MISIVAS DE LA CORTE (47)

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1ª a S.A.D. Dom Joam de Montecarmelo
Del Frayluco Arnaldus de Gràcia 

Alteza:

 

Quiera Dios que esta carta llegue  vuestras manos, hallándoos  en buen estado de salud, o, por lo menos exhibiendo esa magnífica presencia con la que os vi en nuestro primer encuentro.

Conviene sin duda que me identifique ya que no puedo esperar de vuestra alteza que recordéis mi insignificante presencia ni el no menos insignificante asunto que hizo que tomásemos contacto. Soy fra Arnaldus de Gràcia, aquel monje franciscano que socorristeis tiempo ha en las fragosidades de la montaña de Montjuïc y que gracias a vuestro valor y a vuestra caridad puede hoy seguir viendo la luz del día y predicando entre infieles y descreídos la verdadera fe de Nuestro Señor Jesucristo y que, gracias a vos, sigue en su empeño de santificación por la vía del martirio.

 

Os preguntareis , Señor, cual es el objeto de esta misiva que os llegará  por conducto de un buen amigo mío, llamado “el rata”, al que ruego premiéis con algunos reales por su servicio, o con aquello que vos consideréis que pueda irle bien o con lo que queráis, que yo sé que vuestra munificencia es sobradamente conocida y que no soy yo quien para daros clases de generosidad. Estábamos pues  en que debía aclararos el objeto de mi carta (¡Válgame San Francisco y los muros de la Porciúncula, que se me va la cabeza¡). Pues, Señor, siendo como es que me hallo en el florido reino de Murcia, más concretamente  en las tierras de la condesa de los Vergeles, María de las Mercedes de Montpensier, que sé de buena tinta que es amiga vuestra, y habiéndome quedado sin un maravedí en mi bolsa (mis constantes obras de caridad, entre la canalla, a la cual me dedico sin descanso han acabado con mi ya de por sí precaria pecunia), he osado pensar en vos para que me socorrieseis de nuevo: sin ambages , Señor, me hallo necesitado de dinero. Perdonad mi franqueza, pero realmente no sé a quien recurrir. Podría acogerme a la caridad de la Señora Condesa, pero de todos es sabido la extrema prudencia con que tan ilustre dama administra sus cuantiosos caudales, y, además, están sucediendo en este condado ciertos eventos que ahora mismo os explicaré y que han hecho del todo imposible que pueda siquiera hablar con mi señora María de las Mercedes. Por otra parte, no penséis , Señor, ni por un momento que necesito esos dineros para volver a la ciudad condal. No, ni mucho menos. He decidido quedarme en este condado que se ha convertido en una ínsula Barataria del despropósito, del pecado y de la vesania (como después veréis) , ya que todo él es campo abonado para mi labor pastoral, especialmente entre los garridos mozos (¡esta juventud perdida¡) de este país, que están en vía de perdición y a los que pienso dedicarme en cuerpo y alma aunque para ello tenga que ganar la palma del martirio, cosa a la que, por otra parte, ya estoy acostumbrado como vos ya sabéis.

 

Procederé , en primer lugar, a haceros partícipe de cómo llegaron mis maltratados huesos a esta bella ciudad de Lorca en la que me hallo.

 

Sabed , Señor, que después de nuestro encuentro en Montjuïc, anduvo mi magín en cavilar sobre la bondad o no bondad de mi decisión de dejar las cartas para Ibiza, de las que era portador en vuestras manos. Y no por falta de confianza en vos, muy al contrario, sino por el afán de cumplir mi misión y dado también que por casualidad, y sólo por casualidad (lo juro por San Sebastián Glorioso, que murió asaeteado entre paganos)  conocía el contenido de las mismas, decidí de embarcarme para la mayor de la Pitiüses, para avisar verbalmente de su contenido a la Señora Baronesa. De paso , también, podía dedicarme a predicar la palabra entre esos bárbaros rubios, bien formados, de acariciantes ojos y poderosos músculos, infieles todos ellos y llenos de perversión y lascivia, que dicen que han sentado sus reales en esa isla. Pero quiso Nuestro Señor Jesucristo, que todo lo provee, que el bajel en que había embarcado fuese presa de una nave pirata, de piratas berberiscos concretamente, que pasaron a cuchillo a toda la tripulación y demás ocupantes. Yo me salvé milagrosamente (¡San Moro, San Mauro, digo, sea loado¡) ya que cuando el mismísimo capitán iba a degollarme, me hinqué de rodillas ante él y empecé a llorar y a besar sus manos y todo lo que tenía delante, que, además de las manos resultó ser un hermoso y enorme miembro viril circuncidado, con una vena gorda a lo largo de toda su longitud, que no era poca, y de una consistencia que recordaba al temple del acero toledano. El Hércules en cuestión, el capitán digo, me obligó entonces, dándome una bofetada a la que yo respondí como buen cristiano ofreciendo la otra mejilla, a que succionase, a pesar de mi evidente disgusto, tan descomunal parte de su anatomía. Y allí empezó mi martirio.

