sucedió lo que sucedió. 

Tal como vos habíais sospechado, Señora,  nuestra Charito hallábase en estado, me permito decir, de mala esperanza (nunca se hubiese podido esperar algo “propio” de una hija de la Vergeles madre ), y hablo en pretérito porque en el decurso de una doméstica algarada de indudable mal gusto  en la que muy a mi pesar me vi envuelto, la desdichada parió (¿tendría que decir “defecó”?).  Todo lo que os estoy escribiendo debe ayudaros a descifrar esa demencial carta que os ha escrito la interfecta. Seguidme con atención, querida amiga, y comprenderéis el demencial sentido que se oculta tras las desgarbadas líneas de la no menos desgarbada moza. 


Estaba pues en que la Charito evacuó no menos de tres fetos de ínfimo tamaño y de grandes aunque vacuos ojos que la ignorante muchacha confundió con roedores. Tras la inicial confusión, -os hago gracia del escenario y los hechos que enmarcaron y sazonaron tan descomunal sainete- procedí a tranquilizar a la pobre que , en el ínterin, había sido presa de una de sus crisis de demencia (ya sabéis, el conocido mal de los Montpensier que se está cebando en sus últimos vástagos), y dispuse que , ipso facto, partiese hacia la Meseta, a Madrid, donde , como ya habréis leído, permanece bien cuidada y protegida en casa de una amiga suya, esa Marianela que está al servicio de mi deliciosa y divertida señora de Winter. Con ello conseguía dos cosas, a saber:  Proteger la honra de la muchacha que, como sangre directa de la Condesa de Vergeles madre, tiene indiscutibles derechos a los títulos y prebendas de la familia y al mismo tiempo conseguía recuperar algo de la paz que semejante engendro me había robado. Resuelto pues el problema de La Charito, vime en la disyuntiva de quedarme con los nasciturus (porque a pesar de haber nacido, eran por su conformación y hechura horrendos nascituros) que resultaron ser hembras, o bien deshacerme de ellos. Opté por la segunda via. Y, cavilando cómo podria obrar, para que mi designio tuviese éxito, ordené que me preparasen un coche con todas las armas de Monte Carmelo bien visibles y relucientes a fin de no ocultar, sino al contrario, evidenciar mi identidad, y puse en un antiguo cofre florentino, admirable obra de delicada y rica orfebrería de mi admirado amigo Benvenuto Cellini, (que en Gloria esté) entre terciopelos y damascos, a los tres espantosos fetos que se movían como diablesas, haciendo gala de una fortaleza insospechada a tenor de lo prematuro de su nacimiento. Entre aquellas riquezas y envueltas en mínimos pañales de hilo de Holanda, bordados por las monjitas de Pedralbes, tenían el aspecto de algo raro y peregrino, de algo codiciable. 


Sin un propósito claramente definido arribé al puerto escoltado por mi fiel Ganímedes y senté mis reales en el viejo figón de San Sebastián, en el muelle de los pescadores, y ante una jarra de buen vino de Málaga me dispuse a esperar pacientemente, lo que la Providencia quisiera depararme. Naturalmente puse encima de la mesa el maravilloso cofre, cuidadosamente cerrado, y ,vigilándolo, a Ganímedes con el alfanje desenvainado. Tendríais que haber visto el cuadro, Señora. Lucía mi niño, en el esplendor de su belleza, un turbante de seda azul como los ojos de los jóvenes hiperbóreos, seda azul entreverada de blanco, y bordada con finos hilos de oro, dispuestos de forma que la filigrana de su ritmo, escandiese una enigmática frase de uno de los versos de Al Mutamid de Sevilla. Cetrinos rizos, juguetones como palomas negras pugnaban inútilmente por desmerecer el prodigio de la curva de las orejas, de cuyo lóbulo pendían dos fabulosas arracadas de plata y rubíes  que otrora habían formado parte del tesoro del poeta Abu Nowas en la corte de Haroun Al-Raschid.  El turbador pecho desnudo del joven terminaba el milagro de su piel  dorada en la brevedad de su cintura prisionera en un cinturón de guadamecí de Córdoba. No me extiendo, amiga mía, en la descripción del resto porque mi naturaleza se me rebela ante el recuerdo de tan celestial visión y el sentido huye hacia presentidos paraísos al rememorar el recuerdo de esta epifanía. Y , excusad mi vanidad si me permito establecer un osado paralelismo entre su radiante juventud y mi ardiente ocaso citando aquellos versos:

Quand vous serez bien vielle, au soir, à la chandelle ,
Assisse auprès du feu, dévidant et filant,

Direz, chantant mes vers, en vous émerveillant:

“Ronsard me célebrait du temps que j’étais belle”

.

