MISIVAS DE LA CORTE (74)

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A su Ilustrísima el Obispo de MULA
Del Frayluco Arnaldus de Gràcia
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Reverendo Padre: 

El que subscribe Fra Arnaldus de Gràcia, menor de la orden de San Francisco y al servicio temporal de la casa de S.A.D Doña María Manuela, Duquesa de Montespan, se dirige a vuestra ilustrísima, con el ruego de que con la cristiana caridad que os caracteriza, tengáis a bien el leer estas líneas que contienen información de vuestro interés y que afectan a vuestra diócesis.

Como ya debéis saber por las noticias que habrán llegado a vuestros oídos por medio de vuestra hermana la Señora del Yermo y de La Lobera, tiempo ha que me hallo en estas tierras de Murcia dedicado a la difícil labor de evangelizar el condado de Los Vergeles que últimamente había sido presa de una demoníaca locura y estaba en manos del Maligno a juzgar por los hechos que han acaecido y de los que sin más tardar os daré precisa cuenta. Vaya por delante que no culpo de ello, ni mucho menos, a la excelente Señora de Los Vergeles, Doña María de las Mercedes, cuya terrible enfermedad del espíritu ha hecho que Ella , ya no sea Ella, y le haya impedido desarrollar sus labores de dirigente de la república como el cristiano buen entender dicta. Que dicha Señora, con su mente nublada por los delirios que el Oscuro suscita en su débil sentido, no puede ni debe ser responsabilizada de nada absolutamente. 

Reverendo Padre, mi mano no puede sostener el cálamo de los escalofríos que aun siento al recordar todo lo que mis ojos han visto en estas tierras, que ni lágrimas me quedan para poder llorar la suerte que ha corrido el otrora riente condado de Los Vergeles, nueva Sodoma, castigo divino sin ningún género de dudas, infligido por la mano de Nuestro Señor, que en su eterna sabiduría ha encontrado el camino adecuado para limpiar de la faz de la tierra ese infame Gehena de pecado, soberbia, vesania, en que se había convertido. 

Paso pues, a relataros lo sucedido en estas últimas semanas en las que me he visto obligado a esconderme como prosélito en catacumba, para huir de la justicia de la Señora de Los Vergeles, que, en su locura me había sometido a una persecución sin límites, digna de la que sufrió nuestro Salvador, al ver que el éxito de mi Misión ponía en peligro los designios que ella misma había previsto en su demoníaco gobierno. Doña Maria de las Mercedes, ensoberbecida por su rotunda belleza sin mácula, que la hacia semejante a una diosa de Rubens, con sus blancas y hermosas carnes temblando ante la brisa del céfiro, y a penas aprisionadas por extraños y provocativos atuendos de corte pagano, ha querido ir mas allá de lo que la cristiana humildad permite, se ha sometido al escalpelo del físico, y ha modificado su ya legendaria hermosura, variando la factura de su divino cuerpo e incluso, según veréis de su alma. Sí, ilustrísima, a pesar de lo que os dije antes, debo reconocer  que la punición que se ha abatido sobre la ciudad de Lorca, tiene su origen en la demencia de Doña Maria de las Mercedes. Pero me dejo de circunloquios y procedo prestamente al relato más terrible que nunca han leído vuestros ojos, más incluso que las visiones del Santo de Patmos. 

