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LA MAÑANA DEL DÍA DESPUÉS
Por Joan1

Queridos Todos:

Ha amanecido un día gris en Barcelona. Desapacible en color, pesado en las escasas rachas de aire que no atemperan un plúmbeo bochorno que invita a quedarse en casa observando a través de la ventana la claridad lechosa apenas entreverada de tímidos hilillos de sol. Unos claveles sedientos me hacen un guiño desde el jardín a la espera, supongo, de un buen chorro de agua que los saque de su miseria.

Desvío la mirada y dejo vagar mis ojos por la superficie desordenada de mi mesa de despacho hasta que los detengo en una pequeña bandera (una Rainbow Flag) que me devuelve en suaves olas los recuerdos de la jornada de ayer. Esa bandera estuvo durante toda la noche en el bolsillo posterior de mis pantalones, en el bolsillo correspondiente a la nalga izquierda, asomando sus colores con descaro, meciéndose, pausada a veces, a veces salvaje, al ritmo que mis caderas querían imprimirle.

Como debe ser. Creo recordar que en mi carta/crónica de ayer te prometía algunas breves reflexiones sobre el contenido, que no la forma, de la manifestación que se desarrolló en Barcelona. Vaya por delante la incapacidad que tengo para erigirme en juez de cualquier muestra sociológica, por lo tanto ya sabes que cualquier impresión que te pueda verter será producto de mi sesgada percepción de unos hechos evidentes, pero de complicada interpretación.

No puedo decir que me asombrase la , a mi juicio, exigua presencia de manifestantes. No tengo datos fidedignos de asistencia, pero, a juzgar por el espacio ocupado en la calle Pelai, o la serpiente que desembocó por la calle Ferran, en la Plaça de Sant Jaume, creo que debíamos de ser en número de 600-800. Para una ciudad como Barcelona, archivo de cortesía, y en sitio y belleza única, cabe decir que la multitud no empachaba lo más mínimo. Éramos pocos y ninguna abuela parió. Tengo para mi que la culpa de tan pobre saldo deba quizá atribuirse a la devaluación que en estos tiempos de postrimerías y con un pie en otro milenio, ha sufrido cualquier tipo de reivindicación que no tenga que ver con los garbanzos que bailan en el puchero.

Brevemente, el mundo homosexual se ha acomodado a una dorada tolerancia sin darse cuenta que la tal tolerancia es un arma de dos filos, porque la palabra tolerancia, no nos engañemos, presupone un frágil equilibrio entre un grupo dominante y hegemónico y un grupúsculo potencialmente antisocial, aunque con cierta fuerza, que debe ser engatusado con cuatro caramelos. Y el colectivo homosexual ya tiene esos caramelos. Véase , si no, las trepidantes noches del "gaixample", las luminosas albadas de Sitges, o en la próxima meseta los variados recovecos y plazuelas de un atractivo Chueca. Como diría el buen Sancho "Viva la gallina, aunque sea con su pepita...".

Y podría añadir que el colectivo homosexual, raza forjada en la oscuridad del miedo y en la esclavitud del pavor, porque la verdadera esclavitud la genera el miedo, ha aceptado en su gran mayoría el bálsamo estupefaciente de las conciencias que se expende a bajo precio en eso que hemos dado en llamar el "Ghetto Dorado" o la obscena intimidad de un room privado en cualquier CHAT al uso, especializado en mil fantasías, y el cómodo anonimato de un explícito NICK, que exhibe la miseria y la gloria de todo aquello que quisimos ser y no fuimos, de todo aquello que quisimos hacer y no hicimos ni hacemos a cara descubierta.

Naturalmente, en una sociedad no tolerante, en una sociedad no hipócrita, semejante olla a presión explotaría, como explotó a finales de los sesenta. Pero ahora el mundo homosexual ha sido provisto ladinamente por los prepotentes y listos colectivos dominantes de una válvula de escape que aborta "in nuce" cualquier explicitación no deseable. La Ilusión de la PERMISIVIDAD, la ilusión de la TOLERANCIA, le han quitado la espoleta a la virtual dinamita de los DIFERENTES. De los que adoran a ese DIOS DESCONOCIDO. Como me decía Uilleam, ayer, mientras bailábamos en la rambla "saben que no somos peligrosos".

Sí, saben que la mayoría de nosotros callará aterrorizado a la menor alusión de otro individuo sobre nuestras preferencias sexuales, y saben que eso, en la mayoría de los casos, será un arma arrojadiza que pueden usar cuando y como les convenga. Porque les vamos a dejar. Porque esas cuatro locas que gritaban consignas utópicas en La rambla de Barcelona no representan nada, porque la gran masa homosexual permanecerá en su armario, encerrada, serán políticamente correctos, y devorarán en silencio el caramelito envenenado que nos han dispuesto para uso y disfrute de individuos potencialmente (pero sólo potencialmente, no se asusten, señores!!!) peligrosos.

Porque hemos llevado la falta de respeto hacia nosotros mismos, al extremo de avergonzarnos de nuestro propio nombre, y hemos renegado de él. Y si nosotros mismos no nos respetamos... Quien nos va a respetar? Que salga del saco el que no esté en el saco, no todos son así, los hay románticos luchadores, los hay que están hartos de todo esto y no dejan que nadie se propase un pelo, los hay en fin que, a fuerza de sufrir, pobres hermanos nuestros, cayeron en la locura y se pasaron al otro extremo, al extremo de la provocación constante, del exhibicionismo "per se", como autoafirmación... Pero son los menos. Los más, amigo mío, los más, estaban ayer flanqueando las aceras durante la manifestación, avergonzados, irritados, tristes, aparentemente tranquilos, comentando a lo mejor con el vecino, "Hay que ver estas locas, y encima querrán casarse y adoptar niños...no es esta la mejor manera de que la sociedad las acepte!!". Y en su corazón se volverá a abrir otra llaga sangrante, quizá sin darse cuenta habrán puesto otro ladrillo al muro que los va a ahogar a ellos mismos.

Os dejo por ahora, queridos, intentaré ver qué dicen del asunto los periódicos de esta semana. Poca cosa... digo por anticipado.

Muchos besos.   JOAN1

 

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