MISIVAS DE LA CORTE - (53)

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2 ª Al Seigneur de le Mercôuche
de la Reverenda Madre Madretere  

Altísimo Seigneur:

Reanudo mi escribir, después de haber finalizado mis tareas en este convento de las Clarisas de Nimes, que son unas estiradas y se dedican a lucir toca en lugar de aplicarse a la santificación en vida como hacíamos las monjitas de mi extinta orden de San Golafre de Morrofí. No sólo me obligan a tenerles las letrinas como una patena, sino que me han prohibido todo acceso a la despensa conventual y no tengo modo de continuar la expiación de mis pecados con la santa contemplación y mortificación de la carne.

Pero no todo es penalidad: Como la necesidad obliga a aguzar el ingenio, he ideado un adminículo para la limpieza de los mingitorios que evita que me tenga que agachar y meter las manos con el estropajo en ellos pues, amén de ser penoso trabajo, tiene sus riesgos: la pasada semana estando en ese cometido salió una rata enorme de una de aquellos retretes y me mordió en el brazo, diosmeprotejaquesusto; pues el caso es que pensando cómo aliviar estos nada santos pesares se me acudió lo siguiente: até unas fibras de fuerte cáñamo al extremo de un palo de longitud media mediante unas vueltas de alambre y con las mismas, previo sumergirlas en una solución jabonosa con cenizas y cal, froté vigorosamente los interiores de los evacuatorios, con un resultado asombroso. Además aproveché para darle con ella en la cabeza a la rata aquella, que me volvió a atacar. He decidido llamarla “escobilla” por su parecido con su hermana mayor: ¿creéis Vos que esta invención daría utilidad y se sacarían rentas de su venta, para dedicarlas a obras piadosas? En tanto me contestáis vuestro parecer os diré que he confeccionado tantas como retretes hay y en ellos las dispuse, para que las Hermanas las usen directamente tras hacer sus necesidades; me costó hacérselo entender, pero la mayoría me ha hecho caso, con lo cual mi trabajo ha quedado bastante aligerado de volumen. Claro que he tenido que atarlas a la pared para que no se las lleven, pues he sorprendido a mas de una monja quitando el polvo del retablo del altar mayor de la capilla con ellas, y eso no debe ser, porque entonces tendría que construir más y no es labor de religiosas esos quehaceres industriales, sino bordar, hacer pastas y confeccionar mantelerías con vainicas. 

Con tanta digresión me he olvidado de continuar mi relato, lavirgenmeasista, altísimo Señor, por lo que me apresto a ello.

Altas eran las horas de la noche cuando mi pobre persona llegó a las puertas de Nápoles, donde me impidieron la entrada los guardias apostados en la muralla diciendo que de noche las gitanas no eran admitidas en el recinto. No había caído en la cuenta de que continuaba vestida de zíngara, con lo que, tras unos  arbustos cercanos procedí a ponerme mi hábito, que sí convenció a aquellos villanos para que me franqueasen el paso, si bien no sé por qué tuvieron que acompañar su permiso de unos aspavientos consistentes en taparse la nariz y agarrarse sus partes pudendas: debía ser una costumbre local, pues esa extraña ceremonia me la repitieron bastantes veces durante mi estancia en esa ciudad. 


Me extrañó ver en las calles y pese a lo extremo de la hora una nutrida concurrencia de personajes que, en grupos y embozados en largas capas, transitaban las calles acompañados de criados con antorchas; no sé bien por qué, pero entrome miedo de ellos y sigilosamente me refugié en el portal de una iglesia que luego supe que era la del Gesú, en la plaza del mismo nombre; quizá mi miedo viniera por las voces de “carittà, carittà, altissimi signori, non puó pagarli i suoldi, siamo miseri, siamo poveri !!”que daban los habitantes de las casas en las que estos enmascarados entraban, tirando a golpes la puerta, seguidos luego de fuertes gritos y gemidos. Quieta me acurruqué en la sombra acogedora de la iglesia y hasta que no alumbró la del alba no me moví.

