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Las amargas lágrimas de Karl Mann

Por: Odysseus

Quizá el lamento de Karl Mann, que Lothar Machtan transcribe en su libro El secreto de Hitler. La doble vida del dictador sea el que primero nos ha venido a la cabeza a todos los homosexuales: “cómo es posible que él sea uno de nosotros”. Porque ya era lo que nos faltaba. O quizá, como todo, sea según el cristal con que se mira.

Karl Mann, hijo de Thomas Mann y homosexual, era, en el momento de la redacción de ese lamento, deudor de una concepción de la homosexualidad que ya está empezando a ser caduca. Una concepción deudora de los referentes positivos que en el momento de autoafirmación eran necesarios, y lo siguen siendo, pero que a veces nos llevan a un pequeño engaño, y este es el creer que los homosexuales somos algo así como unos seres de luz diáfanos, etéreos, atormentados, un poco malos, quizá, pero en la última línea de su biografía redimidos por una lucha de autosuperación o por los logros científicos o artísticos que hayan conseguido. Esa es la respuesta evidente a los referentes negativos, que los hay, que los sigue habiendo y que nos lanzan a la cara, de manera grosera antes y ahora de manera sutil. La manera grosera de antes era, por ejemplo, una de las que se señala en el libro, el affaire Eunleben, un príncipe del gobierno del Kaiser que fue, literalmente, empujado del armario y sacada a la luz pública su homosexualidad. Así como dicho caso supuso una inspiración para Proust también, en cierta manera, supuso para el propio Hitler, estudiante por aquel entonces en Viena, una cierta humillación de su pangermanismo y según Matchan un ataque a su propio secreto. La manera sutil de lanzarnos a la cara esos referentes negativos es, por ejemplo, informando profusamente sobre redes y casos de pornografía infantil homosexual, cuando semejantes casos pero en su vertiente heterosexual no reciben tal cobertura. Y, poniéndonos brutos, es precisamente un heterosexual una de las personas mas buscadas por el FBI en este tema, pero eso, ¿ves tu?, no lo dicen.

Vamos, entonces, a poner las cosas en su sitio. Así adelantamos argumentario y nos vamos poniendo al día nosotros mismos, de paso. Si Hitler, como parece ser, era homosexual no es a causa de la homosexualidad por lo que se convierte en lo que es. O no sólo a causa de esta. La terrible, en este caso, interacción entre su personalidad, tenaz, voluntariosa, si, pero también insegura deseoso de alcanzar un estatus burgués y de respetabilidad de entonces, junto con el rechazo de la sociedad de algo que él era y que no quería que se supiese que era. Si eso lo mezclamos con una capacidad histriónica, según sus contemporáneos, cautivadora, un verbo vibrante y una de falta de escrúpulos, junto con una sociedad en plena convulsión Hitler se convierte en lo que conocemos que es: un resultado de su tiempo. No conviene descuidar la lección de la Historia, sin embargo. En parte el ascenso de Hitler se debe a que encuentra en su camino homosexuales, que algunos llamarán mafia rosa, y no se puede ese ascenso comprender enteramente sin eso. Hemos de comprender también, que en una sociedad democrática, con sus debilidades, muchas, como la de la Alemania de la República del Weimar, era mayor delito determinadas prácticas homosexuales que fomentar el antisemitismo, y constituía un extrañamiento social y una inserción en el ghetto, floreciente pero vulnerable, el declararse homosexual. Es evidente también que para hacerlo se necesitaban bastantes dosis de valentía, no en vano es durante el primer tercio de siglo cuando también surgen en ese país los primeros intentos de explicar la homosexualidad no como una patología sino como una actitud aceptada ante la vida. Y fue Magnus Hirschfeld quien lo hizo. 

También dentro del propio movimiento nacional-socialista hubo quien llevaba su homosexualidad bastante bien; pero, claro, para eso tenía que estar desconectado con la moral burguesa, cosa que no era el caso de Adolf Hitler, aunque él lo pregonara así. Eric Röhm era paradigmático en este sentido. Y coincidente con algunas de las posiciones que parecen tan actuales pero que se ve que son viejas. Una de ellas, por ejemplo, es que las cosas que sucedían en el fuego del campamento tampoco tenían excesiva importancia, otra de ellas que cuando tocaba decidir que se apartaran las “mujeres de ambos sexos”. Las SA, cuerpo que comandaba Röhm, eran “ultragay” en palabras de una de las fuentes contemporáneas a esa época, citadas en el libro, pero vamos, muy machas todas ellas. Un claro paralelismo con “yo soy gay pero lo llevo con discreción” y la actitud de pterofobia, fobia a la pluma, tan actuales hoy en día, son claras.

Hitler, en definitiva, fue un genuino producto de esa época, como ya he dicho. De la Historia nos queda, tan sólo, aprender, para que no se repitan hechos tan lamentables. Y que conste que, siendo uno de los nuestros, trató de vivir como uno de ellos porque la sociedad, a través de la ley, no lo protegía para vivir como el quería. Y así le fue a él, así le fue a Alemania y así nos fue al resto del mundo. Desastrosamente.

Odysseus, Octubre 2001

 

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