MISIVAS DE LA CORTE - (63)

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3ª Al Seigneur de le Mercôuche
de la Reverenda Madre Madretere  

Altísimo, Reverenciadísimo y Nobilísimo Señor,

retomo el cálamo con cierto retraso en lo habitual en mi, diosmeperdone, pues a ser cumplidora me obligan mis votos y además soylo de natura propia: lo que digo, lo cumplo. Sin embargo he estado muy ocupada involuntariamente durante estos meses, pues sabed que la Divina Providencia ha tenido a bien interceder por mí en estos pesares que me aquejan de constante.

Recordareis al buhonero que se interesó por mi invención de la “escobilla”  que os mencioné en mi anterior. Mostrose el hombre muy excitado cuando vio el artilugio y su uso, proponiéndome ofrecerme una pieza de cobre por cada una que le fabricara. Claro, pensé yo, una pobre monja no debe dedicarse al comercio, pues no es su cometido enriquecerse y los votos lo prohíben expresamente. Pero en estas caí que lo que no prohíben es la práctica de la caridad con el necesitado, y como que yo conociera, la persona más necesitada era yo y la caridad bien entendida empieza por uno mismo, acepté el trato del mercader, no sin antes subirle el precio de cada escobilla a tres piezas de cobre, arguyendo que el esparto y el brezo que empleo son muy caros en estas tierras galas. El caso es, Reverenciadísimo Señor, que me he pasado estos meses fabricando escobillas a destajo, de lo que he obtenido algunos dineros con los que practicar la caridad, y en ello estoy, a punto de salir por fin de Nimes camino de Barcelona, a reunirme con mi añorada Doña Manuela y seguir con mis contemplaciones despensiles, pues no es ya necesario vuestro concurso para tal fin, lo que no obsta para que os informe por la presente del extraordinario suceso. 

Puesto que los preparativos de mi inminente marcha de este convento de tocas clarisas estiradas, diosmeperdonequeestupidasson, requerirán mi entera atención, abreviaré los avatares de mi camino hasta Roma, que ya serán objeto en mejor ocasión de su oportuno relato. 


Sólo os diré que  casi llegué a ver al Santo Padre, aunque fue demasiado breve mi visión pues se me llevaron a rastras dos guardias que iban vestidos a la antigua, con muchos  colorines, de lo que deduje que los carnavales también se celebran en el Vaticano, lo que me escandalizó, pues no debería tal profana fiesta tener cabida en la Santa Sede. Abonó mi idea el hecho de que había visto antes por todas partes lo que creí eran señoras gordas disfrazadas con larguísimos mantos rojos y, ya que muchas lucían bigote, pensé que igual eran monjas de una rara orden que debían estar dedicadas a tejer, pues a juzgar por los metros de tela que empleaban debía esta salirles barata. Luego me di cuenta que eran los Príncipes de la Iglesia, los Cardenales, que se ve que en Roma visten con otra moda como  más excesiva. 


No comprendo el trato recibido, pues sabido es que el Santo Padre se debe a sus fieles y, con más razón, a sus religiosos, por lo que ha de estar a disposición a cualquier hora del día o de la noche, siendo Santo como es, que ni necesidad ha de dormir, y efectivamente despierto estaba, pues errando por esos pasillos larguísimos di con una cámara en la que el Prelado tenía su alcoba, donde estaba atendiendo a un zagal que con el estaba, y que debía estar dándole las aguas, pues no llevaba el zagal prenda alguna sobre su torso, dándole la espalda a Su Santidad, cuyo hábito me tapaba el resto de la escena. Pareciome adecuado que yo, una monja como tiene que ser, tuviera preferencia sobre un gentil no bautizado y, con las mismas, me acerqué rápidamente al Santo Padre, que estaba de espaldas a la puerta y no me advirtió, e hincándome de hinojos le agarré la mano para besarle el anillo y suplicarle amparo. Algo debí errar en el protocolo, pues Su Santidad o quien creí tal, dando un alarido espantoso y llevándose la mano al pecho, comenzó a llamar a la guardia a voces, que acudieron disfrazados como os he dicho, sin respeto alguno a la presencia del representante de Dios en la tierra. También debía haber algo erróneo, no en el protocolo, sino en lo que estaba haciendo con el zagal, pues una vez llegué a la altura del Papa comprobé que no era uno, sino dos zagales en cueros vivos los dos, estando tumbado el uno de boca y el otro sobre el, como si estuvieran jugando al churro media manga mangotero, que me acuerdo yo que de pequeña lo jugaba en Tarazona. No vi más pues para entonces me llevaban arrastrando a lo que resultó ser una mazmorra profunda y fría a cuyo interior  me tiraron sin contemplación alguna. Largas horas transcurrieron durante las cuales me dio por discurrir sobre lo acaecido, y dado lo prodigioso del parecido que guardaba lo que hacían los zagales con el martirio que al pobre fraile Fray Arnaldus le daban los piratas, cuando estuve prisionera en el barco de infieles, llegué a la conclusión que ese que vi no era el Santo Padre, sino el Gran Inquisidor, que estaba  sometiendo a martirio a algún hereje y presenciando personalmente el tormento; estoy segura que solo podía ser el Gran Inquisidor porque tal horroroso martirio debe aplicarse a los Grandes Pecadores, a juzgar por los alaridos que Fray Arnaldus daba en el barco cuando le torturaban con el, y sólo un Gran Inquisidor puede ordenar aplicar eso a un Gran Pecador, vamos, eso creo yo. Aunque yo creía que el hábito del Gran Inquisidor era negro y ese llevaba alba blanca. 