Ya de día, comencé vagar por las callejas, estrechas y malolientes, llenas de ropa colgada en los balcones: serán muy limpios con su atuendo, dada la cantidad enorme de ropa tendida que había, pero lo que es la ciudad es sucísima y hacía una peste por todas partes espantosa que sólo conseguía tapar el delicioso aroma que provenía de unas tabernas, que vi en gran número, en las que servían una especie de torta plana horneada cubierta con tomate y queso fundido, aroma que me produjo una sensación de mortificación tremenda y santificación extrema. Con todo, el olor más delicioso que percibí fue al pasar delante de un bello edificio que resultó ser el Convento de Santa Chiara, pues era la hora de la colación matinal y las clarisas no ayunan nunca, al menos no como las otras monjas; el delicioso perfume que emanaba la cocina de aquel lugar me ayudó a tomar la decisión de qué hacer, y me dirigí a la entrada del convento, a cuya puerta llamé. Me abrió una persona bajita, morena, gorda y con bigote que al principio, deslumbrada por la claridad exterior y la penumbra de la antesala confundí con un hombre, pero que resultó ser la hermana portera  a la que expliqué que era una pobre monjita española víctima de los sarracenos. Desapareció la monjuca en el interior del convento, volviendo al cabo del rato acompañada de otra hermana, alta, delgadísima, morena, con bigote también, que se me presentó como la Madre Superiora y me pidió razón de mi presencia allí. Entre sollozos le conté de mis desventuras y algo de su piedad conmoví, pues me indicó que la siguiera al tiempo que me informaba que mi llegada era providencial, pues ese día venía a visitar el convento Su Reverencia el Arzobispo de la ciudad y todo tenía que estar en perfecto estado de revista y limpieza, a lo que yo colaboraría. Ya estaba por agradecerle sus atenciones e indicarle que debía marcharme de inmediato a cumplir una promesa a la Virgen que había de efectuar  necesariamente en la Catedral, cuando la visión santificadora de una bandeja de comida que por mi lado pasó, camino del refectorio, hizo que rectificase mis palabras, preguntándole directamente do estaban las letrinas, los útiles de limpieza y la despensa. 


Eso último no me lo dijo, pero si me indicó que a la Quinta Hora tendría lugar la segunda colación, para lo que faltaban cuatro. Encomendándome al Altísimo me dirigí al sitio indicado, donde procedí, mientras limpiaba, a rezar por tan piadosas y caritativas monjitas para que el Señor las protegiera de que les cayera un rayo en el convento y lo incendiase matándolas a todas. Llegada la Quinta hora, me encaminé al refectorio haciéndome el propósito de santificarme todo lo que me permitiera mi pobre naturaleza y lo que me pusieran al alcance, y así procedí. La comida era rara, pero bien sazonada: nos sirvieron una especie de gusanos blancos empapados en salsa de tomate, que al principio me alarmaron, pues una cosa es santificarse y otra comer bestezuelas inmundas. La monja sentada a mi lado, mientras se tapaba la nariz siguiendo la curiosa costumbre local, me aclaró que no eran tales gusanos sino una preparación de harina y huevo que solía ser el plato diario. Animada por la información me dediqué a dar cuenta de las vermiformes viandas y he de reconocer que es plato sabroso y de éxito. De hecho, al marchar me llevé un paquete de esas cosas para enseñar a la Duquesa, que ella seguro sabrá darle utilidad, aficionada como es a lo exótico en los fogones. 


A media tarde llego Su Reverencia el Arzobispo y su séquito. Mientras merendaban fue informado por la Madre Superiora de mi presencia allí, y mandome comparecer. Me miró de arriba abajo y me preguntó, sorprendido, el porqué no llevaba yo bigote, a lo que le informe que no es costumbre de las religiosas españolas. Asimismo, le expliqué mis desventuras y mi objetivo de regresar a mi país: el santo varón, me indicó que le acompañaría al Palacio Arzobispal y allí se vería de qué modo se me podía retornar a Barcelona. 


Con las mismas, las cinco nos dieron y en el palacio de su reverendísima me hallaba, presta para el chocolate, pues es aquí costumbre también el tomar esa colación, cuando, sentada yo a la mesa plagada de golosinas y bizcochos, observo por el rabillo del ojo que por la puerta de la sala en que me encontraba pasaba un contingente de curas embozados –no, no se tapaban la nariz, curiosamente- con cierta prisa. Líbreme Dios de ser curiosa, pero he de reconocer que llamome  la atención tanto sigilo y tanta capa, y, por mor de prestar mejor  servicio a nuestro Señor, levanteme, dejando de lado mi mortificación, y apresteme a averiguar que se cocía en los pasillos arzobispales. Y digo esto porque me fije que los curas llevaban con ellos un saco grande, que se movía, y claro, pensé para mí: “tate, aquí hay gato encerrado” ...y con el propósito de evitar cuitas al Reverendísimo Arzobispo, que tan bien me estaba tratando, me fui en pos de los curas esos escondiéndome tras las estatuas del pasillo aquel, que por cierto era inmenso, como para que a una le dolieran los pies de tanto recorrerlo. 