Sucedió que el Ángel del Señor desenvainó su espada y como primer aviso envió al primer jinete. Portador de la flatulencia del infierno, de las fiebres, del morbo sin fin, el jinete cuyo nombre es La Peste. Y abatió su espada sobre la población, y murieron a millares llenos de pústulas y con el cuerpo consumido cual si de momias se tratase. Pero la Cruel Faraona, Doña María de las Mercedes, no hizo caso y volviendo la mirada hacia el Alcázar que estaba edificando con la sangre de sus súbditos se dijo: “Estoy Satisfecha, mi gloria será por todos recordada, desde este Palacio que desafía a los Cielos, me veré a salvo de toda contingencia, y la posteridad cantará mi belleza, mi inteligencia y mi virtud” Y cayó en el más negro orgullo, y no hizo ningún caso de esta señal. Ocupada como estaba en la construcción de un ingente edificio, hizo oídos sordos a todo lo que no fuese su satisfacción personal. No recordó el destino de aquella torre de Babilonia que hundió en la miseria a sus altivos constructores. Y el Señor, airado, pero paciente envió a su segundo Ángel. Era este un jinete mas espantoso que el anterior, pues su cara mostraba los huesos a penas cubiertos por una renegrida piel y sus colmillos saliendo de entre descarnadas encías, y su nombre de abominación era El Hambre. La población, exhausta por la enfermedad ya no cultivaba ni cosechaba, ya no trabajaba, solo en las obras infernales de la Condesa, y sufrían por el Hambre. Y se dieron casos de canibalismo. Y las madres devoraban a sus hijos, y el hermano a la hermana. Y por todas partes no había más que dolor. Pero la Condesa endureció su corazón y dijo: “Confortadme con manzanas, traedme vino que alegra el alma, porque no es conveniente que mi belleza pierda un ápice de su lozanía por las preocupaciones de cuatro haraganes que no quieren trabajar” Y el  Señor, en su misericordia, aun le envió otro aviso. El Tercer Ángel, el Ángel de la Guerra hizo su aparición. Su espada se tiñó con la sangre de los que aún quedaban, que no eran muchos. Y en las calles estallaron los disturbios, y se asesinaba al transeúnte por un enmohecido mendrugo de pan, y se saqueaban las casas en busca de cualquier cosa que comer. Y la Condesa, viendo todo esto, dijo: “Dejemosles que se diviertan, porque mi honra y mi honor están en mi belleza, y en mi arte, en mi inteligencia, en mi valor y en mi Alcurnia. Y soy Odysseus, prícipe de Eden, de luenga prosapia, y nada ni nadie me derribará, porque la profecía lo dice y mi ley lo ratifica, porque Lo Que Fue No Es Ni Nunca Será.” 

Como veis, ilustrísima, muchos fueron los avisos. Por mi parte había habilitado mi Misión para ayudar a la población desvalida, especialmente a los garridos mozos de esta ciudad, a los zagalejos que aun respiraban, porque los ancianos ya no tenían remedio. Ayudábame en esta cristiana labor una antigua amiga, Madretere, una santa monjita que en otros tiempos conocí y que milagrosamente había arribado a estas tierras siguiendo los pasos de su señora Doña Maria Manuela de Montespan, que, por cierto nunca llegó a poner los pies en Lorca, asustada por la epidemia. Viendo pues, que ya poco podíamos hacer por aquellos desgraciados, nos procuramos dos carretas, una para llevar a los enfermos que pudimos salvar, todos hombres, pues parece ser que el morbo se cebaba mas con las mujeres, y otra de despensa, a cargo de Madretere. Que no se sabe cómo había podido conseguir alimentos como para sobrevivir a un asedio. 

En el ínterin la Condesa había acabado con sus construcciones y parecía estar esperando la llegada de alguien pues se la veía nerviosa y paseando por las terrazas de su palacio, y mirando al cielo, como si esperase alguna señal. Se había puesto unos nuevos atuendos de seda con alamares de estilo taurino y cantaba unas horribles melodías, inspiradas por Satán, a juzgar por la indescriptible cacofonía de sus sonidos. El régimen de aislamiento al que se había sometido había realzado su belleza. Sus carnes abundantes y alabastrinas se cimbreaban a cada movimiento de sus mantecosas caderas, sus grandes y húmedos ojos de ternera brillaban lánguidos en su faz , que una extravagante barba postiza alrededor de su poderosa mandíbula, no conseguía afear.  

Preparados que teníamos ya los carruajes, me dirigí hacia el palacio caminando entre los cadáveres de la ciudad asolada, por ver si podía rescatar a algunos guardias, mancebos sin tacha, que antes habían estado en mi Misión. Y, ese fue el momento elegido por Dios Nuestro Señor, para enviar a su cuarto Ángel. El jinete de la guadaña. La Muerte. 

Ilustrísima, estaba Doña Mercedes en uno de los ventanales de su magnífico palacio, cual nueva Jezabel, cantando sus endechas de martirio, el famoso Látigo de Adonai. Y, conmovido por su soledad me atreví a gritarle desde el patio: “Señora, no queda nadie en vuestra ciudad, vuestra ciudad es un gigantesco cementerio. Señora, salid, venid con un siervo de Cristo, que aun tenéis tiempo” y ella, tentada por el Maligno, huyó hacia dentro, en el gran palacio, sin hacerme ningún caso,  y dirigiéndose a la gran sala debajo de la enorme cúpula empezó a gritar: “ Nooooooo, No es posibleeeeeeeeeee. ¿Aya…mi aya…donde estás? ¿Todos me han abandonado? Desagradecidossssssssss, malditos seáis!!! ¿Maria Manuela, donde estas? Ibas a venir Maria Manuela, tenía a mis guardias esperando para interrogarte. Maria Manuela, tienes que venir!!!! Sin ti no existo Maria Manuela!!! Sin ti no soy nada!! Joam, execrable Montecarmelo, también tu me has fallado. ¿Dónde estas Joam? Todo lo he hecho por vosotros, ¿Qué no lo entendéis? Sois vosotros los culpables!!! Maria Manuela, estirpe de víboras, Montecarmelo basura de la ciudad condal!!!No supisteis valorarme!!!” 