No pude pensar más sobre ello, pues abriose súbitamente  la puerta y entro lo que creí era un cardenal y resultó ser una mujer con ropajes antiguos, como del siglo antepasado, seguida de dos esbirros armados. Acercándose a mi, comenzó a interrogarme en italiano, a lo que le contesté en mi idioma que no conocía su lengua. Quedose sorprendida y me volvió a preguntar, pero esta vez en castellano con acento valenciano, que quién era yo y cuales mis propósitos. Cuando le dije quien era y que mi propósito era únicamente que el Santo Padre se apiadase de mi y me diera los medios para regresar a Barcelona junto a mi añorada Duquesa Doña María Manuela de Montespán, por cuya alma rogaba  todos los días, los ojos de aquella mujer espantosa brillaron con una luz demoníaca y arrojó un aullido ensordecedor mientras levantaba los puños al cielo: “Ah, Montespán, Montespán, linaje de zorras” y comenzó  a reírse a carcajadas que me dieron miedo, pues creía que era el mismísimo Lucifer, Diosloconfunda, quien reía por ella. Inquirile si conocía o tenía noticia de mi Duquesa, a lo que con siniestra sonrisa me aseveró que si, que conocía muy bien a Doña María Manuela y a toda la extinta Casa de Barcelona. “La Fortuna te ha puesto en mis manos, monjita ...gracias a ti conseguiré realizar mis planes” , y cuando iba a preguntarle quién era ella exclamó “Maria Manuela, estás perdida : mi Señora, digo, mi Señor tendrá tu cabeza clavada en una pica expuesta en las Murallas de Ithaca” . Yo, aydiosmiodemialma, al oír estas palabras y colegir que Doña Manuela estaba en peligro de muerte viniente de esa horrible mujer, me sentí de nuevo imbuida del Espíritu de la Venganza del Señor, que solo en Su mano está la Justicia,  e incorporándome súbitamente arremetí contra aquel ser con la fuerza que me invadía milagrosamente, derribándola en el suelo y pasando por encima, pateando su vientre y pisándole la cara, al tiempo que con mi rosario de ébano dejaba sin sentido a uno de los esbirros, mientras el otro retrocedía aterrorizado hacia el fondo de la mazmorra; salí de la celda y cerré la puerta, tirando la llave  a un pozo con rejas que allí al lado había. Las Alas del Espíritu me transportaron por todos esos pasadizos y escaleras hasta unas estancias en las que irrumpí en una estancia grande e iluminada, sin reparar en lo que hacía. Me encontré en ella lo que en medio de mi éxtasis vindicativo me pareció que era una sesión de tormento colectivo, pues había cosa de dos docenas de hombres desnudos, Grandes Pecadores todos, que se martirizaban unos a otros rodeados de unas ropas que reconocí como los colorines de los guardias que me aprehendieron. Los súbitos alaridos con que interrumpieron su labor mientras avanzaban hacia mi me hicieron salir de mi trance y pude darme cuenta por su mirada que igual podía terminar martirizada si me quedaba, con lo que di media vuelta presta y comencé a correr como si me persiguiese el Maligno en persona. Al doblar un recodo de aquellos pasillos inacabables, me aposté en la sombra de un rincón , tras de una estatua de una mujer, que debió ser muy pobre y santa pues hasta sin ropas iba, y dejé que el tropel de energúmenos que me perseguía pasase delante, lo que hicieron, todos desnudos y el que más con los calzones a medio poner, enarbolando unos hachones como los que se ven en los cuadros del tiempo de Carlos I, dando voces espantosas. Qedeme acurrucada allí pensando en lo que podía hacer para salir con  bien de esta cuando vi a través de las piernas de la estatua que se acercaba una monja ursulina, de esas de tocas como alas, que eran las encargadas del servicio doméstico de la corte vaticana: llevaba  en las manos  un cubo y un mocho y vendría de hacer algún cometido de limpieza. Al pasar frente a mi la agarré por el cuello y la atraje hacia diciéndole que por ser hermana en Cristo me debía dar auxilio. No sé si por la impresión o por el hecho de que la estaba  apretando fuertemente  por el cuello, el caso es que la mujer perdió el sentido, momento que aproveché yo para despojarle del hábito y la toca, ponérmelo, coger su cubo y el mocho y salir por el pasillo con la cabeza gacha, con humilde actitud. Pasó junto a mi tres veces la turba de perseguidores sin descubrirme, pues en cuanto los sentía me ponía a fregar el pavimento fingiendo plena calma. De baldosa en baldosa, de pasillo en pasillo, de escalinata en escalinata, llegué a las puertas exteriores del recinto Vaticano, donde en latín me dirigí a los guardias que custodiaban la puerta diciendo que tenía que ir a casa de un cardenal que vivía extra mura a fregarle las letrinas; no me entendieron, pero como  hablaba  en latín no les extrañó, por mi condición de religiosa: farfullando en su lengua me hicieron ademán de que saliera. 


El relato de cómo llegué a Nimes, Reverenciadísimo Señor, deberá quedar para mi llegada a Barcelona. Espero ofrecérosla personalmente si tenéis a bien recibirme y mostrarme  vuestra despensa para bendecirla, pues inicio sin demora los preparativos de mi marcha. 


Vaya con estas mis bendiciones, Monsigneur

R.M. Madretere

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