CONSULTORIO DE Mª ANTONIA


( VER ÍNDICE DE LAS RAREZAS )

Escribid a ésta sección vuestras dudas.
Mª Antonia
estará encantada de resolverlas.

Mi muy querida Merceditas,

Me perdonareis, sin duda, dos cosas:

La primera, aunque os sea difícil, el que haya tardado tanto en responder a vuestra sentida y emotiva epístola, en mi descargo diré que he esperado hasta sentir el momento íntimo de recogimiento físico y espiritual que es necesario para abrir nuestro corazón a todos aquellos y aquellas que de nós esperan consuelo, ayuda o simplemente opinión. 

Y la segunda, que se os resultará menos costosa, el que transforme vuestro hermoso patronímico en ese cariñoso Merceditas. No creáis, no, que mucha es mi confianza personal en esa barcelonense virgen misericordiosa. Ya me gustaría ser tan piadosa y afortunada como Pitita y disfrutar de sus apariciones para tomar té y oir su celestial consuelo, amén de solicitarle indulgencias, que faltada estoy de unas cuantas, pero espero que al menos a vos, que en éste valle de lágrimas bajo su protección os halláis, sí he de conoceos de modo más cercano, y de ello que os aplique el cariñoso diminutivo.

 

Querida Merceditas, repito una vez más, me ha conmovido profundamente todo lo que me habéis relatado. Y os diré que el hecho de que ambas nos hayamos encontrado no ha de ser casual. Vuestra vida posee un paralelismo con respecto a la mía que hasta de poético calificaría, si no fuera por que poco poéticas son las funciones fisiológicas que sugerís en vuestra misiva. Y, antes de que os ruboricéis, os diré que he decidido abrir mi corazón a vos, y ser tan sincera como sin duda os merecéis.

Mas habéis de prometerme que no veréis en mí confesora o juez opresor que ose valorar vuestros actos, incluso sugerir reparación por alguno de ellos, y muy en cambio veréis una amiga en la cual volcar vuestras cuitas, y que no os juzgará por lo que hagáis. 

Mucho me temo, dulce Merceditas, que las tornas se inviertan y podáis sentios en algún momento escandalizada de lo que yo diga, ya que desde que abandoné los muros del Convento de Lluch, santo lugar de recogimiento en donde recibí mi educación (parte de ella, debería decir), mi vida tomó derroteros algo más cortesanos y sin duda menos fieles a los designios del altísimo, que como sin duda no ignoráis, no es el Empire State Building. 

Mas si no yerro, vuestro afán es liberar vuestro espíritu de trabazones opresivas y convertios, si me permitís la licencia, en el cicloncillo de la Corte, empresa muy loable y que para nada se ha de contradecir con ser una devota cristiana, siempre y cuando no sintáis una especial devoción por las palabras de Monseñor Elias Yanes, en cuyo caso os sugeriría una suscripción a Le Maison Marie Claire, otra a las obras completas de Walt Disney, y un matrimonio con el hermano pequeño de María Ostiz.

Retornando al paralelismo que entre nuestras vidas hay, permitid que os diga que el suceso que os arrancó de la matriz protectora (tal vez incluso agobiante) del convento de las Hermanas Adoratrices de la Quinta Llaga Intercostal del Agónico Cuerpo del Buen Jesús, y tenéis razón, me ruborizo cuando recuerdo haber recurrido al poco pío apelativo de las monjas necrófilas, tuvo su equivalente en un rubicundo y fornido (eso me pareció entonces) mocetón que me inició también en los placeres de la carne. 

Baste decir que no fue un algarrobo, si no un vulgar matojo el receptorio de sus fluidos sobrantes, y que en mi caso no fueron mis ojos tan sólo los que se abrieron de par en par al admirar aquel órgano del que tan poco había leído, y mucho menos contemplado, si no que los músculos que de ordinario sujetan mi quijada inferior (quién lo había de decir, con lo bien que la sujetan todavía, sin dejar que esa odiosa doble papada haga mella en mi perfil) cedieron también, dedándome boquiabierta. 

Mas ignoro si mi alma, como en vuestro caso, abandonó mi cuerpo; téngolo por improbable, ya que caí de hinojos ante semejante prodigio, y el gañán aprovechó la coyuntura para introducir aquello, que entre tanto había alcanzado medidas contundentes en el sagrario que cobija mi glotis. Sí, querida, sí, ¡a ambas nos abrió los ojos (y alguna que otra cavidad corporal) la contemplación del acto más natural y antiguo del hombre!

¿No os parece hermoso? Bien, pues vamos a ponernos en harina, como dice el refrán (sin duda castellano, como casi todos, aunque habréis de perdonar mi ignorancia en esos temas; isleña me crié, e isleña soy). Lo primero, es decios que a buen ascua os habéis arrimado (me perdonareis estos arranques tan castizos, pero desde que acogí, llena de buena intención primero, y me vi arrojada después a confinar una temporada a las mazmorras de palacio a Mme Paqui Rocher, dama zafia en demasía aunque de buen corazón, eso dice ella, me sale de cuando en cuando un pronto algo burdo), ya que os puedo sugerir maneras y modos, mas no garantizo los resultados, que, si hemos de guiarnos por mi trayectoria, aun están por demostrar. 