 

Perdonad , Señor, si os explico detalladamente todo lo que esos infieles hicieron conmigo, pero conviene que sepáis cuanto he sufrido por la fe de Cristo, y cuanto más soy capaz aun de soportar y sufrir para santificación de mi pecadora alma.

 

Mientras me aplicaba con santa resignación, de rodillas,  a adorar contra mi voluntad la virilidad del apuesto capitán, toda la tripulación, absolutamente toda la tripulación de la fragata, aprovechando la situación de indefensión en la que me encontraba, a una indicación del comandante, me alzaron el hábito por la parte trasera (ya sabéis que los franciscanos somos austeros y veneramos a la Hermana Pobreza y, por consiguiente no llevamos bragas, y no como esos frívolos Dominicos) y a la vista de mis apetecibles cuartos traseros (¡Ay , Señor, maldita sea mi belleza y mis blancas y sabrosas carnes¡), procedieron a sodomizarme salvajemente, desde el primero hasta el último. Ofrecí pues mi martirio a Nuestro Señor Jesucristo, al tiempo que le daba gracias por salvar mi vida y darme esta oportunidad de santificación. Cuando acabaron, a pesar de que yo estaba dispuesto a sufrir de nuevo el martirio, me indicaron que me retirase a las bodegas, que me perdonaban la vida, y que estuviese dispuesto a ser martirizado de nuevo cuando a ellos les conviniese. Así que, rezando y dando gracias al Altísimo , me arrebujé entre tres gallinas, una cabra, y un saco de salvado, esperando la del Alba.

 

Y la del Alba sería, cuando entre sueños y velas , noté que el saco de salvado se movía, y cual fue mi asombro y consternación, al apercibir que el supuesto saco no era tal, sino que era una forma humana con hábito talar ¡Un hermano en la fe! , me dije. Pero no, no era un hermano, sino que era una hermana. Señor, no lo creeréis, pero se trataba , ni más ni menos que de Madretere, la santa monjita que vivía de la caridad en el Palacio de la duquesa de Montespan. Señor, os ahorro aquí la explicación de cómo Madretere había llegado a ese barco, pero sin duda se trataba de un milagro de la providencia divina. Lloramos ambos, ambos nos abrazamos y ambos rezamos. Eso sí, aun a mi pesar,  hice oídos sordos a los planes de fuga que la monjita estaba confeccionando, ya que yo estaba dispuesto a seguir con mi Martirio, con mi santificación, y la santa mujer, débil por naturaleza, no se encontraba con fuerzas para sufrir las vejaciones de aquellos paganos.

 

Días después me enteré de que la monjita había saltado al mar con ánimo suicida  (¡Que Dios la haya perdonado, y que San Cristóbal la haya salvado de los peces y otras animalias del piélago¡).

 

Y, ¡Ay , Señor! Día tras día, mi martirio se acentuaba. Dado que los piratas habían encargado a la monja la limpieza de las letrinas del barco, y que la monja había desaparecido, decidieron que fuese yo quien limpiase los evacuatorios. Para ello, me arrebataron mi hábito talar y cubrieron mi desnudez con una de esas faldas de hierba al uso de los hotentotes del África profunda, y, de rodillas también, me pusieron a fregar esas malolientes vespasianas, de tal manera que cada vez que venían a defecar, aprovechaban la ocasión para levantarme las faldas, airear mis posaderas, y hacer con ellas lo que ya antes os he explicado. Alguno había que, con una brizna de misericordia, cedía a mis ruegos y se limitaba a torturarme introduciendo su miembro erecto en mi boca, y derramando su masculino licor en mi garganta. Pero yo lo sufría todo con santa alegría, y avanzando en el camino de mi santificación.

 

Pero el martirio no acababa, Señor, porque en una de estas el barco atracó en un puerto, y en un momento en que pude salir a cubierta, reconocí en la distancia las gemelas torres de Santa Maria del Mar, y a mi izquierda la imponente mole de Montjuïc. ¡Estábamos en Barcelona, en mi ciudad!¡Ay, qué de encontrados pensamientos, qué de contradictorios deseos invadieron mi mente, qué de tentaciones del Maligno! Sólo en un momento pensé en la huída, sólo un segundo mi espíritu flaqueó. Pero al final, decidí permanecer entre aquellos bárbaros paganos, para que se cumpliese en mi lacerado cuerpo la voluntad del Altísimo.

