MISIVAS DE LA CORTE - (66)

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3 ª A  la Ilma. Baronesa de Ibiza,
de De la Reverenda Madre Madretere  

Ilustrísima Baronesa,

Me hallo de vuelta en Barcelona, la ciudad de mi corazón, donde me encuentro en estado de desasosiego y desconcierto.

Regresé ha unos días, desde Nimes, ciudad última de mi doloroso periplo, donde, por circunstancias que ya os comentaré en otro momento, pues la premura me obliga a abreviar esta misiva, conseguí unos ciertos fondos que me han posibilitado el llegar a la Ciudad Condal para reintegrarme al servicio de mi estimada Doña Manuela.

Y cual fue mi sorpresa, diosmeampare, cuando al solicitar audiencia a la misma se me informa por el Secretario Victor1 que la Duquesa ha partido camino de una tal Ithaca, que yo no conozco, pero que por lo que me estaba  contando el menescal de las cocinas mientras estaba contemplando extasiadamente la provista despensa, con pensamientos de entrar en meditación tan pronto me fuera posible, cabe decir que cae en el reino de Murcia, cerca de Lorca o en la misma  Lorca no sé, pues de Ithaca solo conozco que hubo una Penélope hilandera famosa por sus tapices y eso fue en tiempo de los moros  o antes, y la Ithaca esa no estaba  aquí sino en griegas tierras, por lo que me sorprendió lo cerca que caía ese pueblo. 

Victor1 me comentó, con el mal talante que le caracteriza, elSeñorleperdoneyleevitequesepartaunapierna, que la Duquesa había marchado en misión diplomática de alto secreto, pues los tiempos  andaban revueltos y la Casa de Barcelona no podía permanecer impasible ante todo lo que se podía avecinar. Lavirgenmeproteja, yo no comprendí nada, pues sabéis que mi entendimiento es pobre y que las siervas de Dios no sabemos del mundo, pero un negro presentimiento me invadió y tomé la determinación de, previa reflexión despensil y sacrificio, seguir los pasos de Doña Manuela, pues algo me decía, Santa Brígida y Santa Eulalia sin duda me inspiraban, que ese viaje no había de tener buen fin. Y dadas las penalidades que he sufrido para conseguir una despensa adecuada para mi diaria mortificación, y sabiendo que como la de Doña Manuela ninguna, he determinado ir en pos suya para ofrecerle mi apoyo, mis oraciones y lo que haga falta, pues como me falle Doña Manuela mi labor de santificación se verá dificultada, y eso, diosmeperdoneepormisoberbia, no debo consentirlo, que el Maligno está a la vuelta de la esquina  acechando.

Por otra parte, ayudó a tomar esa determinación la lectura de una carta que, sin querer, paró ante mis ojos  en el bodoir de la Duquesa, remitida por el de Montecarmelo, en la que le dice unas cosas y otras, pero que también se marcha de viaje a la Ithaca  dichosa  esa. Fui al pabellón de caza, residencia de Dom Joam, para ver si el Duquesito me podía aclarar algo de tan misteriosos motivos de la Duquesa para emprender ese viaje, vista la cerrazón del abominable Victor1, y allí me atendió un mozo con aspecto de bereber  como los que me raptaron en las Indias Orientales, lo que me hacía desconfiar de él. Que susto me dio cuando se me echó a los brazos sollozando: “Madretere, Madretere, ¿no me reconocéis? Soy Ganímedes, que estuve al servicio de la Duquesa hará un año y ella me encomendó el cuidado del Duquesito en su enfermedad. Reconocí dificultosamente, pues la capa de afeites, ungüentos, sedas vaporosas y campanillas y cascabeles con que se adornaba  el gañán no lo dejaban ver claramente, que se trataba, en efecto, de uno de los gemelos marroquíes que la Duquesa tomó a su servicio algún tiempo ha. Me explicó Ganímedes que andaba  desconsolado porque el Duquesito había partido dejándole al cuidado de su hacienda y su palacio. Debía el mozo estar efectivamente, elSeñorconfortesualma, muy desconsolado, pues por la puerta entreabierta del gabinete del que salió a recibirme pude percibir que había en él como unos cinco zagales poco cubiertos de ropa, por el calor reinante sin duda, que seguramente  estarían con el para hacerle compañía en momentos tan amargos como los que estaba  pasando con la partida de su señor.  Tampoco supo Ganímedes explicarme de las razones misteriosas que habían motivado la partida de nuestros señores, por lo que, teniendo en cuenta el presentimiento que me embargó, me puse muy nerviosa, porque  con la santificación de una  no se juega.

Así que, Ilustrísima Baronesa, me dispongo a marchar a ese sitio, para ofrecer mi humilde ayuda a Doña Manuela. No obstante, parto antes de lo previsto, pues el insidioso Secretario me ha prohibido el acceso a mi lugar de mortificación y ha mandado apostar dos guardias con cara de brutos en la puerta de la despensa que no me dejan llevar a cabo mis actos de santificación.

El Señor os ampare y os proteja de todo mal Doña Antonia, quedad con el.

R.M. Madretere

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