MISIVAS DE LA CORTE (49)

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Al Ilustrísimo Sr. D. Joam de Montecarmelo Duque de Montecarmelo 
De Doña Fulgencia de la Lobera Marquesa del Yermo y la Vega.

Estimado Amigo,
Así me atrevo a llamaros, aunque poco trato de carta hemos tenido, por consideraros ya un buen amigo, sobre todo al saber de vuestros buenos propósitos en cuanto a mi querida amiga y lejana pariente, María Manuela, que lazos de sangre nos unen por su ascendencia de este antiguo reino, y en mas de una ocasión ha querido honrarme con su visita y sus sabios consejos; por lo tanto, en este conocimiento común quiero poneros en antecedentes y noticias de un raro cargamento del cual tengo noticia.

Bien sé que habéis tenido a vuestro servicio a la Charito: mal presagio es ese de desventuras y desgracias, creedme. Mi querida Merceditas (la Michirona por mas nombre), me habló en su día, y no muy bien, de su desventurada hermana, aunque ahora que tiene trastornado el seso, mucho me temo que hayamos de soportar sus vilipendios e insultos por saber de esa mancha que enturbia la ya de por sí deplorable historia de esa familia. Veréis que quiero decir después. 

De hecho, trabajando en ese cometido está mi Ilustre hermano, Obispo de la Diócesis de Cartagena. En breve su labor quedara concluida, por lo menos, en lo que respecta a lo referente a Heliópolis, y muchas aclaraciones tendremos todos de ese supuesto principado (Dios y la Virgen de las Huertas nos ampare), pues muchas historias se han dicho de esa familia. Solo puedo deciros que sus ascendientes rozan clases poco recomendables. Os ofrezco un breve comentario por el que os percatareis del trasunto de esa vieja historia. Veréis: pese a que desde antiguo dicen tener parentesco con los Montespan, y sé que esto asombrará a mi querida Manuela, el tatarabuelo de los Montpensier, del que se dice desciende de los conquistadores de Heliopolis, fue por mas señas, y sí los documentos no engañan, y no lo creo, recoge-detritus de la caballería rusticana, que por aquí anduvo, siendo condecorado con la Cruz de Servicios de Limpiezaurbana de Fray Escoba del Vientre Suelto Equino. Fijaos bien mi estimado don Joam que tanto han tratado de ascender que han querido emparentar incluso con vuestra honorable familia, y como no pudieron, os mandaron la maldición hecha persona en la Charito, que más parece un súcubo invocado por La Saler que una criatura de Dios. En breve recibiréis la tan ansiada compilación con las notas y apuntes necesarios, para que lo agreguéis a vuestra vasta biblioteca. 


A lo que íbamos, que Dios quiere que me ponga a conversar sobre este trabajo y “tempus brevis, tempus fugit”, como diría el poeta. Como le indiqué  a mi querida Yorelia de Winter y sé que os puso en antecedentes de ello, en Urci atracó un barco beréber o moro, como dicen por aquí. Era fácil de adivinar su origen, por estar todos muy morenos y casi negros, y con unos calzones amplios y lustrosos, para tapar tamañas vergüenzas -la Virgen de los Dolores y San Antonio del Calzongordo me amparen por ver semejante espectáculo- que tuve la mala fortuna de observar cuando iba de visita a mis nobles parientes, los Duques de Robles, que son poseedores de la encomienda de la Aduana desde nuestro amado Señor y Rey Don Carlos III, D.G.M.A. A lo que iba...Pues bien, mi querido amigo, hallándome allí desembarcaron un cofre, en el cual pude identificar vuestro escudo de armas, y los asistentes de la Aduana lo requisaron inmediatamente so excusa de que podía tratarse de mercancía robada, que tan dada es ese pueblo al saqueo y a la violación (Ala siempre es siempre alabado y listo para estas cosas). Pues bien, cual fue la sorpresa al abrirlo de encontrar dentro del cofre tres criaturas. Don Joam, no puedo expresaros cual fue la sorpresa: la gente corría aterrorizada dando gritos y santiguándose. Con deciros que a punto estuvieron de sacar a la Virgen del Carmen en procesión para que les salvara de esos seres. Intrigada, mandé uno de mis criados, pues iba en mi palafrén cubierta, como se debe a mi condición, y con temblores y defecado por todos los sitios díjome al regresar el bellaco que se trataba de tres demonios crecidos, de ojos saltones, belfo caído y colipoterras, pues parecían del sexo femenino. Yo, llevada de mi valentía y curiosidad y con tres escapularios, dos reliquias muy potentes, entre ellas el prepucio de Cristo y una redoma de la Leche de la Santísima Virgen, salí de mi carruaje, acercándome con cautela al cofre:  levanté su tapa, y cual fue mi asombro y miedo que me produjo el ver una nota que de la misma colgaba con unos nombres: Fe, Esperanza y Caridad


Tamaña osadía no podía ser posible: estaban las tres llenas de defecaciones y otras cosas blancas que inundaban todo su cuerpo, que ellas lamían con un placer inusitado. Bien que las podían haber llamado Cloto, Láquesis y Átropo, que más en consonancia con ellas estarían que esos nombres de la etiqueta. 