A medida que subía el tono de sus berridos, las vibraciones del sonido empezaron a cuartear las poderosas paredes de la sala, que al ser de factura nueva y hechas con bajo presupuesto al haber puesto, parece ser, demasiada arena,  no eran lo suficientemente resistentes. Y el Ángel del Señor descargó su guadaña. Y los muros se derrumbaron encima del hermoso cuerpo de Doña Maria de las Mercedes que aun tuvo tiempo de gritar: “¡Abominación….sean todos Malditos, porque LO QUE FUE NO ES NI NUNCA SERÁ”.  Y mientras la cúpula se derrumbaba como herida por el rayo se abrieron los cielos, y ¡OH  prodigio! Apareció un carro de fuego tirado por cuatro dragones infernales. En el carro iba montada la vieja aya, la mujer de negros velos, consejera de la Condesa que exclamaba a grandes voces: “Mercedes, insulsa orate, aquí se acaba tu tragedia, porque nada ni nadie puede cambiar lo que FUE, y tu has querido hacerlo, y lo que FUE , sí que ES…y ese ha sido tu castigo, y solamente se puede SER , si se asume lo que se ES, que lo demás son vanas ilusiones y espejismos del destino” Dijo así la vieja…y desapareció entre inmensas llamaradas.   

Ilustrísima, no puedo ya continuar más en este Apocalipsis. Según he sabido posteriormente de lo que fue otrora el maravilloso cuerpo de la Condesa, solo se hallaron las mantecas de sus caderas y un inexplicable trozo de embutido, a modo de enorme molcon, con hilos de sutura que la desdichada tenia al parecer entre las piernas, no se sabe con que objeto. 

Yo, por mi parte, corriendo como un desesperado monté en mi carreta con los zagales y seguido de la monjita, de Madretere salimos de aquella ciudad destruida, y nos hallamos ahora mismo camino de Barcelona. Y , ilustrísima, queda lo mas luctuoso, queda lo peor por explicar. .El castigo del Señor  también ha alcanzado a la Corte toda. El morbo, la peste de Lorca ha sido mortal. Los nobles están pereciendo todos atacados por la enfermedad. Excuso explicaros el estado de la sin par Maria Manuela de Montespan, mi Señora, que en su último hálito sigue blandiendo su abanico malva y riñendo a la deliciosa Señora de Mandergay. También la baronesa de Ibiza agoniza, rodeada de flores y de rarezas botánicas, por supuesto. El marques de VistaBuona nos ha acogido a todos en sus posesiones y ha habilitado un hospital de campaña, pero sus esfuerzo han sido vanos… y el mismo ha sido contagiado. Por si fuera poco yo me he visto obligado a echar del hospital a un fraile oportunista, un tal fra Ikerus, que alguien había enviado , supongo que para molestar. Parece ser que la Archiduquesa regente salió corriendo de las proximidades de Lorca y no ha parado hasta llegar a unos predios de su propiedad, en Soria, donde se pasa el día, dicen, defecando en un orinal de oro y brillantes y con el rostro oculto por unos velos debido a unas pústulas que le han aparecido. Será la única que se salve, pero le ha contagiado el mal a la reina Querellia I, que parece que no tendrá tanta suerte. La marquesa de Put i Ferí, doña Trullina, se encuentra la mar de feliz entre los excrementos, ¡Que señora tan rara! Y el Señor de Mercoûche no ha sido localizado, ojalá Dios lo haya preservado. Y os comunico, para vuestro dolor que la cristiana dama que fue vuestra hermana, doña Fulgencia, ya no está entre los vivos, como tampoco sobreviven ninguno de los nobles de la corte murciana. El duque de MonteCarmelo, Don Joam, en fin, delira en sus postreros momentos, apretando contra su pecho el retrato que muestra la imagen de un mancebo de extraordinaria belleza, mientras que con la otra mano intenta pellizcar las nalgas de Doña Maria Manuela.  

Reverendo Padre, doy por terminada esta carta. Espero que Dios, que ha preservado la vida de la santa monjita y la mía, os guíe en vuestra pastoral labor. 


Beso vuestro anillo con reverencia.

FRA ARNALDUS DE GRÀCIA

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