 

Y el tiempo pasaba. De nuevo en alta mar empecé a notar que los piratas espaciaban con alarmante frecuencia sus torturas hacia mi. Así que decidí que, en pro de mi santificación, que peligraba ante la ausencia de martirios, decidí, decía, provocarlos (muy a mi pesar, por supuesto). Para ello, cada vez que venían al mingitorio, me tiraba en el suelo, completamente desnudo y reptaba entre sus pies lamiendo con humillación cristiana sus botas. A los que acudían descalzos les lavaba los pies a lengüetazos y me veía a mi mismo como Nuestro Señor Jesucristo, en la última cena, lavando los pies a los discípulos. Pero empezaron a rechazarme, algunos incluso preferían evacuar en el mar directamente desde el palo mayor, antes que ir a mis letrinas. Yo estaba desolado y no acertaba a explicarme semejante conducta. Hasta que una noche sin luna, noche de mi dolor, entraron algunos en la bodega y echándome un saco en la cabeza, me llevaron a cubierta y sin ninguna ceremonia me arrojaron al mar. Mientras me arrastraban por la escalerilla pude distinguir frases como “!es un djinn hembra maligno..!.” o bien...., “!es un castigo de Alá...!” o bien  “!a los tiburones con ese agujero sin fondo...!”. Aun hoy no puedo comprender qué fue lo que movió a esos desalmados a deshacerse de mi de semejante manera. Sea como fuere, Dios mostró una vez mas su misericordia conmigo, y flotando y dejándome llevar por las olas, arribé a una playa aquella misma noche y busqué refugio entre unas rocas que estaban a pocos pasos de donde las aguas me habían depositado.

 

En cuanto empezó a clarear, cual nuevo Moisés, decidí alejarme de la costa para averiguar en qué tierra había ido a parar, si era de cristianos o de infieles, y también para buscar algo con que saciar mi apetito, que  en aquellas horas ya empezaba a ser acuciante.

 

El paisaje que se ofrecía a mis ojos , Señor, era como un trasunto del Paraíso. No podía dar crédito a la riqueza que la Naturaleza desplegaba ante mi vista. Veíanse en lontananza bellos campos simétricos de naranjos y otros frutales que el espíritu alegraban. Un jardín del Señor, un Edén sin fin se sucedía ante mis ojos atónitos. Rientes acequias discurrían al pie de los espinosos azofaifos cargados de frutos. Y los caminillos, bordeados de adelfas de variopinto color dividían huertos de exhuberancia sin par. “No puede ser” – me dije- “Esto se parece a mi Levante, a mi hermoso Levante”. En estas dudas estaba cuando vi avanzando hacia mi por el caminillo, un borrico cargado de verduras y legumbres, y guiado por un mocetón moreno, de rubicunda faz, y anchas espaldas. Entre los pliegues abiertos de la camisola blanca que se hinchaba al viento de la mañana, descubría el mozo un cincelado pecho que de Apolo tenía las formas, y colgando de ese pecho, Gloria de Dios, creí entrever un escapulario. Sí, era un escapulario. ¡Y de la Virgen de las Huertas, ni mas ni menos.¡

 

“¿Señor mío Jesucristo – dije para mi- habré tenido la suerte de ir a dar con mi torturado cuerpo al bello país de Murcia? ¿Me habrá guiado tu mano  través del mar proceloso, al jardín de los jardines?¿Tendrá tu providencia algún oculto designio para que lo cumpla tu indigno siervo?

 

Y la respuesta me llegó por medio del muchacho que se acercó y me dijo:

 

.- Señor fraile, ¿A dónde vais por este camino con ese aspecto que más parece que hayáis salido de una cochiquera?

.- Hijo mío . le respondí- de tus palabras se desprende que eres cristiano y temeroso de Dios. Pero antes de contestarte, dime tú ¿Qué tierra es esta?¿Dónde me hallo?¿Quién es tu Señor al que sirves?

Y el mancebo, sonriendo mientras escupía en el camino dijo así:

.- Pos eso está hecho, Señor fraile, que labriego soy. Y natural de la ciudad de Lorca, camino de la cual os encontráis. Y mi Señora , que no Señor, es la Condesa de los Vergeles, cuya tierra estáis pisando

.- Válgame Dios, hermoso zagal, y Nuestra Señora de las Huertas –le respondí acariciando su suave mejilla- Entonces estoy salvado. Condúceme pues, dispuesto niño, hacia la ciudad de Lorca. Y dame también algo de eso que llevas en el zurrón, que desfallecido estoy. Y no dudes que Nuestro Señor Jesucristo te lo pagará con aquello que más necesites.