Se metieron en una sala y cerraron la puerta; más, he aquí que se me cayó el rosario de la mano: bueno, en la mano  no lo llevaba, pero se me cayó, y al ir a recogerlo produjose el curioso fenómeno de una parálisis que me aqueja en estas ocasiones y que me deja los ojos a nivel de la cerradura de las puertas cerradas. Lavirgensantayquemalandrinessatanasloslleve .... del saco sacaron a un hombre, todo morado de cardenales y golpes, al cual increparon con grandes voces diciendo cosas como “porco, confesate il tuo delitto” y más ,   pero como era en lengua italiana que entiendo con dificultad no soy capaz de reproducirlas en la presente. De todas formas no estaban muy a buenas con aquel señor y por lo visto, el Arzobispo tampoco, que también se hallaba  presente, pues le largó un par de sonoras bofetadas a aquel desgraciado que hizo que se me descompusiera el alma...cuan terrible pecador debía ser el hombre aquel que lo llevaban a confesar en un saco y el confesor le daba de palos sin siquiera haber confesado. 


Confesate, dovè la ricaudazione que ditte que hai perdutto??” Eso decía su Reverendísima con grandes aspavientos, mientras arreaba sopapos al desdichado y se le iba hinchando cada vez más una vena de la frente, al tiempo que mascullaba  nosequé de la vendetta de la Camorra y otras palabras desconocidas para mi. Yo, que no entendía nada, me iba poniendo cada vez más nerviosa, pues no es modo de dar la absolución a un pecador, al menos  no en nuestro país - que lo más te mandan a rezar avemarías para que no molestes - con tan mala fortuna que mi torpeza hizo que la parálisis se me pasase inoportunamente y diera con toda la testa en la puerta de la estancia, que se abrió y caíme de bruces en el umbral. 


Paralizados quedaron todos al verme allí, si bien alguno logró superar la sorpresa y llevarse la mano a la nariz para tapársela, lo que ya comenzaba a darme mala impresión, pues no es de gente religiosa el seguir las costumbres del populacho. Percateme que sus miradas no eran precisamente amistosas, lo que entiendo teniendo en cuenta que había irrumpido en medio de una confesión mancillando el secreto de la misma, pero, jesusmeentiendeyyolealabo, todos éramos religiosos y no era motivo para ponerse como se pusieron. Pues comenzaron a gritar como energúmenos mientras su Reverendísima me señalaba con su mano gordezuela “Prendete la sorella, baffaculi!! ” . Entre los nervios, el malhumor que me estaba  entrando de verlos a todos con la nariz tapada y los cuchillos enormes que sacaron todos de debajo de la sotana sentime apurada y, nerviosa, metí las manos bajo mi hábito donde, por casualidad, encontreme la faca del patriarca gitano que aún portaba  encima. El espíritu de la venganza del Señor me llenó y enarbolando aquella gigantesca navaja obrose en mi el milagro del Espíritu y hablé en extranjera lengua, clamando “Fermate sceleratti: io farò dei vostri coglioni un antipasti de qualitá se qualquno si acosta”. Y no recuerdo mucho mas, Monsieur, pues cargué al desgraciado al que estaban confesando al hombro, mientras todos los presentes retrocedían aterrorizados hacia la pared –debió ser la venganza del Señor que me veían en los ojos- y corrí poseída por el sacro designio, saliendo del palacio. Al cabo de unas calles, con los gritos del desgraciado que portaba volví a mi ser y paré mi huida; el pobrecito tenía lagrimas de emoción en su rostro y le temblaban las piernas. Tras taparse la nariz me hizo entrega de un saquito con unas monedas, que me vinieron muy bien, y me señaló el camino de la puerta norte de la muralla, y allí me encaminé sin pérdida de tiempo, pues sentía voces que me presagiaban una confesión a la napolitana, cosa que humildemente no necesitaba, pues mis pecados no eran merecedores de tantas atenciones. 


Y me disculpareis de nuevo, abusando de vuestra bondad infinita, pero el caso es que me dicen que me reclama en la entrada un buhonero que se ha mostrado interesado en lo de las escobillas y quiere proponerme nosequé. 


Os mando todas mis bendiciones

R.M. Madretere


(CONTINUARÁ)

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