Lo primero que os he de aconsejar, si deseáis triunfar en la Corte, es que tengáis bien preparado un pequeño "neceser" que os ayudará en vuestros trajines. Se que no es algo que se vea, pero sí que os habrá de reportar beneficios.

 En el incluiréis un tubo de gelatina lubricante (hay afamados laboratorios norteamericanos que la fabrican, en inconfundible envase azul y blanco), unos adminículos llamados preservativos (que, si mi buen ojo no me engaña, ya conoceréis) que no estén caducados, nada más sofocante que encontrar cierto número de ellos con fecha de caducidad cercana al aniversario de Matusalén, ya que os podrían tomar por solterona, y eso sí que no.

Una botella del ungüento llamado Yacutín, por si notáis unos sospechosos y persistentes picores en esa zona donde no suele dar el sol, y ya sabéis que no hablo de la cara oculta de la Luna.

Y un enjuague bucal que no sepa a menta, por si en determinados momentos tenéis la boca pastosa o sencillamente tomasteis uno de esos sabrosos guisos tan sazonados que son el orgullo de la Huerta; lo de que no sepa a menta no es imprescindible, pero ésta ya está tan trillada y vista, que os verían el plumero. Buscad en su lugar uno con sabor a albaricoque o melocotón. 

Todo lo anterior lo podéis comprar en la botica, pero además necesitareis, si queréis seguir mi consejo, un estuche, forrado de terciopelo azul o rojo, donde depositareis vuestra conciencia, que es algo que suele fastidiar bastante. Naturalmente podríais llevarla puesta, pero eso es algo que no suele llevar a la cúspide de la corte, y que acaba generando remordimientos. Por si acaso, que no se os olvide otro estuche, este en color diferente del anterior, para introducir los remordimientos en el mismo.

Ya se que me vais a decir que de éste modo no podréis llevar esos bolsos monísimos en forma de ostra color dorado, ya que no os cabe ni la mitad, pero hija mía, eso está ya muy pasado de moda. Si vuestro atuendo ha de ser de gran gala, os recomiendo un bolsón adornado de plumas de avestruz, y, mal de males, siempre podéis coseos un velcro al miriñaque y llevarlo todo allí en una bolsita de hule. 

Eso sí, no habéis de olvidar llevar vuestro abanico. Mi prima Mª Manuela de Montespán, más curtida que yo en el lenguaje de los abanicos, aconseja el verde para las principiantes, mas cuidad que no sea verde menta, que parecerá un accesorio de la moulinette, ni verde fosforescente, que os tacharán de extravagante. Un elegante color verde Heineken se combina bien con casi todo. Creedme en esto, aun recuerdo las palabras de mi prima cuando me aconsejaba en los inicios "..... y recordad, prima, que sois una dama y vais en Calesa, y azotáis con vuestro abanico malva a los gañanes que os importunan....".

Un abanico malva no os lo recomiendo si aun sois neófita, pues  sería un poco pretencioso, mas id practicando con un abanico cualquiera el toque adecuado para los gañanes que os importunen, que no ha de ser demasiado fuerte, pero tampoco se ha de confundir con una caricia. 

De todos modos, querida, lo mucho o poco que azotéis con el abanico dependerá sin duda de vos misma; cuantas veces he lamentado no ser algo más dura en su uso, aunque se que dado mi natural, si intento forzarlo parecería una réplica sobre actuada de Aurora Bautista. Vos misma os iréis dando cuenta de ello, a medida que os introduzcáis en los vericuetos de la real y cibernética corte. 

Y llegamos al punto... la Corte! Merceditas querida, no conozco aun vuestros problemas concretos, vos os confesáis algo burda, mas es muy vago ese término. Supongo que las monjitas ya os educaron en el arte de sentarse a la mesa en sociedad, en cómo organizar una recepción y en los modos que necesitáis para tratar con personas de alcurnia. Pues bien: eso, y las cuatro reglas es lo único que habéis de retener. El resto, podéis dárselo a los pobres, que no os hará más falta. 

Por el resto, desearía  me expusierais alguna de vuestras dudas, ya que así ha de ser algo más útil mi humilde consejo, y no dudaré, naturalmente, en refrendarlo con mis experiencias personales, si es que alguna hay que os pueda servir de ayuda, siquiera para no repetirla, que yo también fui novicia de la vida

Mientras tanto, oíd mi consejo: no se trata de ir de ursulina, mas no creáis que en la corte tampoco habéis de ir con las bragas en la boca (cielos, esa arpía de Mme Rocher me ha dejado un negro legado!), mirad si no que fue de la pobre Mesalina... 


Esperando oír vuestras refrescantes buenas nuevas, vuestra 

Mª Antonia

 
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