Cerré el cofre de un golpe, y oí como decían los seres aquellos “¡¡¡Saler, Charito y Michirona, somos nosotras, vuestras hijas y descendientes!!!”.  A los cielos me encomendé yo al oír esas voces demoníacas y de inmediato mandé ejecutar un exorcismo urgente, consistente en poner sobre el cofre una estampa de San Dungón Sinvergüenza y Recogefurcias, Santo Protector de súcubos e incubas. Y aquellas niñas, ay, que me duele la memoria al recordarlo, aquellas niñas estaban con sus partes abiertas, y estaban llenas de dientes y babas, y gritaban; “come, come”. Necesité tres botellas de agua del Carmen y dos de anisetes para ponerme otra vez de mi color. 


Fueron llevadas con mucho cuidado a la plaza de la villa, y cuál fue mi sorpresa que irrumpió una carreta toda negra y velada de la que, al pararse, descendió La Saler, conocida vuestra según tengo entendido, que, acercándose al cofre y entre murmullos y gritos de la multitud allí presente, dijo con voz cascada: “Montecarmelo, Montecarmelo: caíste una vez y volverás a caer”. Mucho me temo que algo debe estar tramando contra vos, o eso me pareció. No quedó ahí la cosa: embozado y siniestro vi un hombre dentro de la carreta. Invocando a Nuestro Señor pude reconocer al que dice ser el Príncipe Odysseus, y claramente distinguí como a su lado brillaba un abanico color rojo, junto al cual había una artesa con unos pepinos puntiagudos, y de un color raro. La Saler subió con rapidez al carruaje portando en los brazos a las niñas, o lo que fueran esos súcubos, que había sacado del cofre, y ante mi espanto observé cómo metía en la boca, o en ese informe hueco, no sé,  de las criaturas los pepinos raros. En ese momento, Dios me ampare, me percaté con toda claridad de que el tal Príncipe era ni más ni menos que Merceditas, travestida y sin miriñaque, con una barba postiza que, todo se ha de decir, llevaba  torcida. Don Joam, casi caigo desmayada, pero gracias a Santa Rita y Santa Borde, y a mi marido allí presente que me atendía en todo mi cuerpo y en toda yo evité el vahído; pero era ella, Merceditas, ¡¡Definitivamente era ella!!. Estaba travestida, pero cuando una dama se viste de hombre, se nota y no podía disimular sus rasgos ni su pecho. Es evidente que Merceditas estaba orgullosa de esa parte de su cuerpo y, pese al travestimiento, no había renunciado a la misma, puesto que lucía dos pechos de punta y puntiagudos, vamos, como las tetas de una cabra. 


La impresión sufrida por todo el anterior evento ha motivado el que haya tardado tanto en mandarle esta noticia; creo que las niñas están en Heliopolis, claro que en casa de La Saler, mientras que no las lleve a la mancebía que tiene, suerte será. Pero don Joam, pronto os enviaré mas noticias en cuanto acabe de hacer la revisión e interrogatorio de los moros, y sobre todo termine el trabajo que tan agudamente esta haciendo mi docto hermano. Pero tened cuidado, que la Saler os lanzo una maldición que pude oír a lo lejos que decía “Evertas si avertas”, y creo que es muy potente por ser de antigua doctrina de alquimistas: recomiendo que os encomedeís a San Pollón y Santa Folladarapida, que son muy propicios para neutralizar este tipo de maldiciones.


Espero pronto poder escribir de nuevo con mas noticias. Pero ahora debo seguir con mis tareas. Que la Virgen del Cerro de las Locas y Nuestra Señora del Contrapasmo os ampare, que yo recomendare jaculatorias y oraciones varias por vuestra salud a mi querida Sor Enriqueta Albodigareboza, de las Adoratrices del Divino Paquete y Cristo de la Encañada.


Espero noticias vuestras y cuidaos mucho: vigilad por la noche y no dejéis de dormir acompañado, que eso es mano de santo.


Palacio del Yermo.
San Felipe Neri anno Domini.

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