.- No necesito yo, Señor fraile, que vuestro Señor Jesucristo me compense con nada, que el buey sólo bien se lame, y que viva la gallina aunque sea con su pepita, y que, además, conózcome yo muy bien esas palabricas que el clero ayunta con tanta zalamería y arrumaco. Pero no le niego yo ni a moro ni cristiano un cacho de mi molcón y una hogaza de buen pan rubio, amén de un tiento, si es breve, a esa bota de jumilla que mi jumento trae. Que todos respiramos el mismo aire, que para todos los pájaros cantan, y que serán los mismos gusanos los que nos comerán cuando nos llegue nuestra hora Y que pago ninguno quiero yo, que no sea la fuerza de mis piernas para hacer el camino, mis brazos para trabajar y mi garganta para cantar.

 

Eso dijo el chiquillo. Y parando el borrico, nos sentamos bajo un frondoso plátano y me dispuse a dar cumplida cuenta del rústico yantar del labriego. Y, Señor duque, os lo creáis o no, a pesar de la blasfemia que el zagalico acababa de proferir contra la Providencia divina no experimenté el menor deseo de evangelizarlo, como habitualmente me suele suceder, sino que invadido de una extraña y serena paz, dejé que el tiempo transcurriera en silencio mientras me miraba en sus oscuros ojos, profundos y tranquilos. Y cuando el sol dejaba el cenit, reemprendimos el camino.

 

.- Y dime muchacho, -pregunté- ¿Que nuevas hay de Lorca? Porque tiempo ha que falto de civilizada tierra y en mis viajes no he tenido noticia ninguna de ningún rincón cristiano.

Y el chico me respondíó arrugando el ceño:

 

.- Pos nuevo, lo que se dice nuevo, no sabría responder a vuesamerced: Nací en Lorca pero vivo en una pedanía no muy alejada, y poco voy por la ciudad. Pero lo poco que me acerco me ha servido para no arrimarme más. Y más no digo, porque la retama tiene últimamente oídos y hasta los lagartos de debajo de las piedras son mensajeros. Pero os baste saber que ha habido muchos, muchos cambios que yo no siempre entiendo. Y que ya estoy hablando demasiado, y que en boca cerrada no entran moscas.

 

Dijo y calló.

Mientras íbamos caminando observé que de trecho en trecho, en la linde del camino había unos carteles a modo de pasquín que indicaban “A ITHACA” y, a veces otros orientados hacia poniente que indicaban “RIO GUADALENTON”. Admíreme sobremanera pues, rebuscando en mi memoria, no acertaba a ubicar tales toponímicos, así que le espeté al muchacho:

 

.- ¿Y esa Pedanía, Ithaca, donde se halla?¿Y ese río Guadalenton, sin duda, es un afluente del Segura, o es una nueva acequia?

 

De pronto el muchacho palideció y llevándose el dedo índice a los labios emitió un sonido sibilante:

 

.- Shhhhhhhhh!!!!!! Bajad el tono Señor Fraile. Ithaca es Lorca, y el río Guadalenton es el Segura. Y no me preguntéis cómo porque ni yo mismo lo sé. Ya os he dicho que muchas cosas han cambiado aquí desde hace algún tiempo. Y además también tenemos un lago.

 

.- ¿Un lago?¿Un lagodices?

 

.- Pos sí , Señor Fraile, UN LAGO, por lo visto siempre estuvo ahí, arriba del Guadalenton, digo, del Segura, o del Guadalenton ¡Yo que sé¡ Pero el caso es que siempre estuvo ahí aunque nosotros no lo viéramos.

 

.- Muchacho, -dije acariciándole la cabeza- ¿Estas seguro de que te encuentras bien?

 

El mancebo estalló en sollozos.

 

.- Señor fraile, os he ayudado en lo que he podido sin esperar nada a cambio. No me hagáis mas preguntas, os lo ruego. Hay un LAGO...y el río es el Guadalenton, y además hay...hay... -y entonces el muchacho arrancó en un verdaderao berrido- y hay UNA CASCADA....Sí..eso...una CASCADA.... ¡Lo juro¡ Yo no la he visto, pero sé que existe esa cascada. ¡Y por los clavos de vuestro Cristo, no me interroguéis más!

