MISIVAS DE LA CORTE - (72)

Al menú de la Corte

4ª Al Seigneur de le Mercôuche
de la Reverenda Madre Madretere

.

No se, Señor Reverendísimo,

si estaréis en vuestro palacio, pues  en mi breve  paso por Barcelona fui sabedora de una enfermedad mental que os aquejaba, por lo cual no quise molestaros, diosmelibre, pero sabed que contáis con mis bendiciones y mis preces  para vuestro pronto restablecimiento.

Me hallo en Lorca, que aquí llaman Ithaca, y no se por qué, puesto que este paraje fue, desde tiempo inmemorial conocido por tal nombre, y  a mi no se me ocurre por que lo habían de cambiar, con lo bonico que era…

Resulta que Doña Manuela no ha llegado a recabar aquí, o mucho está tardando, pues llevo en esta villa dos semanas y no hay señales de la misma. No entiendo que pasa, pues todo aquí es locura y movienda, me explico.

Y no conocía esta villa, pero para mi que algo raro pasa, pues no es normal que en medio de la misma  se demuelan once manzanas, contando con que la ciudad tiene  catorce, por lo que una, en su santa ignorancia, que del mundo nada  sabe,  ha de callar, pero no ha por menos ver como raro que se erija una cúpula enorme, que supera la de la Gloria de la  Cristiandad allí en Roma, que  yo la vi, como  os dije en una de mis anteriores. La verdad es que miedo da de verla, pues supera todas las dimensiones de lo que el hombre capaz es de fabricar, y respeto da de verla, y sobre todo, miedo, pues tiene pinta de caerse en cualquier momento.

Pero me estoy distrayendo del motivo de  esta misiva, y lo principal es darle noticia a Doña Manuela que me hallo en el país y con deseo de reunirme  con ella, para darle el auxilio espiritual del que, sin duda ha carecido en  mi ausencia. 

El caso es que recién llegada a estos parajes se declarase una alerta respecto de la peste, que aquí llaman salmonela, que curioso nombre, queelseñornosprotejaatodos, y que no me  dejaron salir, por lo que os escribo desde la misión de Fray Arnaldus, que el destino quiso que nos volviera a reunir. Vos no  lo conocéis, pues no hubo ocasión de terminar de contaros mis andaduras  por esos mundos, pero sabed que es un franciscano un tanto hereje y sobre todo dado al martirio para santificarse en vida: no os digo  más sobre él pues espero veros de un modo u otro. 

El caso está que, además de estas obras de construcción fuera del siglo, la villa anda revuelta, pues me he enterado que hay una conspiración contra la gobernante, que antes era la Condesa de Vergeles, siempre bien recibida en casa de mi Señora Duquesa, y que ahora reina un tal Odysseus I que dice ser hijo de la anterior, de la que ni sabía que se había muerto, pero que mucho me extraña que hijo suyo sea, tanto en cuanto hasta yo sabía que era estéril. No se que pensar, altísimo Señor, pero la cosa es que hay aquí un ambiente que me aconseja tomar  las  de Villadiego, pues nada sano se respira aquí. 

Y lo que no entiendo, reverendísimo, son esas ceremonias que se dan a diario en la plaza del Ayuntamiento en que se lee a diario unos versos de caire demoníaco, sin duda escritos por la mismísima  mano del maligno, para azote de la población: ¿tanto pecaron en esta villa como para merecer tal castigo?  La verdad es que el primer  día puse atención en lo que se decía, pero entrome  tal dolor  de cabeza y tanto temor  de mi alma, que opté por subir a la Colegiata de la Ciudad, allá a lo alto, que por cierto ahora está pintada  en mil colores semejando un arco iris, o de Sant Martí, que se dice en Barcelona, buscando aire fresco y, sobre todo, sosiego. 

El caso está que Lorca, o Ithaca  o Heliopolis, lo que Vuesa Merced quiera entender, no es la mejor de las ciudades en que residir: hay hambre en la calle y la gente se pelea por un pedazo de pan rancio y duro. Yo tuve a precaución de llevarme un hatillo con víveres que me estoy racionando, pues ya quedé escarmentada en Sicilia, por no decir de antes. Ya os lo contaré: tantas  cosas habremos  de contarnos un día de estos. Por cierto, altísimo Señor, nunca  os he preguntado por la calidad de vuestra despensa:  ¿creéis que podría mortificarme  en ella? 

Termino aquí mi Señor…la tierra  tiembla en Lorca, o Ithaca o como se llame; y, para que negarlo, estoy asustada, sin consuelo o despensa que me consuele. 

Quedad con Dios y que el os ampare.

R.M. Madretere 

Dejo aquí mi misiva, pues resulta que están habiendo temblores de tierra y los desgraciados de esta ciudad imprecan y maldicen, y seguro que en tanto les doy auxilio espiritual, con las mismas hallo una despensa accesible para santificarme, que mucho lo echo de menos

.

arriba        Al menú de Las Cortes

 
Alojamiento Web