Pues así es el destino, querida amiga, que no admite trampas en el camino hacia los brazos de la Dama Oscura y que en esta partida de naipes que es la frágil existencia humana siempre lleva las de ganar aunque uno ¡Infeliz orate! Se haya guardado un as en la manga. 

Pero sigamos con la narración, que el sol ya ha consumido una buena parte de su celeste curva y aun no he llegado a lo que os quería referir

Anochecía ya cuando observé que un hercúleo mozo de tez quemada por los vientos del este y de inequívocos rasgos sarracenos, tocado con el gorro de fieltro de los naturales de las costas mediterráneas miraba insistentemente y sin disimular ni un ápice el rico cofre que custodiaba Ganímedes. Alzóse el Hércules y con unos andares cimbreantes que delataban su oficio, marinero sin duda, se dirigió hacia  mi y espetóme estas palabras: 


.- Señor, perdonad mi insolencia al hablaros, pues veo por vuestro aspecto que sois hombre de alta condición y buen linaje. Pero me hallo intrigado al ver el extremo cuidado con que vuestro esclavo tiene cura de ese rico cofre que tenéis y cuyo contenido debe de ser digno, sin duda alguna, del tesoro de algún rey .-así habló el sarraceno. 

.- Valiente Neptuno – le contesté- tomad asiento, bebed conmigo, y , si tenéis paciencia para escuchar mis palabras  no habréis perdido el tiempo, sino que seréis partícipe de una maravillosa historia como nunca hubieseis podido imaginar, aunque veo por vuestra catadura, que sois mozo bregado en los siete mares y pocas cosas habrán que os puedan causar admiración, y que veneráis la presencia de Aquél Que Todo Lo Ve, del Grande , del Misericordioso, del Que No Tiene Nombre , de Alá, Nuestro Señor.
.- ¡Sea siempre alabado! – contestó el moro.

Debo deciros , Señora, que no tenía yo clara idea de cómo ni en qué iba yo a beneficiarme de aquella conversación. Pero intuía que aquel individuo podía pertenecer a la cofradía de esos comerciantes que pululan por Nuestro Mar de Oriente a Occidente y que, ¡el colmo de la suerte! Quizá se dedicase a turbios negocios que, llevándolo de puerto en puerto, si conseguía colocarle la mercancía, veríame libre de tan molesto cofre. Como así sucedió, como así fue , y como así os enteraréis si continuáis leyendo.

Así pues, bajando la voz, le dije al moro:
.- Sabed, valiente capitán, pues estoy seguro de que capitán de alguna bella fragata sois, aunque discretamente y por razones que imagino lo ocultéis, que este rico cofre contiene una riqueza aun mayor.

Vi como los ojos del berberisco centelleaban de codicia, y acercándole el cofre lo abrí ante sus desorbitadas pupilas. Retiróse el moro, espantado, ante la visión de los tres fetos que a la sazón dormían plácidamente, y, con presteza , procedí a tranquilizarlo:
.- No os asustéis- le dije- osado marino, no os asustéis. Estas criaturas que aquí veis en los brazos de Morfeo, no son terribles Djinns del desierto, ni espantosos Mareds de las cuevas de la Tebaida egipcia, ni remedos de sirenas , hijas de Caribdis. Que son, bien al contrario, tres desdichadas princesas, hijas del Gran  Mongol, que fueron arrebatadas a su padre, en circunstancias que ahora no vienen al caso. Llegaron estas princesitas a mis manos por la Misericordia de Alá (¡Sea siempre alabado¡) y, hallándome yo ya en el orto de mi vida y si bien en otros tiempos fui audaz viajero, no me encuentro en posición de devolverlas a su padre, aunque estoy seguro de que si alguien lo hiciese por mi, sería recompensado con una largueza tal que no existen palabras para describir las riquezas entre las que pasaría el resto de sus días. Es por ello que aquí me hallo, por ver si el destino me depara alguna ocasión que pueda aliviar mi conciencia y las lágrimas de su desesperado padre.