 

Como ya podéis imaginar, Señor duque, mi estupefacción iba creciendo por momentos. El labriego había entrado en una crisis de llanto que me era imposible detener. Opté , pues por callarme, y seguir haciendo camino hasta que llegamos a las puertas de la ciudad de Lorca, donde, como ya había empezado a sospechar vi unas gigantescas  letras que anunciaban BIENVENIDO A ITHACA

 

Alteza, a partir de ahora debo pediros que confiéis ciegamente en mi palabra y que no intentéis encontrar ningún sentido ni propósito a lo que referiré. Pues yo mismo soy incapaz de comprenderlo y sólo puedo explicar  llanamente y simplemente lo que mis ojos vieron. Que los que saben lo traduzcan. Yo admito mi ineptitud.

 

Nada más entrar en la ciudad nos vimos envueltos los tres, el mancebo, el borrico y yo en una turbamulta que como río encrespado nos arrastraba hacia una plazuela. Allí fue donde, entre el gentío que se arremolinaba gritando, perdí al muchacho. En medio de la plaza había un enorme catafalco rodeado de leña, como si fuese una pira, y en el centro de la pira tres peleles ensartados en unas picas. De cada uno de los cuellos de los tres peleles pendía un escrito del que no pude distinguir los caracteres, debido a la lejanía. La multitud aullaba cuando de una callejuela adyacente  partieron unos sones de timbales y de chirimías que consiguieron silenciar a la chusma. Abrióse la turba dejando paso a un teoría de doncellas de aspecto masculino, portadoras de flameantes hachas de brea, y ataviadas ricamente como Damas de Elche, en numero de nueve: cuatro a cada lado, y en el centro de ellas otra, la principal, con un traje más rico si cabe, girando sobre si misma, lentamente, con un libro abierto en las manos. La doncella del libro salmodiaba: “¿Qué dice la Ley? La ley dice: Lo que fue no es ni nunca fue”. Detrás de las doncellas venía un aparatoso paso, como de Semana Santa, que en vez de ser llevado por costaleros era arrastrado por medio de largas maromas de cáñamo, en número de tres, a fuerza de los músculos de siete gigantes hercúleos por cada maroma y que llevaban como todo atavío un breve taparrabos. En lo alto del paso, sentada en un trono de oro, con el sol como corona y la luna a sus pies, aparecía resplandeciente de joyas y pedrería María de las Mercedes de Montpensier. La Condesa de los Vergeles. A Su lado, una siniestra figura femenina vestida de negro daba grandes voces diciendo: “Lo que fue no es ni nunca fue” “Loor a Odysseus I de Eden, vuestro Señor”. La multitud se tiró al suelo escondiendo la cara entre las manos gritando también “Loor a nuestro Príncipe”. Cerraban la procesión no menos de tres carros tirados por bueyes engualdrapados en oro y damasco y llenos a rebosar de lo que parecían ser libros y legajos. En llegando al lado de la pira, la condesa descendió del paso y cogiendo uno de los libros de la primera carreta exclamó. “Mira, amado pueblo, mi amado pueblo de Ithaca, vuestro Principe, Odysseus I de Eden os da la libertad, porque lo que fue no es, ni nunca fue.”y cogiendo el libro que era, me pareció distinguir,  “Anales del Condado de los Vergeles”  lo arrojó a la pira. Seguidamente, despojándose de su corona solar y de sus vestidos al ritmo de los timbales y de las chirimías inició una danza frenética mientras la turba enfervorizada tomaba por asalto las carretas y arrojaban a la pira, a manos llenas, todos los libros que podían acarrear. La condesa , medio desnuda, y con sus blancas carnes temblonas relucientes de sudor, se acercó a una de las doncellas y arrebatándole la tea que portaba gritó en un paroxismo demencial dirigiéndose al parecer a los peleles: “Y tú, Maria Manuela, Semilla de los Montespan, víbora con peluca apolillada; Y tú Jacinta Eugenia, bruja tenebrosa; Y tú, el peor de todos, tú Joam, que despreciaste mis apetecibles carnes y te ayuntaste con mi madre, tú que apestas lo que tocas.......Todos vosotros arded en este fuego purificador, porque lo que fue no es ni nunca fue” Y cayendo desmayada en brazos de la mujer de negro dejó caer también en medio de la pira la tea, que prendió rápidamente en todo el material inflamable y se levantó en medio de Lorca una columna de fuego como si el Apocalipsis hubiese llegado.

 

Señor, no tengo palabras para escribir el resto. Las escenas que contemplaron mis ojos en aquella noche, son dignas de un cuadro de Jerónimo Bosch. Por eso considero importantísimo que me hagáis llegar como podáis algo de dinero para poder permanecer en esta ciudad donde mi presencia y mi labor evangelizadora son imprescindibles.

 

Besa vuestras manos con devoción

 

ARNALDUS DE GRÀCIA

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