MISIVAS DE LA CORTE (54)

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1ª a S.A.D. María Manuela de Montespan
Del Frayluco Arnaldus de Gràcia 

Excelentísima Señora: 

Me hago cargo de la extrañeza que experimentaréis al recibir esta misiva de un atribulado servidor de Cristo del que nada sabéis , a no ser que os hubiese llegado noticia por parte de vuestra monjita, esa Santa mujer, Madretere, que ha poco iluminaba vuestros salones con sus penitencias.  Para que os hagáis una pequeña idea sobre mi identidad os incluyo con ésta la carta que escribí a su Alteza el duque de Monte Carmelo, en donde hallaréis toda la información pertinente sobre mi persona y sobre los avatares que me han llevado a la extraña situación en que actualmente estoy.

Leed con atención la carta puesto que en ella se incluyen noticias sobre la desaparición de Madretere, cosa que, no dudo, os interesará sobremanera. Por otra parte no es mi objeto el informaros del paradero de la monjita, sino pedir vuestra ayuda para levantar en este Condado de los Vergeles al que mis pecadores pies me han traído, y la providencia divina, una Misión. Sí, alteza, espero captar vuestra voluntad y algunos dineros para llevar a cabo la tarea de redención de infieles en esta tierra de Lorqville, que tan necesitada está de mi sacrificio, como pronto sabréis. 

Por la carta que os incluyo os doy por enterada de cuan trabajosa y dura fue mi entrada en esta ciudad de Lorqville y a continuación paso a informaros de que después del Auto de Fe que en ella se relata fui salvajemente agredido, entre la multitud, por un grupo de esbirros y mamelucos del infierno que sin ninguna ceremonia me arrojaron a las húmedas mazmorras de una nueva prisión que parece ser que recientemente la Condesa de Los Vergeles, Doña Mercedes, había hecho construir. Debo decir que toda su brutalidad se desvaneció como por ensalmo cuando grité que estaba bajo la protección de vuestra alteza (perdonad mi presunción) , y que formaba parte de la casa del Duque de Monte Carmelo (mentirijilla que Dios nuestro Señor y el Duque sabrán perdonarme), ya que, a una indicación de una mujer vestida de negro y de indecible fealdad que a las mazmorras había acudido, me soltaron mientras ella murmuraba algo así como “Vaya, resulta ahora que el viejo degenerado y la bruja enana con su abanico malva protegen a este fraile maricón”. No entendí muy bien el sentido de estas palabras , pero sea como fuere me dejaron tranquilo en mi miseria.

Ay , Señora, ¿ Como explicar la desazón, el miedo, que invadieron mi alma en aquel agujero lleno de ratas? Ni siquiera podía santificarme ni aliviarme con los habituales martirios a los que mi cuerpo ya está acostumbrado, como cuando caí en manos de los piratas. Ni siquiera podía pedir auxilio a la condesa Doña Mercedes, que sin duda me lo hubiese prestado por mor a la vieja amistad que a vos la une, puesto que solo la había visto de lejos y en el estado de paroxismo que ya sabéis. Así pues, contando las horas, dejé vagar mi mente entre ensoñaciones y pesares hasta que oí como la puerta se abría y entraban en mi cubículo dos mujeres , sin duda de alta condición, y reconocí en una de ellas a la vieja vestida de negro que había dirigido la operación de mi captura. La segunda mujer, que no pude identificar, era de fuerte complexión, hombruna, y de hermosas carnes blancas algo flácidas, eso sí, de grandes ojos vacuos como de ternera y positivamente peluda ya que lucía una pequeña barba, no se si postiza, pero a pesar de todo ello emanaba de toda su persona una feminidad incontestable. Vestía unas sayas como de escocesa, a cuadros, quiero decir, que rodeaban su prominente y caída parte posterior, las asentaderas, me refiero, no exentas de una sabrosa belleza propia de las mujeres ya entradas en carnes, si bien aun jóvenes, como esas Venus que pinta con tanto acierto ese tal Rubens. Sin ningún preámbulo y con voz chillona se dirigió hacia mi. “¿Eres un espía, verdad? Confiesa.....”. Yo no sabía qué decir y ella continuó “¿Quién te envía?” “Eres una maldita rata de la maldita Maria Manuela, ¿Verdad?” “¿O quizá te envía tu amo, el detestable Mount Karmel, no?” “Responde Maricóoooooooon  Acabó gritando. Entonces intervino la vieja diciendo “No te exasperes, zascandil mío, recuerda que eres el príncipe de Eden, recuerda que eres justo, letrado, bien hablado, leído y “escribido”, que eres la suma sabiduría de tu principado, y que no son propias de ti esas expresiones. Y recuerda también que no estamos seguras – quiero decir , seguros- de quien es realmente este fraile maricón, y que bien pudiera ser quien dice que es, un protegido de la Casa de Barcelona, y que no puedes exponerte a un enfrentamiento frontal con ellos. Aun son muy poderosos” a lo que contestó la dama barbuda “Nada de eso!!!!! Torturaaaaaaaa!!!! Que le apliquen el Látigo de Adonai, CONFESARÁAAAAAA” Y la vieja respondió sonriendo “Cálmate amorcito mío, cálmate mi príncipe y confía en tu vieja aya. Se me ocurre una idea mucho mejor. Mira... Dado que eres justo, y misericordioso, y todopoderoso, luz de Eden y todas esas cosas que ahora no recuerdo (a pesar de que me las has apuntado en un billetito). Vas a proclamar una Amnistía General, y , seguidamente, lo expulsarás de tus tierras, de esta manera volverá a la ciudad condal cantando tu gloria y tu misericordia, y nosotras nos habremos librado de unos molestos ojos para seguir nuestra labor de “reconversión”. Porque recuerda que: “LO QUE FUE, NO ES, NI NUNCA FUE”, que no se te olvide” Eso dijo la vieja, y yo seguía sin entender absolutamente nada.  Salieron de mi mazmorra, pues, dejándome mas confuso de lo que lo estaba anteriormente. 

Cavilando en estas estaba yo, cuando, de anochecida volviose a abrir la puerta de mi prisión y entró uno de los esbirros que me habían capturado. Y ahora , Señora, debo dejaros pues obligaciones ineludibles, pastorales, me reclaman. Os baste saber que ya no estoy en las mazmorras, que he podido huir, pero que voy a continuar en este Condado y que por eso necesito de vuestro pecuniario socorro. En breve os enviaré noticia de mi estado y relación de todos los eventos que me acaecen en mi cristiana labor. 

Quedad con Dios, Señora, beso vuestras manos humildemente. 


ARNALDUS DE GRÀCIA

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