Maravillóse el moro de mis palabras y me contestó de esta manera:
.-Señor, dad gracias a Alá, porque vuestras plegarias han sido escuchadas. Capitán soy, en efecto, y buena fragata comando, que no se ha visto otra igual desde Chipre a las columnas de Hércules. Y yo os digo que si quisieseis confiarme a estas tres criaturitas  - el moro disimuló como pudo un mueca de asco al decir estas palabras- yo me encargaría de devolverlas a los amantísimos brazos del padre. En compensación a vuestra caridad y a los dispendios que sin duda os han ocasionado tengo para vos otras tres joyas que, a juzgar por los gustos que imagino que tenéis -el moro dirigió una mirada apreciativa a las bellas formas de mi Ganímedes- os causarán tanto más placer que estas tres tiernas princesitas de las que tan desinteresadamente os habéis ocupado.

Así habló el berberisco.
.-Y, decidme, audaz almirante, ¿Qué joyas son esas?

Por toda respuesta, el marino se giró hacia la puerta de la taberna y, haciendo una enigmática señal a otro marino que allí se hallaba, al parecer montando guardia, le dijo:
 
.- Said, ¡Que entren!

Obedeciendo a la orden, abrióse la puerta  y aparecieron tres figuras humanas veladas de pies a cabeza. El capitán hizo que se adelantase un paso la primera y de un manotazo le arrebató el velo.

.- Ved, Señor, admirad la belleza de Serse. Sus ojos avergüenzan el brillo de Antares y Aldebaran, su piel no conoce rival ni entre la piel de los melocotones del jardín de Damasco. Sus labios son la envidia de las cerezas que se dan en el oasis de Abu Sir, en la Lejana Al-Kahira, en las tierras de Misr. Y su voz...¡Ah Señor, su voz!....Es el Regalo que Alá ha cedido a los mortales para aliviar cualquier pena, y dicen que quien la oye experimenta tal dulzura en su alma que pierde el sentido como aquel osado marinero que en otros tiempos cayó en las redes de las sirenas; ni la tórtola ni la alondra, ni el falaz ruiseñor, ni los jilgueros del Albaicín nazarí le hacen sombra. Y es eunuco. Es perfecto.

La segunda joya que tengo para vos, Señor, es Ciro. Hermoso como la luna en su catorceavo día. Eunuco, como su hermano, conoce todas las danzas que , en sueños, le enseñó el dios Shiva, mientras creaba y destruía el mundo. Y su cintura es como un junco de Asuán, en los límites del país de Kush, y dicen que quien ha visto su danza quiere morir de felicidad al no ser capaz de disfrutar ya de otra belleza superior.

Y regalaos Señor, ahora, con el esplendor de Bagoas. La máxima obra de la Creación de Alá. Su belleza eclipsa a la de sus dos hermanos. Las lenguas enmudecen y la razón se extravía al intentar describirlo. Sólo él sabe arrancar del laud melodías que sanan cualquier morbo, y los leones del desierto de Siria se echan a sus pies, al lado de las gacelas de dulces ojos, olvidando la sed de sangre y lamiendo los pies de tan extraordinaria criatura.
Dijo el moro y calló mirándome inquisitivamente.

.- Y los tres, Señor, los tres son vuestros si consentís en cederme a las tres princesas, hijas del Gran Mongol.

Y así ha sido, querida amiga, así ha sido como he conseguido deshacerme de las hijas de la Charito, a cambio de estos tres mancebos de ensueño que alivian mis veladas en el Pabellón de caza.

Ahora debo dejaros ya que ha llegado uno de mis informadores que me trae noticias de la Corte de las cuales os daré cumplida información.

A vuestros pies, Señora.


Joam de Monte Carmelo

arriba        Al menú de Las Cortes

Alojamiento Web